martes, 27 de noviembre de 2012

Homenaje a Maite Pagazaurtundúa




                        En su casa la llaman Tere. La conocí personalmente hace algunos años cuando aceptó la invitación que le hicimos desde la Fundación Granada Club de Fútbol para que mostrase en nuestra ciudad la tarea de la Fundación de Víctimas del Terrorismo (después participaría también en el Foro de la Magdalena). Ningún equipo de fútbol se había acordado antes de las víctimas y ella acogió la propuesta de manera entusiasta.

                        Al poco tiempo le devolví la visita. Ni ella ni su marido consintieron que me quedara en un hotel. Así que pasé unos días muy agradables en su casa, entre cuadros de Tíntín, libros de lingüística y películas del Oeste. Una noche, mientras tomábamos una copa después de cenar, escoltados por un bosque de color que Agustín Ibarrola plantó en el salón de casa, comentamos las últimas detenciones y Maite nos dijo, con esa naturalidad suya tan desarmante, que Txeroki, el jefe de ETA, había encargado a una de las detenidas, una tal Zurutuza, que “la quitara del medio”. Y estaban en ello. Durante meses vieron merodear por su casa de San Sebastián a varios individuos, que paseaban un perro, seguramente también a sueldo de la “organización”.

                        Otro día, mientras dábamos una vuelta por el centro, con los escoltas a una distancia prudencial pero “rassicurante”, Maite me contó una anécdota que le había ocurrido en el colegio a su hija mayor. Resulta que en su misma clase había un niño con el que se pelearon otros chicos y ella salió en defensa del compañero en apuros, cuyos padres estaban en la cárcel “por conducir bajo los efectos del alcohol”, según la versión oficial. Traducción: la hija de una amenazada (y sobrina de un asesinado por ETA) se había partido la cara por defender y proteger al hijo de unos etarras. Cosas de la vida y del surrealismo sociológico que ha echado raices en Euskadi.

                        Después de comer en una Sociedad Gastronómica fuimos a ver a la Real. Por el camino recordamos aquel gol de Gajate al Hamburgo en la vieja Copa de Europa y el marido de Maite me contó cómo mataron a su cuñado Joxeba, Jefe de la Policía Local de Andoain, en un bar de la localidad, donde solía desayunar. Joxeba se ponía siempre mirando a la puerta, vigilando la entrada, pero ese día el asesino se le había adelantado, y ya estaba dentro... detrás de él. El etarra, con una frialdad que deja petrificados, se terminó el café, lo pagó y entonces sacó la pistola y le descerrajó tres tiros a bocajarro. Un valiente. Valiente hijo de puta. Fue el marido de Maite quien le dio la noticia a sus sobrinos, los hijos de Joxeba. Todavía se emociona al recordarlo. Por supuesto, como habría ocurrido en Palermo, nadie vio nada. La sociedad vasca, como el “mezzogiorno” italiano, ha sufrido durante décadas una terrible enfermedad moral, que va del miedo a la indiferencia por el sufrimiento ajeno. Por eso resulta ejemplar una familia como la de Maite Pagazaurtundúa.

                        El Gobierno – bueno, el Patronato- ha destituido a Maite de su puesto al frente de la Fundación de Víctimas del Terrorismo. Pero alguien, además, ha querido calumniarla. Sólo se tiran piedras contra el árbol que da fruto, pero resulta indignante que se pretenda despedir sin honor a quien ha dignificado hasta extremos nunca alcanzados el papel de las víctimas.

                        Por eso, hace unos días un centenar de amigos de Maite le tributamos un merecido homenaje en el Kursaal de San Sebastián. Allí estaban, entre otros, uno de los fundadores de ETA, Teo Uriarte, los periodistas Hermann Tertsch y Florencio Domínguez, Rosa Díez, la escritora Marta Rivera de la Cruz, el ex presidente del Senado Juan José Laborda o el socialista José Ramón Recalde.

                        Raúl Guerra Garrido leyó a Cortázar y Agustín Ibarrola mandó un ramo de flores. Maite dijo estar orgullosa de sus amigos.

                        Querida Maite, ser tu amigo es una suerte. Gracias por tu honradez, inteligencia, coraje e insobornable independencia.

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Miliki y yo




La muerte de Miliki ha servido a millones de cuarentones españoles para remover la memoria y revisitar una infancia ¿voluntariamente? deshabitada.

 Miliki, junto con sus hermanos, forma parte de la educación sentimental de la gente de mi edad. En la conformación de mi sentido del humor supongo que habrán influido muchas cosas, pero concretamente dos tuvieron un papel fundamental: Mortadelo y Filemón y aquellos sketches surrealistas y enloquecidos de los payasos de la tele.

A los payasos, que eran un trasunto televisivo de los Reyes Magos, les ocurría como a Sus Majestades de Oriente, que cada niño mostraba sus preferencias por alguno de ellos. Mi Rey era Melchor, con el que me hice una foto asustada en la puerta de unos viejos almacenes de la calle Mesones, y mi payaso de la tele, Miliki.

Me gustaba de él su aparente sensatez, siempre contradicha por las consecuencias caóticas de sus intervenciones. Esa autoironía del personaje, que después de una declaración grandilocuente inmediatamente rebajaba las expectativas sobre sí mismo, lo hacía cercano y entrañable.

Yo tenía 5 o 6 años y aquel payaso de gorra escocesa y acordeón empezó a moldear mi personalidad, enseñándome una primera lección: nunca te fíes de la “gente importante” y de los que se toman demasiado en serio.

Como dice Ernesto Sábato, no hay más patria que la infancia y la mía está especialmente viva en aquellas tardes de viernes, de fútbol callejero, campurrianas y televisión en casa de la abuela Concha. Yo, que no sabía si Franco se estaba muriendo o se había muerto ya, porque no sabía quien era Franco, llegaba del colegio y me sentaba delante de la tele con mi colacao y la excitación de quien va a asistir a un acontecimiento único. Entonces, al compás de una charanga arrolladora aparecía Gaby y gritaba “¿cómo están ustedeeeeeees?” y yo respondía a voz en grito “bieeeeeen”. Y así iban desfilando, uno tras otro, Fofó, Miliki y Fofito, animándonos a los niños de España a que contestáramos cada vez más fuerte. Y yo me desgañitaba: “bieeeeeeen”.

Nunca hubo más color en la televisión que en aquella televisión en blanco y negro. Para los niños de los 70, que ahora tenemos cuarentaytantos, al ratón de Susanita nunca le meterán un cable por el culo y la gallina Turuleta no llegará a poner el décimo huevo.

La muerte de Miliki enciende como faros los ojos de mi memoria y aquel “¿cómo están ustedeeeeees?” ya no suena como un saludo efusivo y vital sino que se transforma en el himno nacional de la niñez, ese país del alma al que, como emigrante de uniforme a cuadros y zapatos gorilas, uno acaba siempre por regresar. 

*Publicado en IDEAL

sábado, 10 de noviembre de 2012

Don Quijote y el Tío Gilito




                        Tenía que pasar. Ya tenemos el primer muerto suicida en Granada por culpa de los desahucios bancarios. Un librero, para que la tragedia tenga más fuerza simbólica.

                        El Estado inyectó dinero a los bancos pero el crédito no fluye y estos no parecen dispuestos a compartir con sus clientes las consecuencias de la crisis.

                        No es una cuestión de izquierdas o derechas, sino de los de arriba y los de abajo. Los de arriba son cuatro; los de abajo, todos los demás. Deberíamos tenerlo presente. Los de arriba y los de abajo.

                        José Miguel colaboró al rescate de la banca con lo que no tenía pero la Caja de ahorros con la que se hipotecó literalmente hasta el cuello no pondrá ni para su caja de pino, aunque la funeraria intente pasarle la factura.

                        No es de extrañar que vuelva a flotar en el aire pesado del país la vieja pregunta: “¿qué es más delictivo, atracar un banco o fundarlo?” Y aún habrá quien la considere demagógica, porque en esta tragedia perversa hay desalmados de pensamiento, palabra, obra y omisión.

                        Triste panorama el de nuestro país, donde los ejecutivos que han hecho quebrar la banca se protegen del frío con billetes de quinientos y los vendedores de libros se afanan en buscar una cuerda que no ceda cuando empujen la silla.

                        José Luis Cuerda –coincidencia macabra- lo veía venir y así lo reflejó en aquella escena de “Total”, el preludio artesanal de la desquiciada y surrealista “Amanece que no es poco”. “Pero, hombre, ¿qué haces?”, -le preguntan a un Manuel Alexandre de sonrisa enigmáticamente ingenua, al que le están apretando el nudo alrededor del cuello-, “pues ya ves, aquí estoy, que me van a ahorcar”.

                        Al librero granadino nadie le preguntó. Lástima. La comisión judicial que se pagó un taxi hasta la Chana para ponerlo en la puta calle llegó una hora después de que se colgara en el patio interior de su negocio.

                        Probablemente José Miguel pensara que la dignidad es como la virginidad, que se pierde sólo una vez, y decidió morir colgado antes que vivir de rodillas. Imagino al funcionario rellenando el papeleo: “Habiéndose personado la comisión judicial en la vivienda sita en tal, al objeto de proceder al lanzamiento del señor pascual, la presente diligencia no ha podido llevarse a cabo por ahorcamiento del demandado”. Otro taxi y de vuelta.
     
                        La conclusión es descorazonadora. En este mundo definitivamente enloquecido, Don Quijote ha muerto a manos del Tío Gilito, el hombre-pato que vive con su particular regla de oro: el que tiene el oro pone las reglas.

*Publicado en XL Semanal