sábado, 10 de noviembre de 2012

Don Quijote y el Tío Gilito




                        Tenía que pasar. Ya tenemos el primer muerto suicida en Granada por culpa de los desahucios bancarios. Un librero, para que la tragedia tenga más fuerza simbólica.

                        El Estado inyectó dinero a los bancos pero el crédito no fluye y estos no parecen dispuestos a compartir con sus clientes las consecuencias de la crisis.

                        No es una cuestión de izquierdas o derechas, sino de los de arriba y los de abajo. Los de arriba son cuatro; los de abajo, todos los demás. Deberíamos tenerlo presente. Los de arriba y los de abajo.

                        José Miguel colaboró al rescate de la banca con lo que no tenía pero la Caja de ahorros con la que se hipotecó literalmente hasta el cuello no pondrá ni para su caja de pino, aunque la funeraria intente pasarle la factura.

                        No es de extrañar que vuelva a flotar en el aire pesado del país la vieja pregunta: “¿qué es más delictivo, atracar un banco o fundarlo?” Y aún habrá quien la considere demagógica, porque en esta tragedia perversa hay desalmados de pensamiento, palabra, obra y omisión.

                        Triste panorama el de nuestro país, donde los ejecutivos que han hecho quebrar la banca se protegen del frío con billetes de quinientos y los vendedores de libros se afanan en buscar una cuerda que no ceda cuando empujen la silla.

                        José Luis Cuerda –coincidencia macabra- lo veía venir y así lo reflejó en aquella escena de “Total”, el preludio artesanal de la desquiciada y surrealista “Amanece que no es poco”. “Pero, hombre, ¿qué haces?”, -le preguntan a un Manuel Alexandre de sonrisa enigmáticamente ingenua, al que le están apretando el nudo alrededor del cuello-, “pues ya ves, aquí estoy, que me van a ahorcar”.

                        Al librero granadino nadie le preguntó. Lástima. La comisión judicial que se pagó un taxi hasta la Chana para ponerlo en la puta calle llegó una hora después de que se colgara en el patio interior de su negocio.

                        Probablemente José Miguel pensara que la dignidad es como la virginidad, que se pierde sólo una vez, y decidió morir colgado antes que vivir de rodillas. Imagino al funcionario rellenando el papeleo: “Habiéndose personado la comisión judicial en la vivienda sita en tal, al objeto de proceder al lanzamiento del señor pascual, la presente diligencia no ha podido llevarse a cabo por ahorcamiento del demandado”. Otro taxi y de vuelta.
     
                        La conclusión es descorazonadora. En este mundo definitivamente enloquecido, Don Quijote ha muerto a manos del Tío Gilito, el hombre-pato que vive con su particular regla de oro: el que tiene el oro pone las reglas.

*Publicado en XL Semanal