miércoles, 21 de noviembre de 2012

Miliki y yo




La muerte de Miliki ha servido a millones de cuarentones españoles para remover la memoria y revisitar una infancia ¿voluntariamente? deshabitada.

 Miliki, junto con sus hermanos, forma parte de la educación sentimental de la gente de mi edad. En la conformación de mi sentido del humor supongo que habrán influido muchas cosas, pero concretamente dos tuvieron un papel fundamental: Mortadelo y Filemón y aquellos sketches surrealistas y enloquecidos de los payasos de la tele.

A los payasos, que eran un trasunto televisivo de los Reyes Magos, les ocurría como a Sus Majestades de Oriente, que cada niño mostraba sus preferencias por alguno de ellos. Mi Rey era Melchor, con el que me hice una foto asustada en la puerta de unos viejos almacenes de la calle Mesones, y mi payaso de la tele, Miliki.

Me gustaba de él su aparente sensatez, siempre contradicha por las consecuencias caóticas de sus intervenciones. Esa autoironía del personaje, que después de una declaración grandilocuente inmediatamente rebajaba las expectativas sobre sí mismo, lo hacía cercano y entrañable.

Yo tenía 5 o 6 años y aquel payaso de gorra escocesa y acordeón empezó a moldear mi personalidad, enseñándome una primera lección: nunca te fíes de la “gente importante” y de los que se toman demasiado en serio.

Como dice Ernesto Sábato, no hay más patria que la infancia y la mía está especialmente viva en aquellas tardes de viernes, de fútbol callejero, campurrianas y televisión en casa de la abuela Concha. Yo, que no sabía si Franco se estaba muriendo o se había muerto ya, porque no sabía quien era Franco, llegaba del colegio y me sentaba delante de la tele con mi colacao y la excitación de quien va a asistir a un acontecimiento único. Entonces, al compás de una charanga arrolladora aparecía Gaby y gritaba “¿cómo están ustedeeeeeees?” y yo respondía a voz en grito “bieeeeeen”. Y así iban desfilando, uno tras otro, Fofó, Miliki y Fofito, animándonos a los niños de España a que contestáramos cada vez más fuerte. Y yo me desgañitaba: “bieeeeeeen”.

Nunca hubo más color en la televisión que en aquella televisión en blanco y negro. Para los niños de los 70, que ahora tenemos cuarentaytantos, al ratón de Susanita nunca le meterán un cable por el culo y la gallina Turuleta no llegará a poner el décimo huevo.

La muerte de Miliki enciende como faros los ojos de mi memoria y aquel “¿cómo están ustedeeeeees?” ya no suena como un saludo efusivo y vital sino que se transforma en el himno nacional de la niñez, ese país del alma al que, como emigrante de uniforme a cuadros y zapatos gorilas, uno acaba siempre por regresar. 

*Publicado en IDEAL