viernes, 28 de diciembre de 2012

La muerte de Santa Claus



                        A los futbolistas siempre se les mira con ojos de niño. De niño de la infancia, que diría Manolito Gafotas. Por eso, cuando veo en el campo a Casillas o a Puyol, me parecen mayores que yo, aunque tengan diez años menos. O más. 

                        Con la Navidad pasa igual. La Navidad es también territorio infantil.

                        Cuando llegan estas fechas vuelvo a colocarme delante de la tele para ver a las muñecas de Famosa dirigirse al portal y me pongo el abrigo gris de espiguillas y la bufanda tapándome la boca para hacerme de nuevo aquella foto asustada con el Rey Melchor en la puerta de los almacenes Woolworth.

                        La noche del 5 de Enero me acuesto temprano y no olvido dejar mis zapatos en el salón ni un recipiente lleno de agua para que puedan beber los camellos. De hecho, cuando me mudé de casa me preocupé personalmente de que las puertas tuvieran el tamaño suficiente para que pudieran entrar sin problemas. No fuera a ser que me quedara sin regalos por un problema de acceso.   

                        Una vez en la cama, me tapo hasta los ojos, afino el oido, y estoy atento a cualquier ruido, por insignificante que sea. Cuando escucho abrirse discretamente la puerta de casa, me hago el dormido, que no quiero que crean que estoy despierto y vuelvan a irse sin dejarme nada. O peor, que me dejen sólo carbón.

                        Cuando sospecho que ya se han marchado, con el miedo metido en el estómago, me levanto sigilosamente y el corazón se me sale del pecho cuando vuelvo a ver mi coche rojo teledirigido, aquel garaje de dos plantas con túnel de lavado, el geyperman escalador y la equipación del Granada.

                        En ese momento, vuelvo a tener cinco años. Es el misterio de la Navidad, que se repite año a año. La geografía de la niñez, un tiempo feliz porque aún no tiene memoria.

                        Uno de los momentos más dramáticos de la vida de las personas es el de la pérdida de la inocencia. El primer puñetazo nos lo dan un hermano mayor o un amigo listillo: Papá Noel no existe, los Reyes Magos son los padres. Cabrones.

                        Charles W. Webb lo reflejó en su poema “La muerte de Santa Claus” con una crudeza extraordinariamente tierna:

Ha tenido dolores en el pecho
por varias semanas, pero los doctores
no hacen visitas al hogar en el Polo Norte.

Dejó de pagar su seguro médico Blue Cross,
se marea cuando le hacen exámenes de sangre,
las batas del hospital siempre se le abren,

las salas de espera le causan dolor de estómago, y
de todos modos nada más tiene indigestión, por lo
menos eso pensaba, hasta el día en que al estarles

dando de comer a los renos, sintió como si la mano
de un monstruo le hubiera agarrado el corazón
y no dejara de apretar. No puede respirar, y el

mundo blanco tan hermoso se torna negro,
y cae sobre su panza de gelatina en la nieve
y la Sra. Claus sale corriendo de la fábrica

de juguetes, gritando, y deja a los duendes
frotándose sus manitas nerviosas, y la nariz
de Rudolph se prende y se apaga como una luz de ambulancia

triste, mientras en Houston Texas, en una de esas casas en serie,
yo, de 8 años, le digo a mi mamá que los mensos
de la escuela dicen que Santa Claus es pura mentira,

y ella, tomándome la mano, se sienta conmigo en el sofá
de flores moradas, con lágrimas en los ojos,
y con una terrible noticia en la garganta”.

                        Feliz día de los inocentes.

jueves, 27 de diciembre de 2012

Una mala compañía

  
                    A mi amigo Luis García Gil, doctor en Serrat

            El 27 de Diciembre de 1943, en la calle Poeta Cabanyes del Poble Sec barcelonés, hijo de Angeles y de Josep, nació Joan Manuel Serrat. De profesión cantautor. Está ya metido, por tanto, en los setenta tacos. Lo que no dicen las crónicas es si en sus primeros llantos ya le temblaba la garganta.

                        Yo descubrí a Serrat en mi primerísima adolescencia, y nunca he sabido si fue mi incipiente predisposición a ver las cosas de una determinada manera la que me llevó a él o si fueron sus canciones las que a la larga me educaron en una concreta sensibilidad. Probablemente ambas cosas, porque para mí fue un hallazgo, un encuentro con algo desconocido, y a la vez, supuso la certidumbre de estar transitando por un territorio al que, antes o después, habría de llegar.

                        Recuerdo que fue un verano, en la playa, en casa de unos amigos de mi tío Héctor, que entonces tenía 18 ó 19 años y escuchaba mucha música progre del momento: Raúl Alcover, Cat Stevens, Supertramp...

                        “Un servidor, Joan Manuel Serrat,/ casado, mayor de edad,/ vecino de Camprodón, Girona,/ hijo de Angeles y de Josep,/ de profesión cantautor,/ natural de Barcelona,/ según obra en el Registro Civil,/ hoy lunes 20 de Abril de 1981...” empezaba la canción que sonaba en el radiocassette. Yo nunca había oído a nadie presentarse de esa manera en una canción. Y me fascinó. Como me fascinaron los acordes del piano que luego descubrí tocaba el maestro Ricard Miralles.

                        Esa navidad le pedí a mis padres, bueno, a los Reyes, el disco (En tránsito) y ellos me obsequiaron además con una colección de cuatro elepés en la que se recogían sus mejores canciones en castellano. Más tarde lamenté no conocer el idioma y no poder apreciar mejor sus temas escritos en catalán.

                        “Cambiar la vida”, como pedía Rimbaud o “cambiar la historia”, como exigía Marx, es una opción falsa. Cambiar la vida ayuda a cambiar la historia y las canciones de Serrat tenían mucho de lucha ideológica en el frente del cambio vital.

                        En España se acababa de aprobar una constitución democrática, pero los usos cotidianos seguían teniendo un cierto regusto tardofranquista; y a ir modernizando y civilizando los hábitos contribuyeron, sin lugar a dudas, los cantautores de izquierdas, entre ellos Joan Manuel Serrat.

                        Yo, niño de derechas, siempre le estaré agradecido, porque intervino en mi educación con más eficacia que el Ministerio del ramo y que aquel colegio para niños bien en el que crecí.

                        Serrat me descubría un mundo nuevo y me mostraba una sensibilidad distinta para apreciarlo con todos sus matices. Pobló mi imaginación adolescente de héroes cotidianos, de mitos de andar por casa, que volaban a ras de suelo, con virtudes y defectos como yo, con más defectos que virtudes. Como yo.

                        Desde entonces tuve la certeza de que aquellos profesores tristes y acomplejados podrían robarme los días, pero ya no podrían apoderarse de mi vida, porque había encontrado un amigo, un compinche.

                        Sus “colegas” podían ser los míos, eran exhibicionistas y desahogados, se pasaban las consignas por el forro y eran capaces de mofarse de cuestiones importantes. Buena gente.

                        Frente a aquellos aguafiestas que, en nombre del alma, nos negaban el cuerpo, Serrat ofrecía el antídoto perfecto: “Saca de paseo a tus instintos y ventílalos al sol, y no dosifiques los placeres, si puedes, derróchalos”.

                        Contra la santa intransigencia, tolerancia; contra la santa ira, cinismo y ternura (“prefiero un buen polvo a un rapapolvo y un bombero a un bombardero”); para las palabras graves y los conceptos mayúsculos, jarabe de ironía (“bienaventurados los pobres, porque saben con certeza que no ha de quererles nadie por su riqueza; bienaventurados los castos, porque tienen la gracia divina, y la ocasión de dejar de serlo a la vuelta de la esquina”).

                        Me enseñó a amar a Machado, verso a verso, y a Miguel Hernández (“llegó con tres heridas, la del amor, la de la muerte, la de la vida”).

                        En aquellos tiempos de tricornios y de ruido de sables, yo aprendí, gracias a él, a apreciar una sola espada: la de aquel pirata que, por un quítame esas pajas, te pasaba por la quilla, pero que, en el fondo, era un sentimental, que se grababa en la piel a la reina del burdel, y se la llevaba puesta a recorrer los mares.

                        No me interesa mucho el Serrat de los últimos tiempos, y sufro íntimamente viéndolo seguir la inercia de la industria, resistiéndose fatigosamente a convertirse en una reliquia.

                        Pero no importa, porque para mí sigue siendo aquel fulano de treinta y tantos, con la melena descuidada, el flequillo trasquilado y pinta de despierto, que una tarde me cantó desde el cassette de un amigo y me atrapó para siempre; el tipo más coherente y honesto que conocí, el que me enseñó a ver el lado positivo de las cosas y me reveló el significado profundo de la palabra libertad.

*Publicado en Ideal y Granada Hoy 

martes, 18 de diciembre de 2012

Granada es Cádiz con más olvido



                   Lo venía pensando el otro día, mientras intentaba serenarme atrapado en uno de los desesperantes atascos que sufrimos a diario quienes cometemos la osadía de desplazarnos en coche entre las interminables obras de nuestra ciudad.

                        En la radio sonaba una comparsa del Carnaval gaditano, que le dedicaba un caluroso pasodoble a Carlos Cano. Desde que el cantautor granadino murió, en Diciembre de 2000, raro es el año que las agrupaciones del Carnaval de Cádiz se olvidan de él en sus letrillas (recuerdo una especialmente emotiva del Coro de Julio Pardo). Es de bien nacidos ser agradecidos, y el carnaval gaditano rinde, al llegar febrero, puntual y sentido homenaje a quien, con Antonio Burgos y Jesús Quintero, puso esa fiesta en el mapa de España.

                        Pero no sólo las gentes del Carnaval; desde aquel triste 19 de Diciembre de hace doce años, los actos de reconocimiento han sido constantes en Cádiz y muchos pueblos de la provincia tienen una plaza, una calle o un centro cultural que lleva el nombre del poeta granadino.

                        Andalucía entera, a la que llevó en la boca por el mundo como un clavel reventón y que le dolía en el alma como una herida abierta, a la que devolvió la dignidad que muchos le negaban, le nombró hijo predilecto y, desde Huelva a Almería, todas las provincias han honrado a su trovador más insigne. Todas menos una, precisamente la que lo vio nacer y morir.

                        Dijo Cela en una ocasión que consideraba una vergüenza que Granada no hubiera dedicado su mejor calle al más ilustre de sus poetas, Federico García Lorca.

                        Carlos Cano sí tiene su calle, mejor dicho, su plaza. Pero nada más. Una placa de fajalauza como una lápida para enterrar en el olvido a quien, sin haber nacido en ellos, es referencia constante en otros lugares de Andalucía, por su integridad, su compromiso y su profundidad poética. 

                        El desdén de Granada -de la oficial y de la otra- hacia su poeta popular más importante es un asunto de pasodoble lacrimógeno de una comparsa del Puerto.

                        No es extraño que esta ciudad, definitivamente anclada, negada para la acción, se dejara hace tiempo arrebatar por Sevilla el título de capital cultural de Andalucía (“para los barcos de vela, / Sevilla tiene un camino, / por el agua de Granada / sólo reman los suspiros”) y que últimamente haya visto como, en ese campo, también le moja ya la oreja la vecina Málaga.

                        Angel Ganivet ya lo precisó  cuando escribió: “Una ciudad está en constante evolución e insensiblemente va tomando el carácter de las generaciones que pasan. Y ahí es donde la acción oculta de la sociedad entera determina las transformaciones trascendentales. Un pueblo sin historia, sin personalidad, se cambia en ciudad artística y se erige en metrópoli intelectual; otro, de brillante abolengo, cargado de viejos pergaminos, degenera en poblachón vulgar y adocenado; y en aquello, como en esto, no interviene nadie, porque intervienen todos”.

                        Diagnóstico certero y doloroso de otro hijo preclaro de esta ciudad desabrida.

                        Porque Granada, efectivamente, fue en otro tiempo, rica, brillante, culta e industriosa, y es hoy, más aún que en tiempos de Ganivet, pobre, aburrida, ignorante, indolente y áspera.

                        “Por firmar un manifiesto, se acordaron de mis muertos”, escribió Carlos Cano a la vuelta de Nueva York, aludiendo a las necias embestidas que tuvo que soportar de la Granada más rancia, por haber apoyado la reforma de la Fiesta de la Toma.

                        Hoy, que el muerto es él, la ciudad en la que nació, vivió y murió, ni siquiera le recuerda para insultarle. El se debía de oler algo, porque en una ocasión declaró que de mayor le gustaría ser gaditano.

                        Y lo conseguirá, a título póstumo. Gracias a la apatía de sus paisanos, acabará siendo un andaluz de Cai, que nació en Graná, provincia de La Caleta.

                        Ya lo es. Tan gaditano como el Tío de la Tiza, el Vaporcito del Puerto o los churros de la Guapa. Al fin y al cabo, ya se sabe que los gaditanos nacen donde les sale de los cojones.

                        Por eso, cuando alboree ese febrero de carnaval y autonomía, se presentará en el Falla que Paco Alba montó al otro lado de la bahía, disfrazado de zombi, con el tipo de aquella chirigota del Love, y desde el escenario, con una mezcla de guasa y malafollá, le espetará al Jurado: “oye, tú, ¿tampoco me vadá el premio este año, pisha, me cago en toas tus castas, joé?   

*Publicado en Ideal

lunes, 10 de diciembre de 2012

Adiós , Baffi




El 9 de Diciembre de hace diez años un coche atropelló a Canelo, el perro que esperó doce años a su dueño en la puerta del Hospital Puerta del Mar (La Residencia) de Cádiz. Los gaditanos lo adoptaron como propio y el Ayuntamiento puso su nombre al callejón donde se escribió esta maravillosa historia de fidelidad. En homenaje a Canelo y a todos los perros que nos dan todo a cambio de nada, quiero recordar un artículo que escribí hace muchos años y con el que trataba de paliar el dolor que me produjo la muerte de una gran amiga.   


ADIÓS, BAFFI

                        Se ha muerto mi perra.

                        Fue el sábado pasado; yo estaba de viaje.

                        El viernes por la tarde, cuando salí con el coche, le dije “Adiós, Baffi “ y ella, que estaba tumbada a la puerta de la caseta, levantó la cabeza y me miró por última vez, meneando la cola como hacía siempre que oía voces amigas.

                        El sábado, al caer la tarde, mi padre trabajaba en el jardín y la observó en una postura extraña, con el hocico metido en el canalón de desagüe de la casa.

                        Le gritó “Baffi, Baffi“, pero no se movió. Entonces, se acercó y la encontró con los ojos abiertos y la mirada perdida. Algunas moscas le corrían ya por las pupilas y decenas de hormigas desfilaban por su lengua; un rato antes estaba viva, pero dice mi padre que estos insectos huelen la muerte, y a los pocos minutos ya habían comenzado la invasión.

                        El quería enterrarla en el jardín, entre las flores, bajo la fuente de las caracolas; a mí también me hubiera gustado, pero yo no estaba y mi hermana, que es todavía una niña, se negó entre lágrimas desconsoladas.

                        Así que mi padre, por no contrariarla, cogió un azadón, metió a la perra en una bolsa de plástico, la echó al coche y se fue al pueblo de al lado; y allí, en un descampado, cavó un hoyo grande y la echó dentro; después rellenó el agujero con tierra y lo cubrió con piedras grandes.

                        Y allí se quedó, más sola que la una, la que siempre acompañó nuestros momentos de soledad. Mi padre, mientras volvía en el coche, tuvo que tragarse las lágrimas.

                        Se lo tengo que decir a Rocío, si la veo. Seguro que lo va a sentir, porque la compramos a medias, en una tienda de los Alminares, cuando salíamos juntos. Nos costó treinta mil pesetas que no teníamos; ella puso diez mil, yo otras diez mil y las otras diez nos las prestó mi prima Paola; recuerdo que tardé un año en devolvérselas.

                        Era un cocker spaniel de color canela y tenía entonces dos meses. Yo por aquella época vivía en Granada capital, en el piso de la Plaza de Gran Capitán. Cuando llegué con la perra, mi madre me quería matar. Al día siguiente casi lo hace, porque la primera noche la acosté en mi cuarto, en una cestilla y al despertarme por la mañana comprobé con horror que la leche que le había dado la tarde anterior le había sentado mal y la había echado enterita en la moqueta. El olor era tan fuerte que  tuve que dormir una semana en el sofá del salón.

                        Luego fue creciendo entre nosotros, soportando con santa paciencia que mi hermana la montara por el pasillo a lo John Wayne, aguantando estoicamente los bufidos de mi madre y esperando, casi siempre inútilmente, que yo le pusiera la correa para sacarla a pasear.

                        Ella misma me la traía en la boca y casi no me dejaba ponérsela de los nervios que le entraban. Ya en la calle, empezaba a tirar con todos los músculos del cuerpo y no se sabía si yo la llevaba a ella o ella me llevaba a mí; no había un árbol que se dejase sin oler, ni un portal en el que no quisiera colarse ni un negro al que no le intentara pisar los relojes y los fulares.

                        Por la noche, después de cenar, mi padre se sentaba en la butaca y ponía los pies en alto, y la perra se tumbaba debajo, entre el puf y el sillón, a ver la tele con nosotros, lanzándonos cada poco miradas furtivas como para comprobar que estábamos todos.

                        A la perra le cambió la vida cuando nos fuimos a vivir al campo; allí tenía por fin espacio y libertad.Y allí conoció, además, al amor de su vida, Harpo, el perro de los vecinos, un fox terrier de pelo duro, con muy malas pulgas (en sentido figurado), el único al que consintió que la montara, a pesar de nuestros repetidos intentos en las épocas de celo de aparearla con magníficos cockers de impecable pedigrí. Parió varias decenas de cachorros, de los cuales, el más parecido a un cocker spaniel fue un fulano con una jeta entre negra y marrón glacé y un bigotazo enorme, que parecía primo hermano de Fumanchú.

                        La perra no entraba en la casa, y se pasaba el día correteando por el césped, olisqueando las flores, persiguiendo a los gatos, pero sobre todas las cosas, le gustaba jugar con una pelota. Baffi era un animal con una pelota en la boca.

                        Le encantaba que se la tirara cuesta arriba por mi calle. Ladraba ansiosa hasta que se la lanzaba y entonces iniciaba una carrera velocísima, moviendo las orejas como una loca y cuando la cogía volvía con ella en la boca y la soltaba a mi lado, como una invitación a seguir jugando; y yo se la tiraba una y mil veces, hasta que me dolían los brazos. Cuando se cansaba, buscaba un rincón a la sombra y allí se echaba, jadeante, y sacaba una lengua de un metro, la misma lengua rosada y húmeda por la que el otro día, ya muerta, desfilaban las hormigas.

                        En verano, cuando yo nadaba, ella me seguía el recorrido, adelante y atrás, por el borde de la piscina, ladrando a todo volumen, como si fuera mi entrenador y cada ladrido era un “ venga, Martín, vamos “, y no se cansaba hasta que yo no me cansaba. Entonces, yo cogía la pelotita y se la echaba desde el agua, y ella, dando saltos acrobáticos, me la devolvía desde el borde con el hocico, como los delfines amaestrados, y así pasábamos buena parte de la tarde, ella soñando con Santillana y yo con Arconada, aquel portero de la Real de mi infancia.

                        Al caer la tarde, agotada del sol, el juego y las emociones, se tumbaba en la hierba y se quedaba profundamente dormida, roncando como una leona, y de vez en cuando estiraba compulsivamente una pata, y soñaba...

                        Baffi, entre preñeces, se fue haciendo mayor, y cada vez buscaba más las sombras y menos las carreras, se le encaneció la barbilla y se le puso cara de senador romano, de perro sabio. Pero un mal día le picó no sé qué bicho, que le pegó una enfermedad de nombre impronunciable, y se fue quedando cada vez más flaca. Los últimos meses apenas si salía de la caseta para tumbarse al sol, con un terrible esfuerzo. Cuando yo me acercaba y la llamaba “ Baffi, Baffi “, ella levantaba el morro y me fijaba los ojos velados, con una mirada tristísima, como diciendo “mátame de una vez o cógeme en brazos“, y meneaba la cola como único signo de alegría. Yo tendría que haberla cogido entre mis brazos y haberla apretado fuerte contra mi pecho y haberle besado el hocico, y los velados ojos, y el noble esqueleto; pero no lo hice, como nunca decimos que les queremos a las personas que nos están cerca.

                        Baffi se murió el otro día; tenía nueve años, cinco alumbramientos y un bicho dentro. Ahora estoy aquí sentado, en el jardín de mi casa, en esta tarde de invierno, con los brazos echados en la baranda, mirando a la vega. Cierro los ojos y la veo, e imagino que el paraíso de los perros debe estar lleno de pelotas de tenis.

                        De repente, noto dos patazas peludas que se apoyan en mi muslo y un lametón de vaca en la mejilla me hace sentir un escalofrío. Abro los ojos y me doy cuenta de que sigue aquí. Hoy es, de nuevo, joven y vital. Otra vez tiene año y medio y los colmillos finos como agujas, listos para destrozar pantalones, hojas de palmera y filas enteras de flores. Ahora se llama Allen, como mi director de cine favorito, pero cuando miro sus ojos lánguidos y sus enormes orejas sé que es ella, y que sigue aquí.
                        De la vega llega un aroma agradable y una brisa fresca. Me voy a meter porque empieza a oscurecer.

                        - Allen, venga, a dormir.

martes, 4 de diciembre de 2012

Catalonia is not Cataluña


          

                        Lo habrán visto ustedes constantemente por la televisión, en acontecimientos deportivos o culturales de trascendencia internacional: “Catalonia is not Spain”, “Freedom for Catalonia”. Y seguramente, como me ha pasado a mí, se habrán preguntado: ¿dónde está esa Catalonia?, ¿es una república báltica? Lituania, Letonia, Catalonia...; ¿y porqué se define por comparación negativa con España?, ¿de qué o de quién reclama la liberación? Las mismas preguntas, como les digo, se las ha hecho el que suscribe, y tras una pequeña investigación, estoy en condiciones de asegurar que Catalonia no es ninguna república báltica ni del Cáucaso, sino que se encuentra al Nordeste de la Península Ibérica, justo al lado de esa porción de España que constituye la Comunidad Autónoma de Cataluña. Tan cerca está y tan parecido tiene el nombre, que algún viajero poco avisado podría llegar a confundirlas. Pero no tienen nada que ver.

                        Catalonia abomina de España y de sus símbolos, que considera antiguos, desfasados, retrógrados e incluso poco democráticos; paradójicamente, en Catalonia son consideradas modernas la exaltación de la identidad propia, de las tradiciones, de la historia y de los himnos. Los catalonios insultan, menosprecian y hasta queman la bandera española, pero profesan a la bandera catalonia una veneración cuasi religiosa.

                        Para los catalonios, España es artificial y obligatoria; no existe, sino que se ha creado para oprimir a las naciones preexistentes. Sin embargo, desde Catalonia, no se duda en impulsar políticas imperialistas hacia territorios vecinos, pero con identidades y personalidades propias.

                        Cataluña, por el contrario, cree en una España hecha de gente, historia y sentimientos comunes, no un mero concepto administrativo, un invento del poder centralista, vacío de ciudadanía y de los lazos que unen a las personas que habitan el territorio español.

                        Catalonia es antitaurina, plúmbea, egoista y resentida. Cataluña es mediterránea, abierta, solidaria y festiva.

                        Cataluña tiene espíritu europeo y está orgullosa de las altas cotas de libertad alcanzadas en el campo de la moral, de la actuación política y de la cultura. Catalonia utiliza Europa como un arma arrojadiza contra España, propugnando el europeismo si el fortalecimiento de la idea de Europa contribuye al debilitamiento de la nación española.

                        A la entrada de Catalonia, gracias a la gestión de un político iluminado y mezquino (en Catalonia suele ser lo habitual), hubo un tiempo en que se colgó el cartel de “área libre de terrorismo etarra”; Cataluña, sin embargo, lo padeció como pocas comunidades de España y lo condenó siempre con firmeza, cualquiera que fuera el lugar donde estallasen las bombas.

                        Los dirigentes deportivos catalonios propugnan la oficialidad internacional de las selecciones propias; quieren que sus deportistas tengan que elegir entre jugar con Catalonia o hacerlo con España, o lo que es lo mismo, ponerlos entre la espada y la pared; sin embargo, ninguno de esos dirigentes ni de los grandes clubes catalonios ha siquiera sugerido la posibilidad de abandonar el escaparate que suponen las competiciones deportivas españolas, que una cosa es la independencia, y otra muy distinta disputarle el partido del año al Roda de Bará. Y además, para eso está la teoría del “Estado libre asociado”, que propuse otro ilustre iluminado, el lehendakari Ibarretxe, perfectamente adaptable al modelo catalonio: “libres para lo que nos vaya bien y asociados para lo que nos venga de puta madre”.

                        Los catalanes se rigen por el “seny”, el sentido común; en Catalonia se levanta cada día un monumento a la sinrazón.

                        Aquel espléndido verano del 92, Cataluña y el resto de España sellaron un pacto -amigos para siempre-, que no van a conseguir romper los catalonios, por mucho que se empeñen. Aunque, últimamente, al menos desde aquí abajo, Catalonia se vea cada vez más grande y Cataluña cada vez más pequeña. Ojalá se trate sólo de un efecto óptico.

*Publicado en Ideal