lunes, 10 de diciembre de 2012

Adiós , Baffi




El 9 de Diciembre de hace diez años un coche atropelló a Canelo, el perro que esperó doce años a su dueño en la puerta del Hospital Puerta del Mar (La Residencia) de Cádiz. Los gaditanos lo adoptaron como propio y el Ayuntamiento puso su nombre al callejón donde se escribió esta maravillosa historia de fidelidad. En homenaje a Canelo y a todos los perros que nos dan todo a cambio de nada, quiero recordar un artículo que escribí hace muchos años y con el que trataba de paliar el dolor que me produjo la muerte de una gran amiga.   


ADIÓS, BAFFI

                        Se ha muerto mi perra.

                        Fue el sábado pasado; yo estaba de viaje.

                        El viernes por la tarde, cuando salí con el coche, le dije “Adiós, Baffi “ y ella, que estaba tumbada a la puerta de la caseta, levantó la cabeza y me miró por última vez, meneando la cola como hacía siempre que oía voces amigas.

                        El sábado, al caer la tarde, mi padre trabajaba en el jardín y la observó en una postura extraña, con el hocico metido en el canalón de desagüe de la casa.

                        Le gritó “Baffi, Baffi“, pero no se movió. Entonces, se acercó y la encontró con los ojos abiertos y la mirada perdida. Algunas moscas le corrían ya por las pupilas y decenas de hormigas desfilaban por su lengua; un rato antes estaba viva, pero dice mi padre que estos insectos huelen la muerte, y a los pocos minutos ya habían comenzado la invasión.

                        El quería enterrarla en el jardín, entre las flores, bajo la fuente de las caracolas; a mí también me hubiera gustado, pero yo no estaba y mi hermana, que es todavía una niña, se negó entre lágrimas desconsoladas.

                        Así que mi padre, por no contrariarla, cogió un azadón, metió a la perra en una bolsa de plástico, la echó al coche y se fue al pueblo de al lado; y allí, en un descampado, cavó un hoyo grande y la echó dentro; después rellenó el agujero con tierra y lo cubrió con piedras grandes.

                        Y allí se quedó, más sola que la una, la que siempre acompañó nuestros momentos de soledad. Mi padre, mientras volvía en el coche, tuvo que tragarse las lágrimas.

                        Se lo tengo que decir a Rocío, si la veo. Seguro que lo va a sentir, porque la compramos a medias, en una tienda de los Alminares, cuando salíamos juntos. Nos costó treinta mil pesetas que no teníamos; ella puso diez mil, yo otras diez mil y las otras diez nos las prestó mi prima Paola; recuerdo que tardé un año en devolvérselas.

                        Era un cocker spaniel de color canela y tenía entonces dos meses. Yo por aquella época vivía en Granada capital, en el piso de la Plaza de Gran Capitán. Cuando llegué con la perra, mi madre me quería matar. Al día siguiente casi lo hace, porque la primera noche la acosté en mi cuarto, en una cestilla y al despertarme por la mañana comprobé con horror que la leche que le había dado la tarde anterior le había sentado mal y la había echado enterita en la moqueta. El olor era tan fuerte que  tuve que dormir una semana en el sofá del salón.

                        Luego fue creciendo entre nosotros, soportando con santa paciencia que mi hermana la montara por el pasillo a lo John Wayne, aguantando estoicamente los bufidos de mi madre y esperando, casi siempre inútilmente, que yo le pusiera la correa para sacarla a pasear.

                        Ella misma me la traía en la boca y casi no me dejaba ponérsela de los nervios que le entraban. Ya en la calle, empezaba a tirar con todos los músculos del cuerpo y no se sabía si yo la llevaba a ella o ella me llevaba a mí; no había un árbol que se dejase sin oler, ni un portal en el que no quisiera colarse ni un negro al que no le intentara pisar los relojes y los fulares.

                        Por la noche, después de cenar, mi padre se sentaba en la butaca y ponía los pies en alto, y la perra se tumbaba debajo, entre el puf y el sillón, a ver la tele con nosotros, lanzándonos cada poco miradas furtivas como para comprobar que estábamos todos.

                        A la perra le cambió la vida cuando nos fuimos a vivir al campo; allí tenía por fin espacio y libertad.Y allí conoció, además, al amor de su vida, Harpo, el perro de los vecinos, un fox terrier de pelo duro, con muy malas pulgas (en sentido figurado), el único al que consintió que la montara, a pesar de nuestros repetidos intentos en las épocas de celo de aparearla con magníficos cockers de impecable pedigrí. Parió varias decenas de cachorros, de los cuales, el más parecido a un cocker spaniel fue un fulano con una jeta entre negra y marrón glacé y un bigotazo enorme, que parecía primo hermano de Fumanchú.

                        La perra no entraba en la casa, y se pasaba el día correteando por el césped, olisqueando las flores, persiguiendo a los gatos, pero sobre todas las cosas, le gustaba jugar con una pelota. Baffi era un animal con una pelota en la boca.

                        Le encantaba que se la tirara cuesta arriba por mi calle. Ladraba ansiosa hasta que se la lanzaba y entonces iniciaba una carrera velocísima, moviendo las orejas como una loca y cuando la cogía volvía con ella en la boca y la soltaba a mi lado, como una invitación a seguir jugando; y yo se la tiraba una y mil veces, hasta que me dolían los brazos. Cuando se cansaba, buscaba un rincón a la sombra y allí se echaba, jadeante, y sacaba una lengua de un metro, la misma lengua rosada y húmeda por la que el otro día, ya muerta, desfilaban las hormigas.

                        En verano, cuando yo nadaba, ella me seguía el recorrido, adelante y atrás, por el borde de la piscina, ladrando a todo volumen, como si fuera mi entrenador y cada ladrido era un “ venga, Martín, vamos “, y no se cansaba hasta que yo no me cansaba. Entonces, yo cogía la pelotita y se la echaba desde el agua, y ella, dando saltos acrobáticos, me la devolvía desde el borde con el hocico, como los delfines amaestrados, y así pasábamos buena parte de la tarde, ella soñando con Santillana y yo con Arconada, aquel portero de la Real de mi infancia.

                        Al caer la tarde, agotada del sol, el juego y las emociones, se tumbaba en la hierba y se quedaba profundamente dormida, roncando como una leona, y de vez en cuando estiraba compulsivamente una pata, y soñaba...

                        Baffi, entre preñeces, se fue haciendo mayor, y cada vez buscaba más las sombras y menos las carreras, se le encaneció la barbilla y se le puso cara de senador romano, de perro sabio. Pero un mal día le picó no sé qué bicho, que le pegó una enfermedad de nombre impronunciable, y se fue quedando cada vez más flaca. Los últimos meses apenas si salía de la caseta para tumbarse al sol, con un terrible esfuerzo. Cuando yo me acercaba y la llamaba “ Baffi, Baffi “, ella levantaba el morro y me fijaba los ojos velados, con una mirada tristísima, como diciendo “mátame de una vez o cógeme en brazos“, y meneaba la cola como único signo de alegría. Yo tendría que haberla cogido entre mis brazos y haberla apretado fuerte contra mi pecho y haberle besado el hocico, y los velados ojos, y el noble esqueleto; pero no lo hice, como nunca decimos que les queremos a las personas que nos están cerca.

                        Baffi se murió el otro día; tenía nueve años, cinco alumbramientos y un bicho dentro. Ahora estoy aquí sentado, en el jardín de mi casa, en esta tarde de invierno, con los brazos echados en la baranda, mirando a la vega. Cierro los ojos y la veo, e imagino que el paraíso de los perros debe estar lleno de pelotas de tenis.

                        De repente, noto dos patazas peludas que se apoyan en mi muslo y un lametón de vaca en la mejilla me hace sentir un escalofrío. Abro los ojos y me doy cuenta de que sigue aquí. Hoy es, de nuevo, joven y vital. Otra vez tiene año y medio y los colmillos finos como agujas, listos para destrozar pantalones, hojas de palmera y filas enteras de flores. Ahora se llama Allen, como mi director de cine favorito, pero cuando miro sus ojos lánguidos y sus enormes orejas sé que es ella, y que sigue aquí.
                        De la vega llega un aroma agradable y una brisa fresca. Me voy a meter porque empieza a oscurecer.

                        - Allen, venga, a dormir.