martes, 4 de diciembre de 2012

Catalonia is not Cataluña


          

                        Lo habrán visto ustedes constantemente por la televisión, en acontecimientos deportivos o culturales de trascendencia internacional: “Catalonia is not Spain”, “Freedom for Catalonia”. Y seguramente, como me ha pasado a mí, se habrán preguntado: ¿dónde está esa Catalonia?, ¿es una república báltica? Lituania, Letonia, Catalonia...; ¿y porqué se define por comparación negativa con España?, ¿de qué o de quién reclama la liberación? Las mismas preguntas, como les digo, se las ha hecho el que suscribe, y tras una pequeña investigación, estoy en condiciones de asegurar que Catalonia no es ninguna república báltica ni del Cáucaso, sino que se encuentra al Nordeste de la Península Ibérica, justo al lado de esa porción de España que constituye la Comunidad Autónoma de Cataluña. Tan cerca está y tan parecido tiene el nombre, que algún viajero poco avisado podría llegar a confundirlas. Pero no tienen nada que ver.

                        Catalonia abomina de España y de sus símbolos, que considera antiguos, desfasados, retrógrados e incluso poco democráticos; paradójicamente, en Catalonia son consideradas modernas la exaltación de la identidad propia, de las tradiciones, de la historia y de los himnos. Los catalonios insultan, menosprecian y hasta queman la bandera española, pero profesan a la bandera catalonia una veneración cuasi religiosa.

                        Para los catalonios, España es artificial y obligatoria; no existe, sino que se ha creado para oprimir a las naciones preexistentes. Sin embargo, desde Catalonia, no se duda en impulsar políticas imperialistas hacia territorios vecinos, pero con identidades y personalidades propias.

                        Cataluña, por el contrario, cree en una España hecha de gente, historia y sentimientos comunes, no un mero concepto administrativo, un invento del poder centralista, vacío de ciudadanía y de los lazos que unen a las personas que habitan el territorio español.

                        Catalonia es antitaurina, plúmbea, egoista y resentida. Cataluña es mediterránea, abierta, solidaria y festiva.

                        Cataluña tiene espíritu europeo y está orgullosa de las altas cotas de libertad alcanzadas en el campo de la moral, de la actuación política y de la cultura. Catalonia utiliza Europa como un arma arrojadiza contra España, propugnando el europeismo si el fortalecimiento de la idea de Europa contribuye al debilitamiento de la nación española.

                        A la entrada de Catalonia, gracias a la gestión de un político iluminado y mezquino (en Catalonia suele ser lo habitual), hubo un tiempo en que se colgó el cartel de “área libre de terrorismo etarra”; Cataluña, sin embargo, lo padeció como pocas comunidades de España y lo condenó siempre con firmeza, cualquiera que fuera el lugar donde estallasen las bombas.

                        Los dirigentes deportivos catalonios propugnan la oficialidad internacional de las selecciones propias; quieren que sus deportistas tengan que elegir entre jugar con Catalonia o hacerlo con España, o lo que es lo mismo, ponerlos entre la espada y la pared; sin embargo, ninguno de esos dirigentes ni de los grandes clubes catalonios ha siquiera sugerido la posibilidad de abandonar el escaparate que suponen las competiciones deportivas españolas, que una cosa es la independencia, y otra muy distinta disputarle el partido del año al Roda de Bará. Y además, para eso está la teoría del “Estado libre asociado”, que propuse otro ilustre iluminado, el lehendakari Ibarretxe, perfectamente adaptable al modelo catalonio: “libres para lo que nos vaya bien y asociados para lo que nos venga de puta madre”.

                        Los catalanes se rigen por el “seny”, el sentido común; en Catalonia se levanta cada día un monumento a la sinrazón.

                        Aquel espléndido verano del 92, Cataluña y el resto de España sellaron un pacto -amigos para siempre-, que no van a conseguir romper los catalonios, por mucho que se empeñen. Aunque, últimamente, al menos desde aquí abajo, Catalonia se vea cada vez más grande y Cataluña cada vez más pequeña. Ojalá se trate sólo de un efecto óptico.

*Publicado en Ideal