martes, 18 de diciembre de 2012

Granada es Cádiz con más olvido



                   Lo venía pensando el otro día, mientras intentaba serenarme atrapado en uno de los desesperantes atascos que sufrimos a diario quienes cometemos la osadía de desplazarnos en coche entre las interminables obras de nuestra ciudad.

                        En la radio sonaba una comparsa del Carnaval gaditano, que le dedicaba un caluroso pasodoble a Carlos Cano. Desde que el cantautor granadino murió, en Diciembre de 2000, raro es el año que las agrupaciones del Carnaval de Cádiz se olvidan de él en sus letrillas (recuerdo una especialmente emotiva del Coro de Julio Pardo). Es de bien nacidos ser agradecidos, y el carnaval gaditano rinde, al llegar febrero, puntual y sentido homenaje a quien, con Antonio Burgos y Jesús Quintero, puso esa fiesta en el mapa de España.

                        Pero no sólo las gentes del Carnaval; desde aquel triste 19 de Diciembre de hace doce años, los actos de reconocimiento han sido constantes en Cádiz y muchos pueblos de la provincia tienen una plaza, una calle o un centro cultural que lleva el nombre del poeta granadino.

                        Andalucía entera, a la que llevó en la boca por el mundo como un clavel reventón y que le dolía en el alma como una herida abierta, a la que devolvió la dignidad que muchos le negaban, le nombró hijo predilecto y, desde Huelva a Almería, todas las provincias han honrado a su trovador más insigne. Todas menos una, precisamente la que lo vio nacer y morir.

                        Dijo Cela en una ocasión que consideraba una vergüenza que Granada no hubiera dedicado su mejor calle al más ilustre de sus poetas, Federico García Lorca.

                        Carlos Cano sí tiene su calle, mejor dicho, su plaza. Pero nada más. Una placa de fajalauza como una lápida para enterrar en el olvido a quien, sin haber nacido en ellos, es referencia constante en otros lugares de Andalucía, por su integridad, su compromiso y su profundidad poética. 

                        El desdén de Granada -de la oficial y de la otra- hacia su poeta popular más importante es un asunto de pasodoble lacrimógeno de una comparsa del Puerto.

                        No es extraño que esta ciudad, definitivamente anclada, negada para la acción, se dejara hace tiempo arrebatar por Sevilla el título de capital cultural de Andalucía (“para los barcos de vela, / Sevilla tiene un camino, / por el agua de Granada / sólo reman los suspiros”) y que últimamente haya visto como, en ese campo, también le moja ya la oreja la vecina Málaga.

                        Angel Ganivet ya lo precisó  cuando escribió: “Una ciudad está en constante evolución e insensiblemente va tomando el carácter de las generaciones que pasan. Y ahí es donde la acción oculta de la sociedad entera determina las transformaciones trascendentales. Un pueblo sin historia, sin personalidad, se cambia en ciudad artística y se erige en metrópoli intelectual; otro, de brillante abolengo, cargado de viejos pergaminos, degenera en poblachón vulgar y adocenado; y en aquello, como en esto, no interviene nadie, porque intervienen todos”.

                        Diagnóstico certero y doloroso de otro hijo preclaro de esta ciudad desabrida.

                        Porque Granada, efectivamente, fue en otro tiempo, rica, brillante, culta e industriosa, y es hoy, más aún que en tiempos de Ganivet, pobre, aburrida, ignorante, indolente y áspera.

                        “Por firmar un manifiesto, se acordaron de mis muertos”, escribió Carlos Cano a la vuelta de Nueva York, aludiendo a las necias embestidas que tuvo que soportar de la Granada más rancia, por haber apoyado la reforma de la Fiesta de la Toma.

                        Hoy, que el muerto es él, la ciudad en la que nació, vivió y murió, ni siquiera le recuerda para insultarle. El se debía de oler algo, porque en una ocasión declaró que de mayor le gustaría ser gaditano.

                        Y lo conseguirá, a título póstumo. Gracias a la apatía de sus paisanos, acabará siendo un andaluz de Cai, que nació en Graná, provincia de La Caleta.

                        Ya lo es. Tan gaditano como el Tío de la Tiza, el Vaporcito del Puerto o los churros de la Guapa. Al fin y al cabo, ya se sabe que los gaditanos nacen donde les sale de los cojones.

                        Por eso, cuando alboree ese febrero de carnaval y autonomía, se presentará en el Falla que Paco Alba montó al otro lado de la bahía, disfrazado de zombi, con el tipo de aquella chirigota del Love, y desde el escenario, con una mezcla de guasa y malafollá, le espetará al Jurado: “oye, tú, ¿tampoco me vadá el premio este año, pisha, me cago en toas tus castas, joé?   

*Publicado en Ideal