viernes, 28 de diciembre de 2012

La muerte de Santa Claus



                        A los futbolistas siempre se les mira con ojos de niño. De niño de la infancia, que diría Manolito Gafotas. Por eso, cuando veo en el campo a Casillas o a Puyol, me parecen mayores que yo, aunque tengan diez años menos. O más. 

                        Con la Navidad pasa igual. La Navidad es también territorio infantil.

                        Cuando llegan estas fechas vuelvo a colocarme delante de la tele para ver a las muñecas de Famosa dirigirse al portal y me pongo el abrigo gris de espiguillas y la bufanda tapándome la boca para hacerme de nuevo aquella foto asustada con el Rey Melchor en la puerta de los almacenes Woolworth.

                        La noche del 5 de Enero me acuesto temprano y no olvido dejar mis zapatos en el salón ni un recipiente lleno de agua para que puedan beber los camellos. De hecho, cuando me mudé de casa me preocupé personalmente de que las puertas tuvieran el tamaño suficiente para que pudieran entrar sin problemas. No fuera a ser que me quedara sin regalos por un problema de acceso.   

                        Una vez en la cama, me tapo hasta los ojos, afino el oido, y estoy atento a cualquier ruido, por insignificante que sea. Cuando escucho abrirse discretamente la puerta de casa, me hago el dormido, que no quiero que crean que estoy despierto y vuelvan a irse sin dejarme nada. O peor, que me dejen sólo carbón.

                        Cuando sospecho que ya se han marchado, con el miedo metido en el estómago, me levanto sigilosamente y el corazón se me sale del pecho cuando vuelvo a ver mi coche rojo teledirigido, aquel garaje de dos plantas con túnel de lavado, el geyperman escalador y la equipación del Granada.

                        En ese momento, vuelvo a tener cinco años. Es el misterio de la Navidad, que se repite año a año. La geografía de la niñez, un tiempo feliz porque aún no tiene memoria.

                        Uno de los momentos más dramáticos de la vida de las personas es el de la pérdida de la inocencia. El primer puñetazo nos lo dan un hermano mayor o un amigo listillo: Papá Noel no existe, los Reyes Magos son los padres. Cabrones.

                        Charles W. Webb lo reflejó en su poema “La muerte de Santa Claus” con una crudeza extraordinariamente tierna:

Ha tenido dolores en el pecho
por varias semanas, pero los doctores
no hacen visitas al hogar en el Polo Norte.

Dejó de pagar su seguro médico Blue Cross,
se marea cuando le hacen exámenes de sangre,
las batas del hospital siempre se le abren,

las salas de espera le causan dolor de estómago, y
de todos modos nada más tiene indigestión, por lo
menos eso pensaba, hasta el día en que al estarles

dando de comer a los renos, sintió como si la mano
de un monstruo le hubiera agarrado el corazón
y no dejara de apretar. No puede respirar, y el

mundo blanco tan hermoso se torna negro,
y cae sobre su panza de gelatina en la nieve
y la Sra. Claus sale corriendo de la fábrica

de juguetes, gritando, y deja a los duendes
frotándose sus manitas nerviosas, y la nariz
de Rudolph se prende y se apaga como una luz de ambulancia

triste, mientras en Houston Texas, en una de esas casas en serie,
yo, de 8 años, le digo a mi mamá que los mensos
de la escuela dicen que Santa Claus es pura mentira,

y ella, tomándome la mano, se sienta conmigo en el sofá
de flores moradas, con lágrimas en los ojos,
y con una terrible noticia en la garganta”.

                        Feliz día de los inocentes.