jueves, 31 de enero de 2013

Volver a perder el tren



 Definitivamente, Granada es una ciudad perra. No es que me coja de sorpresa, pero uno, optimista antropológico como el difunto Zapatero, siempre espera, cuando se abren en el horizonte nuevas expectativas para la capital, actitudes acogedoras y distintas que, desgraciadamente, nunca llegan a explicitarse.

 Hago esta reflexión mientras leo en el periódico que el prestigioso arquitecto Rafael Moneo –autor del frustrado proyecto de estación del AVE- vuelve a Granada para pronunciar una conferencia.

El de la estación del AVE –por no hablar del tren en sí mismo- es uno de los episodios que ha retratado de manera implacable a la oligarquía económica y política que impregna de rencor y de fracaso el aire de la ciudad.

Es evidente que Granada necesita una estación de ferrocarril digna, situada en el entorno inmediato de la actual, de modo que sea fácilmente accesible desde el centro y, a la inversa, facilite el acceso directo al mismo.

El proyecto de Moneo supone una gran oportunidad para crear un edificio público singular de calidad que enriquezca el paisaje urbano y, al mismo tiempo, para ordenar dicho entorno, hoy inconexo y vacío, con la posibilidad de generar un gran espacio público, con magníficas vistas.

No se llevará a cabo. Se hará, probablemente una cosa cutre, de medio pelo, un quiero y no puedo. A la granaína.

Y la culpa no será del Ministerio de Fomento. O no sólo.

Porque desde que se presentó el proyecto de Moneo, comprometido con la idea de contribuir a sanear la economía de la provincia y estar a la altura de la categoría que, por su historia, merece, esas minorías de poder cuya belicosidad indolente –oximoron exclusivamente granaíno- determina la vida local por sus cuatro costados empezaron a cargar las escopetas.

Y desde entonces no han hecho más que pegar tiros. A izquierda y derecha, arriba y abajo. Y cuando termine el tiroteo, las víctimas serán las de siempre: Granada y sus perspectivas de futuro.

No es que la ciudad tenga nada personal contra el sr. Moneo; se hizo lo mismo con el príncipe de Arabia Saudí, con Bill Clinton, con Sanz y Pina y con toda aquella persona física o jurídica que ha pretendido invertir o trabajar en beneficio y para la promoción de la localidad. Aquí, Fernando Alonso monta una autoescuela y se la cierran por inducir a la conducción temeraria.

“La peor burguesía de España”, en palabras de Lorca, ha transferido a lo largo del tiempo al resto de la población su carácter cerrado y alérgico a las innovaciones.

Las élites económicas y políticas, por convicción o por dejadez, han conducido a nuestra ciudad a la parálisis. Y en ese estado de cosas, la persona con iniciativa adquiere inmediatamente la condición de sospechoso, se convierte en una parte molesta del paisaje, de la que hay que deshacerse a la mayor brevedad.

A Granada, por tanto, sólo le queda la masa social, la ciudadanía.

Pero, permítanme que, como nativo de esta singular localidad, desconfíe.

¿Dije al principio que era optimista? Pues rectifico, no lo soy. Conozco demasiado bien nuestro carácter. Como lo conocía el recientemente fallecido Nicolás López Calera, a cuya obra me remito.

El granadino es conservador. De izquierdas o de derechas, pero conservador.

No pelea por lo que cree ni se manifiesta en contra de lo que le disgusta.

El granadino es cómodo, y no se molesta en exceso para cambiar lo que le rodea. No reacciona con coraje, sino que se lamenta.

En contraste con el malagueño o el sevillano, que interpretan Fuenteovejuna siempre que la situación lo demanda, el granaíno es quejica y llorón, pero nunca subversivo.

Por eso, se revela tristemente cierta y ciertamente triste, la frase que se repite con frecuencia en los bares de la ciudad, lugares en los que el nativo pierde toda la fuerza por la boca:”aquí, al final, tenemos lo que nos merecemos”.

 Mis admirados 091, el grupo granadino de rock por excelencia, lo definieron con precisión de relojero: “Por más señales que haya en los caminos, por más estrellas que podamos seguir, iremos andando hacia ningún sitio, soñaremos que andamos sin movernos de aquí”.

La vida (en Granada), ¡qué mala es!  

* Publicado en IDEAL



martes, 22 de enero de 2013

A punta de pistola




                       Hace varios meses que me ronda por la cabeza un presentimiento. Lo he comentado con varios amigos. Quizá por eso no me impresionó la imagen del individuo que el sábado pasado subió al estrado donde el líder de un partido búlgaro se dirigía a sus correligionarios y le apuntó una pistola a la sien, antes de que algunos asistentes se abalanzaran contra él, evitando el atentado y dando después rienda suelta a sus instintos no menos asesinos.

                        Desconozco el motivo que llevó a ese sujeto a intentar pegarle dos tiros a un político en pleno mitin; no sé si era un enemigo, un radical o un amante despechado, pero hace tiempo que estoy convencido de que algo parecido va a acabar ocurriendo en España.

                        Ojalá me equivoque, pero hay ya demasiados desahuciados, demasiados desempleados, demasiados desesperados.

                        Y además, en la cárcel tendrán todo aquello de lo que carecen fuera: comida, techo y ocupación. Curiosa paradoja la de los países que aún llamamos civilizados: si estás fuera de la ley, el Estado te protege; si la respetas, te abandona a tu suerte.

                        En España, al ciudadano honrado lo atracan a diario a punta de pistola los que manejan el cotarro. O le apuntan directamente a la cabeza.

                        Los políticos le exigen sacrificios ilimitados, mientras ellos huyen a Suiza o a las Islas Caimán con bolsas cargadas de euros, sabedores de su impunidad; si los trincan, la cosa acabará en sobreseimiento (sobre, sé y miento) o en indulto, que es una forma de insulto a los que cumplen.

                        Bárcenas, Gürtel, EREs, ITVs, Palau, Pallerols, Campeón, Noos, Palma Arena… lo mismo da andaluces que catalanes, vascos que baleares, del PP que del PSOE, de la Generalitat que de la Casa Real: una ardilla podría atravesar España, de Gibraltar a los Pirineos, saltando de corrupto en corrupto.

                        Eso sí, cuando les ponen un micrófono delante todos aseguran “entender perfectamente el desánimo de los ciudadanos ante tantos casos de corrupción” y se muestran convencidos de la necesidad de “ser firmes para que el desapego de la sociedad hacia los políticos no vaya a más”. “Porque todos no somos iguales”, concluyen.

                        Y al ciudadano honrado, al currela, se le pone una cosa aquí en el estómago, una especie de retortijón, tres segundos antes de soltar por la boca que “el IVA lo va a pagar el cabrón de Montoro con los cuernos” y que “en las próximas elecciones va a ir a votar Rita la cantaora”.

                        Lo que pasa es que luego llegan las elecciones y el ciudadano honrado, el currela al que se la han clavado hasta donde pone Albacete, por no sé qué mecanismo defectuoso de la voluntad, vuelve a votar al político ladrón que se hace regalar los trajes, paga mansiones al contado o distrae el dinero de los parados en su propio beneficio. Ahí está el voto chungo de Andalucía, Valencia, Baleares o Cataluña. Pero ese es otro cantar.

                        Al ciudadano español también lo atracan a mano armada los barandas de la banca. “¡Manos arriba, esto es un rescate!”, le advierten los ejecutivos de las Cajas amigas, mientras apoyan los ferragamos en la mesa de juntas.

                        El tío de la calle, fundido a comisiones, hace tiempo que se contestó la vieja pregunta; ya sabéis, qué es más delictivo, robar un banco o fundarlo y todo eso.      

                        También le asaltan a punta de manguera las petroleras, que los lunes bajan los precios de la gasolina y luego los suben para el resto de la semana, porque es precisamente los lunes cuando envían los datos a Bruselas para la confección de las estadísticas semanales que recoge la Unión Europea.

                        Al españolito que viene al mundo no lo guarda ni dios y apechuga con los impuestos, paga las tasas, sufre los recortes y calienta el culo en el banquillo de los parados.

                        Los poderosos tienen de él la misma opinión que el Sargento de Artillería Hartman tenía de los reclutas en “Full Metal Jacket”: “sois una cagada, lo más bajo y despreciable de la tierra, ni siquiera algo que se parezca a un ser humano; sólo sois una cuadrilla de desgraciados, una panda de mierdas inútiles”.

                        Pero la resistencia humana es limitada y, por eso, no seré yo quien se rasgue las vestiduras si un día un ciudadano honrado, un currela harto de que le roben y se le caguen encima, se persona en una convención intermunicipal, un consejo de administración o una cámara de representantes, armado hasta los dientes tal que el Príncipe Harry en Afganistán, y con la mirada perdida y babeando su rabia incontenible, empieza a repartir plomo a todo cristo, como el Recluta Patoso, mientras jura en arameo contra el gobierno, la oposición y la puta que los remilparió.

                        Porque ese día el ciudadano de mierda, el pardillo honrado volverá por fin a comer, a dormir bajo techo y a cotizar. Y desde su celda de Alcalá Meco no podrá reprimir un ataque de risa cuando escuche en el telediario al politico de turno decir que su acción desesperada “ha sido un ataque intolerable a la democracia”.

martes, 15 de enero de 2013

La abuela Concha


                        
                         Era el eje en torno al que giraba la familia. Su casa de Buensuceso, en el corazón del Barrio de la Magdalena, era parada y fonda obligatoria de hijos y nietos.

                        Allí me llevaba mi madre al salir del colegio, cuando era pequeño. Y debajo de su balcón, con mi trozo de pan con chocolate y unos gorilas, correteé durante años, detrás de un balón o de una piedra.

                        Mis padres siempre han sido muy viajeros, y esa afición a arrastrar maletas la ha heredado servidor. Pero cuando chico, los fines de semana eran un suplicio porque yo lo que quería era que me dejaran en casa de la abuela Concha.

                        La casa tenía un largo pasillo donde colgaba un teléfono negro de pared, que ahora conserva mi tío Héctor, y allí el abuelo Nicolás había clavado un cartelón de madera oscura que rezaba así: “Aquí vive un hincha der Graná”. Cuestión zanjada.

                        Los fines de semana que, después de muchos llantos y pataleos, conseguía quedarme a dormir allí, yo era el niño más feliz del mundo.

                        El domingo me levantaba cuando me daba la gana y desayunaba un colacao ardiendo bien atestado de galletas campurrianas.

                        Alrededor de la acogedora mesa de camilla del salón se iniciaba una tertulia, en la que participaban mis abuelos y mis tíos: se comentaba la posible alineación que esa tarde sacaría el Granada en Los Cármenes, la clasificación en la tabla del equipo visitante, el estado de forma de Izcoa o de Lorenzo...

                        Yo escuchaba con mucha atención y me aprendía de memoria el posible equipo titular, que aventuraba Paco Vega en el Ideal.

                        Luego nos comíamos un arroz colorao, que era tradición dominical, y nos preparábamos para irnos al campo, que entonces los partidos eran a las cuatro y media.

                        En aquel tiempo, al fútbol se acudía en familia. Aquella excitación, camino del estadio de la mano del abuelo, que yo creía exclusivamente infantil, la sigo experimentando, pasados ya los cuarenta, con igual intensidad conforme se va acercando la hora del partido.

                        Pero al terminar, se gane o se pierda, ya no paro en La Cruzada de Dr. Olóriz, que no sé si existe, como no existe ya aquel campo de mi infancia, ni viven los abuelos.

                        El abuelo Nicolás se mató con su viejo Chrysler y la abuela Concha ya no volvió a ir al fútbol.

                        En realidad, apenas volvió a salir de su casa de Buensuceso 26.

                        Pasaron los años y ella se fue apagando entre novelas, paquetes de Fortuna que se fumaba a escondidas como una niña traviesa, y la radio, su eterna compañera, donde ya no escuchaba los partidos del Granada.

                        Un mensaje de mi prima Natalia me ha recordado que hoy hace diez años que murió. Se me había olvidado, como se acaban olvidando todos los muertos, lentamente.

                        La tarde del 14 de enero de 2003 estábamos todos, hijos, nietos, nueras, alrededor de ella en el salón de su casa; entonces, se quitó trabajosamente la máscara de oxígeno que la mantenía con vida y nos dijo con un hilo de voz: “lo único que me da pena de morirme es que no voy a volver a veros”.

                        Se extinguió al día siguiente, con un ronquido casi imperceptible. De puntillas, sin querer molestar, como había vivido. 

                         Y yo no sé lo que daría esta noche por tenerla aquí conmigo, y sentirla a la espalda, mirando por encima de mi hombro lo que escribo.

sábado, 12 de enero de 2013

Discusiones granaínas




                       Todos los años por estas fechas asistimos a la misma batalla dialéctica entre los partidarios y los detractores de la Fiesta de la Toma de Granada.

                        En estos primeros días de enero los granadinos nos desayunamos, año tras año, con análisis eruditos o manifiestos indignados que preconizan el carácter irrenunciable de la conmemoración o su evidente obsolescencia.

                        Si veníamos entendiendo por discusiones bizantinas las disputas que ensarzan indefinidamente a sus participantes en largas diatribas sin sentido para el común de los mortales creo que el concepto pide a gritos un “aggiornamento”: a partir de ahora deberíamos referirnos a este tipo de querellas irresolubles e ilimitadas en el tiempo como discusiones granaínas.

                        A mí la cuestión de la Toma siempre me ha dejado frío porque nunca he entendido excesivamente ese afán por afirmarnos como pueblo únicamente desde 1492 en adelante, cuando la plaza que más me gusta de Granada se llama Bib Rambla (y está junto al Zacatín y la Alcaicería) y lo primero que hago cuando viene un amigo de fuera –como todos los granaínos- es enseñarle la Alhambra.

                        No dejo de ponderar –sería de bobo no hacerlo- la importancia del acontecimiento histórico que se conmemora el 2 de Enero, que hizo realidad la España de las profundas reformas institucionales de los Reyes Católicos, que hubieran sido imposibles sin la unidad nacional, pero tengo que reconocer que me molesta profundamente esa postura castrante de quienes se enfrentan a nuestra historia con las orejeras puestas.

                        Es como si nos cortáramos dos dedos y proclamáramos muy ufanos que los otros tres son la verdadera esencia de nuestra mano.

                        Pero lo peor no es eso; lo verdaderamente triste es que quien mira hacia atrás con prejuicios no los abandona a la hora de afrontar el presente y esa miopía le incapacita para vislumbrar un futuro luminoso.   

                        Por eso no muestro excesivo entusiasmo por la mayoría de tradiciones granadinas. Porque lo que en otros lugares sirve de estímulo y acicate en Granada se convierte en un lastre, una rémora, una carga insoportable.

                        Entonces, la Toma de Granada (como otras tradiciones sobre las que se discute eternamente) deja de ser un motivo de orgullo, un espejo de modernidad, para convertirse en una excusa para la inacción, un dique frente al progreso, un bucle melancólico y estéril.

                         Y mientras nosotros nos miramos la borra del ombligo y discutimos, discutimos y discutimos sobre viejos pergaminos y el rancio abolengo de nuestra estirpe, el resto del mundo nos pasa por la izquierda como un Ferrari.

                        Así, sin que a nadie parezca importarle en exceso, seguimos sin terminar la Autovía a la costa, se eternizan las obras del metro, del Centro Lorca o el Campus de la Salud, nos distraemos con dudosos acontecimientos como la Universiada o el Milenio, que tampoco rematamos, o cerramos compañías aéreas después de un solo vuelo.

                        Porque lo que verdaderamente está en el ADN de los granaínos no es la Fiesta de la Toma, como dijo el otro día un político vernáculo en un exceso de euforia: lo que llevamos en la sangre desde la cuna es la negatividad y la desidia. 

                        Hemos pasado de ser en otro tiempo (casi) el centro del universo a ser en la actualidad poco menos que el culo del mundo. Pero, eso sí, lo llevamos con mucho orgullo. 

domingo, 6 de enero de 2013

Mi primera Toma (crónica a vuelapluma)





                        2 de Enero de 2013. 11 h. Salgo de mi casa para ir a mi primera Toma. No es que me vayan a dar el pecho por primera vez ni que me haya metido a director de cine. Es que voy a asistir, por fin, a la conmemoración en la Plaza del Carmen de la entrada en Granada de los Reyes Católicos. 521 años después para ellos y 43 para mí.

                        Lo intenté hace un par de años, pero cuando llegué al Ayuntamiento ya se había ido todo el mundo. Los RRCC podían haber tomado Granada a la hora que los demás tomamos el aperitivo.

                        11,10 h. Me encuentro por la calle Príncipe al Presidente de la Federación de Asociaciones de Vecinos de Granada. Lo conozco de verle el careto en el periódico.

                        Tiene una expresión grave, solemne, de tío importante en un día importante. Viste un abrigo azul marino de corte institucional y va acompañado, a una prudente distancia, de otro señor con abrigo. Me da por pensar que igual tiene un asesor. O un escolta.

                        11,15 h. Llego a la Plaza del Carmen. A esa hora ya están allí los ultrasur y los indar gorri, que caldean el ambiente y la espera con sus cánticos tradicionales. “Los genocidios no se celebran”, cantan los independentistas andaluces (que, al parecer, existen); “España cristiana, no musulmana”, replica el facherío.

                        Me doy una vuelta por la plaza para pulsar el ambiente, que diría el clásico.

                        Los ultras de derechas se han situado frente a lo que fue el Club Taurino - lo encuentro muy apropiado, teniendo en cuenta su afición a utilizar la cabeza para embestir-.

                        Los ultras de izquierdas han colocado sus banderas y sus pancartas a las puertas de la ONCE -acertado también, porque a esa hora más de uno ya va ciego como un perro; como un perroflauta, concretamente-.

                        Me pregunto si habrá llegado ya a la plaza alguien con buen juicio. Me tropiezo con Enrique Oviedo. Sigo buscando.

                        11,30 h. Poco a poco la plaza se ha ido llenando de gente. Incluso de gente normal.

                        La comitiva municipal sale a la calle desde el interior del edificio consistorial.

                        En la puerta los Policías Locales esperan al alcalde con el pito en la mano y unas camisetas serigrafiadas. “Alcalde, no das la talla con tu policía”. Como diciendo.

                        Suena el himno de Andalucía, que pitan los falangistas. El de España lo silban los abertzales.

                        El alcalde y los concejales miran al cielo y piensan que podría haber sido peor. Se les podía haber cagado encima el caballo de Moratalla.

                        El cortejo se pierde Reyes Católicos arriba (con perdón), camino de la Capilla Real.

                        12 h. Me acerco a Bib Rambla (léase birrambla) a tomarme un chocolate con media de churros, que la mañana es luminosa pero gélida. Es esta una tradición sin polémica. O igual me precipito, que en Granada nunca se sabe.  

                        Me siento en una mesita a la entrada y tomo algunas notas en una pequeña libreta que siempre me acompaña (a partir de ahora lo haré en el Moleskine que me han traido los Reyes Magos berlineses).

                        12,30 h. Pago el chocolate y los churros y vuelvo a la Plaza del Carmen. Está a rebosar. Es decir, 3.000 personas. Toda Granada, según los partidarios. Una minoría nostálgica para los detractores. 

                        Avanzo entre el gentío y un joven recién salido del casting de “Amar en tiempos revueltos” me entrega media cuartilla, impresa por Democracia Nacional, relativa a la Toma de Granada: “Una nueva Reconquista para defender nuestra identidad, para defender lo nuestro”. No me imagino qué les voy a enseñar a mis amigos del norte cuando se lleven la Alhambra a Dubai. El resto es bazofia neonazi de manual: los españoles primero en las ayudas sociales y en los puestos de trabajo y todo eso. No son peligrosos. Por ahora.

                        12,45 h. Me dice un entendido en tradiciones granaínas que quedan tres cuartos de hora para que el cortejo vuelva a la Plaza.

                        La espera se hace larga pero los grupos ultras se ocupan de animar el gallinero y entretener a la parroquia. “No a la Toma, sí a Mariana”, gritan desde el Fondo Norte. “No a la Toma… de estupefacientes”, completan la frase los del Fondo Sur. “Hoy como ayer, Fernando e Isabel”, vocean los fachas. “Isabel es una guarra”, replican los batasunis. Ahora entiendo lo del Pendón de Castilla.

                        Me viene a la memoria la imagen de Dani Benítez y Quique Pina cantando a dúo “la Dama de Elche trabaja en Don José”, desde el balcón del Ayuntamiento, el día del ascenso del Granada e imagino que fue en esta misma plaza donde la mítica Cecilia concibió aquella famosa letra, “ dama, dama, de alta cuna, de baja cama”.

                        13,30 h. El experto lo ha clavado, la comitiva entra de nuevo en la Plaza del Ayuntamiento. Desde la pequeña reforma del ceremonial llevada a cabo hace unos años, encabeza el cortejo un morisco, que es como Luis Salvador, el sociata que va a las tertulias de Intereconomía: un tío que cobra para que se caguen en su puta madre.

                        Entonces estalla lo que el cura de la Peza definió de manera precisa como “el follaero de María Santísima”.

                        Gritos, insultos, “asesinos”, pitos a los himnos, banderas de España con el pollo al viento, “vosotros fascistas, sois los terroristas”, policías locales más chulos de lo habitual (se puede), un tío de Móstoles (menuda empanada), con pinta de bajista de Gabinete Caligari, replicando “el fascismo es alegría”, petardos, un niñato canta “concejal maricón, en Marruecos paredón”, para regocijo de un falangista viejo con pinta de bujarrón, “¡Granada…!”, “qué”, “¡Granada…!”, “qué”, “¡Granada…!”, “qué pollah quiereh”… Y finalmente, la plaza vacía y el silencio, como hace dos años, cuando llegué tarde.

                        14,15 h. Agotado, me dirijo a un bar de la Pescadería, donde me conocen. El camarero, que es argentino, me saluda:

                        - “Buenas tardes,¿qué tal?

                        - “Nada, que vengo de la Toma”.

                        - “¿Qué Toma?”

                        -“Una cervecita, por favor”.

                        - “¿Aguila o Alhambra?” 

                        Me quedo pensativo unos segundos.

                        - “Ya he tenido bastante por hoy. Mejor póngame un Rioja”.




jueves, 3 de enero de 2013

Ojos de almendra


                      

                     Puedo imaginar el nudo en el pecho de sus padres el día que nacieron. La vida les cambió de golpe a Salvador, a Jorge, a Miguel, a Pilar.

                        Después aprendieron a verlos crecer despacio: la cabeza pequeña, la mirada oriental, la naricita chata, la lengua gigante siempre estorbando entre los dientes y ese gesto entre tierno y serio, tan enigmático. Tardaron en entenderlo, pero hace ya tiempo que lo tienen claro.

                        Mirarles a la cara, ser cómplices en sus juegos, atenderles en los estudios, tenerlos sentados sobre las rodillas mientras pasa la tarde son sutiles gozos cotidianos aparentemente triviales o aburridos, pero a los que un niño con síndrome de down les otorga la categoría de únicos.

                        Porque un niño down te despierta lo que tenías dormido, te permite sintonizar con los sentidos más delicados y escondidos, su risa es un sonajero que, al agitarse, ahuyenta a la mala gente.

                        Entonces el trabajo es menos hosco, al otro lado de la ventanilla ya no ves a un déspota caprichoso, sino a una persona que tiene problemas que resolver; en la cola del autobús, los extraños ya no lo son tanto...
           
                        Conocí hace algunos años a Juanrra, a Miguel, a Jorge, a Juanfran... cuando nos hicimos unas fotos para el calendario de la Asociación Granadina del Síndrome de Down.

                        Se me quedaron grabados, en aquella sesión luminosa, la simpatía de Lucía, la timidez de Anita, los nervios de Raúl. Me impresionó Miguelón, un bigardo con una planta imponente y un cromosoma de más.

                        Hoy me he llevado una alegría. Me he encontrado al Cartero Real, con su saco repleto de ilusiones y me ha dicho que este año Sus Majestades de Oriente tienen una petición muy especial. Se llama Baby Down, y es más que una muñeca, porque es, también, la puerta por la que los niños podrán entrar en el mundo de la diversidad de manera natural, aprendiendo a querer y respetar al diferente.

                        Así que nada de Barbies operadas ni rancias Barriguitas, mejor una belleza con ojos de almendra y sonrisa de calabaza.

                    *Publicado en IDEAL