martes, 22 de enero de 2013

A punta de pistola




                       Hace varios meses que me ronda por la cabeza un presentimiento. Lo he comentado con varios amigos. Quizá por eso no me impresionó la imagen del individuo que el sábado pasado subió al estrado donde el líder de un partido búlgaro se dirigía a sus correligionarios y le apuntó una pistola a la sien, antes de que algunos asistentes se abalanzaran contra él, evitando el atentado y dando después rienda suelta a sus instintos no menos asesinos.

                        Desconozco el motivo que llevó a ese sujeto a intentar pegarle dos tiros a un político en pleno mitin; no sé si era un enemigo, un radical o un amante despechado, pero hace tiempo que estoy convencido de que algo parecido va a acabar ocurriendo en España.

                        Ojalá me equivoque, pero hay ya demasiados desahuciados, demasiados desempleados, demasiados desesperados.

                        Y además, en la cárcel tendrán todo aquello de lo que carecen fuera: comida, techo y ocupación. Curiosa paradoja la de los países que aún llamamos civilizados: si estás fuera de la ley, el Estado te protege; si la respetas, te abandona a tu suerte.

                        En España, al ciudadano honrado lo atracan a diario a punta de pistola los que manejan el cotarro. O le apuntan directamente a la cabeza.

                        Los políticos le exigen sacrificios ilimitados, mientras ellos huyen a Suiza o a las Islas Caimán con bolsas cargadas de euros, sabedores de su impunidad; si los trincan, la cosa acabará en sobreseimiento (sobre, sé y miento) o en indulto, que es una forma de insulto a los que cumplen.

                        Bárcenas, Gürtel, EREs, ITVs, Palau, Pallerols, Campeón, Noos, Palma Arena… lo mismo da andaluces que catalanes, vascos que baleares, del PP que del PSOE, de la Generalitat que de la Casa Real: una ardilla podría atravesar España, de Gibraltar a los Pirineos, saltando de corrupto en corrupto.

                        Eso sí, cuando les ponen un micrófono delante todos aseguran “entender perfectamente el desánimo de los ciudadanos ante tantos casos de corrupción” y se muestran convencidos de la necesidad de “ser firmes para que el desapego de la sociedad hacia los políticos no vaya a más”. “Porque todos no somos iguales”, concluyen.

                        Y al ciudadano honrado, al currela, se le pone una cosa aquí en el estómago, una especie de retortijón, tres segundos antes de soltar por la boca que “el IVA lo va a pagar el cabrón de Montoro con los cuernos” y que “en las próximas elecciones va a ir a votar Rita la cantaora”.

                        Lo que pasa es que luego llegan las elecciones y el ciudadano honrado, el currela al que se la han clavado hasta donde pone Albacete, por no sé qué mecanismo defectuoso de la voluntad, vuelve a votar al político ladrón que se hace regalar los trajes, paga mansiones al contado o distrae el dinero de los parados en su propio beneficio. Ahí está el voto chungo de Andalucía, Valencia, Baleares o Cataluña. Pero ese es otro cantar.

                        Al ciudadano español también lo atracan a mano armada los barandas de la banca. “¡Manos arriba, esto es un rescate!”, le advierten los ejecutivos de las Cajas amigas, mientras apoyan los ferragamos en la mesa de juntas.

                        El tío de la calle, fundido a comisiones, hace tiempo que se contestó la vieja pregunta; ya sabéis, qué es más delictivo, robar un banco o fundarlo y todo eso.      

                        También le asaltan a punta de manguera las petroleras, que los lunes bajan los precios de la gasolina y luego los suben para el resto de la semana, porque es precisamente los lunes cuando envían los datos a Bruselas para la confección de las estadísticas semanales que recoge la Unión Europea.

                        Al españolito que viene al mundo no lo guarda ni dios y apechuga con los impuestos, paga las tasas, sufre los recortes y calienta el culo en el banquillo de los parados.

                        Los poderosos tienen de él la misma opinión que el Sargento de Artillería Hartman tenía de los reclutas en “Full Metal Jacket”: “sois una cagada, lo más bajo y despreciable de la tierra, ni siquiera algo que se parezca a un ser humano; sólo sois una cuadrilla de desgraciados, una panda de mierdas inútiles”.

                        Pero la resistencia humana es limitada y, por eso, no seré yo quien se rasgue las vestiduras si un día un ciudadano honrado, un currela harto de que le roben y se le caguen encima, se persona en una convención intermunicipal, un consejo de administración o una cámara de representantes, armado hasta los dientes tal que el Príncipe Harry en Afganistán, y con la mirada perdida y babeando su rabia incontenible, empieza a repartir plomo a todo cristo, como el Recluta Patoso, mientras jura en arameo contra el gobierno, la oposición y la puta que los remilparió.

                        Porque ese día el ciudadano de mierda, el pardillo honrado volverá por fin a comer, a dormir bajo techo y a cotizar. Y desde su celda de Alcalá Meco no podrá reprimir un ataque de risa cuando escuche en el telediario al politico de turno decir que su acción desesperada “ha sido un ataque intolerable a la democracia”.