sábado, 12 de enero de 2013

Discusiones granaínas




                       Todos los años por estas fechas asistimos a la misma batalla dialéctica entre los partidarios y los detractores de la Fiesta de la Toma de Granada.

                        En estos primeros días de enero los granadinos nos desayunamos, año tras año, con análisis eruditos o manifiestos indignados que preconizan el carácter irrenunciable de la conmemoración o su evidente obsolescencia.

                        Si veníamos entendiendo por discusiones bizantinas las disputas que ensarzan indefinidamente a sus participantes en largas diatribas sin sentido para el común de los mortales creo que el concepto pide a gritos un “aggiornamento”: a partir de ahora deberíamos referirnos a este tipo de querellas irresolubles e ilimitadas en el tiempo como discusiones granaínas.

                        A mí la cuestión de la Toma siempre me ha dejado frío porque nunca he entendido excesivamente ese afán por afirmarnos como pueblo únicamente desde 1492 en adelante, cuando la plaza que más me gusta de Granada se llama Bib Rambla (y está junto al Zacatín y la Alcaicería) y lo primero que hago cuando viene un amigo de fuera –como todos los granaínos- es enseñarle la Alhambra.

                        No dejo de ponderar –sería de bobo no hacerlo- la importancia del acontecimiento histórico que se conmemora el 2 de Enero, que hizo realidad la España de las profundas reformas institucionales de los Reyes Católicos, que hubieran sido imposibles sin la unidad nacional, pero tengo que reconocer que me molesta profundamente esa postura castrante de quienes se enfrentan a nuestra historia con las orejeras puestas.

                        Es como si nos cortáramos dos dedos y proclamáramos muy ufanos que los otros tres son la verdadera esencia de nuestra mano.

                        Pero lo peor no es eso; lo verdaderamente triste es que quien mira hacia atrás con prejuicios no los abandona a la hora de afrontar el presente y esa miopía le incapacita para vislumbrar un futuro luminoso.   

                        Por eso no muestro excesivo entusiasmo por la mayoría de tradiciones granadinas. Porque lo que en otros lugares sirve de estímulo y acicate en Granada se convierte en un lastre, una rémora, una carga insoportable.

                        Entonces, la Toma de Granada (como otras tradiciones sobre las que se discute eternamente) deja de ser un motivo de orgullo, un espejo de modernidad, para convertirse en una excusa para la inacción, un dique frente al progreso, un bucle melancólico y estéril.

                         Y mientras nosotros nos miramos la borra del ombligo y discutimos, discutimos y discutimos sobre viejos pergaminos y el rancio abolengo de nuestra estirpe, el resto del mundo nos pasa por la izquierda como un Ferrari.

                        Así, sin que a nadie parezca importarle en exceso, seguimos sin terminar la Autovía a la costa, se eternizan las obras del metro, del Centro Lorca o el Campus de la Salud, nos distraemos con dudosos acontecimientos como la Universiada o el Milenio, que tampoco rematamos, o cerramos compañías aéreas después de un solo vuelo.

                        Porque lo que verdaderamente está en el ADN de los granaínos no es la Fiesta de la Toma, como dijo el otro día un político vernáculo en un exceso de euforia: lo que llevamos en la sangre desde la cuna es la negatividad y la desidia. 

                        Hemos pasado de ser en otro tiempo (casi) el centro del universo a ser en la actualidad poco menos que el culo del mundo. Pero, eso sí, lo llevamos con mucho orgullo.