martes, 15 de enero de 2013

La abuela Concha


                        
                         Era el eje en torno al que giraba la familia. Su casa de Buensuceso, en el corazón del Barrio de la Magdalena, era parada y fonda obligatoria de hijos y nietos.

                        Allí me llevaba mi madre al salir del colegio, cuando era pequeño. Y debajo de su balcón, con mi trozo de pan con chocolate y unos gorilas, correteé durante años, detrás de un balón o de una piedra.

                        Mis padres siempre han sido muy viajeros, y esa afición a arrastrar maletas la ha heredado servidor. Pero cuando chico, los fines de semana eran un suplicio porque yo lo que quería era que me dejaran en casa de la abuela Concha.

                        La casa tenía un largo pasillo donde colgaba un teléfono negro de pared, que ahora conserva mi tío Héctor, y allí el abuelo Nicolás había clavado un cartelón de madera oscura que rezaba así: “Aquí vive un hincha der Graná”. Cuestión zanjada.

                        Los fines de semana que, después de muchos llantos y pataleos, conseguía quedarme a dormir allí, yo era el niño más feliz del mundo.

                        El domingo me levantaba cuando me daba la gana y desayunaba un colacao ardiendo bien atestado de galletas campurrianas.

                        Alrededor de la acogedora mesa de camilla del salón se iniciaba una tertulia, en la que participaban mis abuelos y mis tíos: se comentaba la posible alineación que esa tarde sacaría el Granada en Los Cármenes, la clasificación en la tabla del equipo visitante, el estado de forma de Izcoa o de Lorenzo...

                        Yo escuchaba con mucha atención y me aprendía de memoria el posible equipo titular, que aventuraba Paco Vega en el Ideal.

                        Luego nos comíamos un arroz colorao, que era tradición dominical, y nos preparábamos para irnos al campo, que entonces los partidos eran a las cuatro y media.

                        En aquel tiempo, al fútbol se acudía en familia. Aquella excitación, camino del estadio de la mano del abuelo, que yo creía exclusivamente infantil, la sigo experimentando, pasados ya los cuarenta, con igual intensidad conforme se va acercando la hora del partido.

                        Pero al terminar, se gane o se pierda, ya no paro en La Cruzada de Dr. Olóriz, que no sé si existe, como no existe ya aquel campo de mi infancia, ni viven los abuelos.

                        El abuelo Nicolás se mató con su viejo Chrysler y la abuela Concha ya no volvió a ir al fútbol.

                        En realidad, apenas volvió a salir de su casa de Buensuceso 26.

                        Pasaron los años y ella se fue apagando entre novelas, paquetes de Fortuna que se fumaba a escondidas como una niña traviesa, y la radio, su eterna compañera, donde ya no escuchaba los partidos del Granada.

                        Un mensaje de mi prima Natalia me ha recordado que hoy hace diez años que murió. Se me había olvidado, como se acaban olvidando todos los muertos, lentamente.

                        La tarde del 14 de enero de 2003 estábamos todos, hijos, nietos, nueras, alrededor de ella en el salón de su casa; entonces, se quitó trabajosamente la máscara de oxígeno que la mantenía con vida y nos dijo con un hilo de voz: “lo único que me da pena de morirme es que no voy a volver a veros”.

                        Se extinguió al día siguiente, con un ronquido casi imperceptible. De puntillas, sin querer molestar, como había vivido. 

                         Y yo no sé lo que daría esta noche por tenerla aquí conmigo, y sentirla a la espalda, mirando por encima de mi hombro lo que escribo.