jueves, 3 de enero de 2013

Ojos de almendra


                      

                     Puedo imaginar el nudo en el pecho de sus padres el día que nacieron. La vida les cambió de golpe a Salvador, a Jorge, a Miguel, a Pilar.

                        Después aprendieron a verlos crecer despacio: la cabeza pequeña, la mirada oriental, la naricita chata, la lengua gigante siempre estorbando entre los dientes y ese gesto entre tierno y serio, tan enigmático. Tardaron en entenderlo, pero hace ya tiempo que lo tienen claro.

                        Mirarles a la cara, ser cómplices en sus juegos, atenderles en los estudios, tenerlos sentados sobre las rodillas mientras pasa la tarde son sutiles gozos cotidianos aparentemente triviales o aburridos, pero a los que un niño con síndrome de down les otorga la categoría de únicos.

                        Porque un niño down te despierta lo que tenías dormido, te permite sintonizar con los sentidos más delicados y escondidos, su risa es un sonajero que, al agitarse, ahuyenta a la mala gente.

                        Entonces el trabajo es menos hosco, al otro lado de la ventanilla ya no ves a un déspota caprichoso, sino a una persona que tiene problemas que resolver; en la cola del autobús, los extraños ya no lo son tanto...
           
                        Conocí hace algunos años a Juanrra, a Miguel, a Jorge, a Juanfran... cuando nos hicimos unas fotos para el calendario de la Asociación Granadina del Síndrome de Down.

                        Se me quedaron grabados, en aquella sesión luminosa, la simpatía de Lucía, la timidez de Anita, los nervios de Raúl. Me impresionó Miguelón, un bigardo con una planta imponente y un cromosoma de más.

                        Hoy me he llevado una alegría. Me he encontrado al Cartero Real, con su saco repleto de ilusiones y me ha dicho que este año Sus Majestades de Oriente tienen una petición muy especial. Se llama Baby Down, y es más que una muñeca, porque es, también, la puerta por la que los niños podrán entrar en el mundo de la diversidad de manera natural, aprendiendo a querer y respetar al diferente.

                        Así que nada de Barbies operadas ni rancias Barriguitas, mejor una belleza con ojos de almendra y sonrisa de calabaza.

                    *Publicado en IDEAL