viernes, 8 de febrero de 2013

El carro de Gordillo


                              
                        El Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ha archivado la causa penal contra Juan Manuel Sánchez Gordillo, alcalde de Marinaleda, por los asaltos pseudopolíticos de este verano a supermercados y otros comercios al considerar que "no es constitutivo de infracción penal afear la conducta a quienes no secundan la huelga ni acudir en masa a los establecimientos abiertos al público sin más arma que la palabra, el ruido o la presencia física, con la finalidad de provocar que los responsables tomen la decisión de cerrar el establecimiento, a menos que, manifestada por éstos la decisión de mantenerse en el puesto de trabajo, el piquete lo impida físicamente o mediante amenazas verosímiles".

                        Según el Tribunal, en dichos incidentes "sólo se advierte la existencia de conversaciones, acompañadas de la presión ambiental típica de un piquete de huelga".
                                
                          Estas son las palabras que Sánchez Gordillo dirigió al encargado de un Mercadona: "Como vengamos y esto esté abierto, entramos dentro, esté la Guardia o no esté la Guardia, y además mañana hay huelga general, y pasado, y nosotros estamos organizados como sindicato, es decir, si no hacéis caso y ahora cerráis, y dentro de media hora tenemos que venir otra vez, mañana, pasado y el otro podemos venir 500 y hacer lo que pensamos hacer. Y es que te tiramos todo lo que hay ahí, porque tiramos todo al suelo y va a tener que poner aquí a trabajar 20 días a la gente. Me has entendido, ¿no?".
                                    
                          Recupero para EL VENDEDOR DE CRECEPELO un artículo mío publicado en Ideal y ABC sobre los famosos asaltos.

EL CARRO DE GORDILLO

                        Leo con delectación la noticia de unos sindicalistas andaluces, encabezados por el mítico alcalde de Marinaleda, Juan Manuel Sánchez Gordillo, asaltando un supermercado en Ecija y requisando determinados productos para repartirlos, supuestamente, entre los más necesitados. Esta es la receta contra la crisis que nos ofrece la izquierda más radical. El carro de Gordillo es a la España del rescate lo que el de Manolo Escobar era a la incipiente España de las suecas y el bikini. Un producto cañí, la canción del verano con pañuelo palestino, en lugar de minifaldas taurinas.

                        Pero esta copla ya se ha escuchado antes. La prueba general fue hace unos años en Italia, cuando doscientos miembros de los Centros Sociales del Véneto bloquearon durante una hora las cajas de un hipermercado de Marghera (Venecia), en protesta por el aumento de los precios, forzando a la dirección del negocio a acordar un descuento del 10 % para todos los clientes que estaban en la cola para pagar.

                        Tras el éxito de esta primera vez, el “shopsurfing”, como se le conoce al fenómeno, se ha repetido hasta en diez ocasiones en toda Italia, protagonizado siempre por dirigentes de los movimientos antiglobalización y grupos activistas de la “desobediencia”. En Nápoles, doscientos agitadores irrumpieron en un Carrefour y exigieron un descuento del 50 % para todos los clientes presentes. No lo  obtuvieron, pero a cambio le sacaron al gerente cuatrocientos kilos de pasta y quinientos de puré de verduras, que repartieron en la puerta del establecimiento.

                        La agresividad de las acciones ha ido en aumento. En Roma, miembros de los movimientos antiglobalización, con la excusa de reclamar mayores garantías para los trabajadores temporales, entraron en un supermercado del grupo Panorama, causando graves daños en las instalaciones, con el apoyo coral y entusiasta de la clientela presente, que aprovechó la confusión para arramblar con gran parte de los productos expuestos en las estanterías, desde teléfonos móviles a zapatillas Nike.

                        Por su parte, un grupo de “desobedientes” asaltó la librería Feltrinelli, decomisando decenas de ejemplares, ante el estupor y la impotencia del personal. Algún periodista, carente de sensibilidad social sin duda, se aventuró a utilizar la expresión “libros robados”, en referencia a la actuación de los “sudaderas negras”. “¿Libros robados?” -le cortó agriamente Luca Casarini, el capitán que los manda desde los tristes sucesos de la cumbre de Génova de hace unos años-, “en absoluto, lo que hemos hecho ha sido completar el círculo de la distribución del saber”. Ah.

                        “Expropiación proletaria”, han definido estos hechos los principales periódicos italianos. Acontecimientos que recuerdan aquellos otros de la segunda mitad de los años setenta, cuando un día sí y otro también las tiendas de las grandes ciudades italianas venían asaltadas por los amigos de los terroristas (sobretodo los Proletarios Armados por el Comunismo) que teorizaban y defendían con las armas la práctica de la apropiación indebida. Hubo, incluso, quien murió por ello. En Mayo del 77, un agente de policía que intentó oponerse a uno de estos robos pseudopolíticos en un supermercado de Milán recibió dos disparos de uno de los asaltantes.

                        Y ahora, ¿dónde se detendrán?, ¿cuántos peldaños en la escalera de la violencia están dispuestas a subir estas vanguardias revolucionarias?

                        Como siempre, cuentan con el apoyo de esa parte de la izquierda que se apunta a toda clase de bombardeo, con tal de que suene a “progre” y antisistema. “Ha sido un gesto a lo Robin Hood, una cosa muy bella”, declaró conmovido un dirigente comunista, de apellido Russo, al referirse al último saqueo; “debería repetirse, pero mejor organizado”. El tal Russo dejó un titular precioso para twitter, pero los libreros y los dueños de los supermercados se acordaron de todos sus muertos.

                        El shopsurfing ya ha llegado a España. Yo no tenía ninguna duda. Aquí nos sobran demagogos y será difícil encontrar clientes del Mercadona que se resistan a salir corriendo del súper con los carros llenos de sopas Knörr y latas de fabada. Ya me imagino a ese Cayo Lara, con lágrimas en los ojos, relatando pormenorizadamente el último saqueo del Supersol.

                        Eso sí, con los libros que no se les vaya la mano. Que el lumpen patrio es más del tomate y la salsa rosa. Nada de Chomsky ni Carlos Taibo. En España, el círculo de la distribución del saber lo van a tener que completar con la biografía de Carmen Lomana.