sábado, 16 de febrero de 2013

La noche que el fútbol me regaló un amigo



                       El 11 de Junio de 2006 el fútbol me dio un amigo.

                       El Granada C.F. jugaba el partido de vuelta de la primera eliminatoria por el ascenso a Segunda División B.

                       Poca cosa, pensarán algunos, pero ha sido uno de los partidos más importantes de mi vida y de las vidas de muchos de los 15.000 aficionados que acudieron a aquel encuentro de Tercera División.

                       El rival era la Balompédica Linense, que en el partido de ida había ganado 1-0 en los últimos minutos, gracias a una controvertida decisión arbitral.

                      En La Línea, ante una afición rival numerosa, cantarina y elegante, habíamos aguantado el tipo, aunque jugamos peor que la Balona y en Los Cármenes la cosa tampoco pintaba bien. La tensión era máxima.

                       Entonces llegó el penalti de Josemi.

                       El silencio se podía cortar, pero la estrella del equipo lo era también por su insultante tranquilidad desde los once metros.

                       Pasaron diez años hasta que el mallorquín pateó el balón y sacó billete para la gloria.

                       Entonces, superado por la emoción, me eché a llorar y ya no paré hasta que el destino quiso que nos la jugáramos a más penaltis.

                       En la parte superior del palco, donde solía ver de pie todos los partidos (yo entonces era directivo del club), me abracé a mi amigo Raimundo, mientras abajo, en el césped, el presi hacía lo mismo con los jugadores.

                       Al final, el éxtasis; abrazos, besos, adrenalina a granel. Para cuando el estadio empezaba a vaciarse yo ya era todo agua, de tanto sudor y tanta lágrima emocionada.

                       Fue entonces, cuando apagaron la luz y estaba solo en el palco, apoyado en la baranda, mirando incrédulo y agotado al centro del campo, cuando escuché una voz grave y viril: “Estoy esperando para darte un abrazo”. Entonces, me volví sorprendido y lo vi.

                      Estaba al otro lado de la valla, en la grada, de pie junto a su sitio habitual, aunque yo nunca había reparado en él.

                       Era un hombre grande, con una enorme papada, pero lo que no sabía todavía es que tenía un corazón gigantesco.

                       “Es que te estoy viendo llorar y no me quiero ir sin darte un abrazo”, me repitió.

                       Entonces, con la valla de por medio, él en la grada y yo en el palco, nos fundimos en un abrazo de un minuto y lloramos juntos, dos desconocidos, sin poder ni querer evitarlo.

                       Cuando nos separamos, yo era su amigo Martín y él mi amigo Toni, el maitre del Figón de Triana, mesón futbolero del Pasaje de Recogidas.

                        Antonello Venditti, cantautor tímido, romano y de izquierdas, le dedicó una canción a la ciudad de sus amores que los aficionados de la Roma, con el paso del tiempo, adoptaron como propia, convirtiéndola en el himno oficioso del club giallorosso: “Gracias, Roma, porque nos haces reir y abrazarnos otra vez; gracias, Roma, por unirnos aunque estemos lejos; porque nos haces sentir amigos, aunque no nos conozcamos…“.

                       Nunca una canción dedicada inicialmente a otra cosa (una ciudad) describió mejor el valor socializador del deporte del balón y del amor a un equipo de fútbol.

                        Mi pobre corazón no está, como el de Fito, enganchado al speed, sino a unas rayas igualmente peligrosas. Son de color rojo y blanco, y bajo su efecto a veces me creo capaz de volar, aunque el despertar sea, con demasiada frecuencia, una mezcla de dolor de cabeza y aliento a garrafón.

                        Pero le doy las gracias al Granada por haberme permitido vivir un momento como el de aquella noche del partido contra la Balona.

                        Aquella noche en la que Antonio Navarro, rostro crispado, rezaba de rodillas en el césped, y Gustavo tocaba la gloria, volando de palo a palo.

                        La noche que el fútbol me regaló un amigo.

                        *Publicado en Ideal