sábado, 30 de marzo de 2013

El periodista amable



                        Hace unos días anunció en las redes sociales que se jubilaba: “Amigos del feisbuq, desde ayer que firmé el finiquito, no pertenezco a la plantilla de Ideal, periódico en el que he trabajado 32 años. Entre los recuerdos más emocionantes que me quedarán estará el entrañable aplauso que me dedicaron los compañeros cuando me despedí de la Redacción. Juro por mis muertos que os echaré de menos”.

                        Aunque su exquisita educación y su carácter afable le impedían decirlo la mayoría de sus seguidores interpretó que lo prejubilaban de mala manera, que le mostraban anticipadamente la puerta de salida, lo que, por desgracia, es desde hace tiempo moneda común en este país.

                        A ese anuncio, para muchos de sus conocidos y sus lectores inesperado, siguió un aluvión de comentarios cariñosos, sorprendidos o indignados. Porque Andrés Cárdenas es una persona extraordinariamente querida.

                        Es, además, el columnista-franquicia de Ideal, que es lo mismo que decir el articulista más leído de Granada.

                        ¿Cuál ha sido su secreto? Un estilo amable, bienhumorado y sencillo. Para todos los públicos.

                        Cárdenas critica sin herir, opina sin abrumar. Huye del exhibicionismo y no cae en la tentación –tan golosa- de ajustar cuentas personales.

                        Decía Kapuscinski que sólo se puede ser buen periodista si se es buena persona. Andrés es el ejemplo vivo.                       

                        Los artículos y reportajes de Cárdenas se esfuerzan –como pedía el viejo maestro polaco- en comprender a los demás: sus preocupaciones, sus dificultades, sus pequeños dramas. Por eso es indulgente con los defectos del prójimo. Porque nunca se subió al púlpito, sino que prefirió sentarse en el banco de una plaza a charlar con los paisanos y a ver pasar la vida, para contarla a ras de suelo. 

                        Cárdenas es al periodismo escrito lo que Mena o Miranda fueron al humor gráfico: un oasis de giornalismo bianco, elegante, sin estridencias. Una rareza en este desierto inmenso de maleducados y vocingleros.

                        “Toda la vida escribiendo artículos, reportajes y novelas para que al final se me recuerde como el tío de la polla”, le escuché quejarse una vez. Me dio la impresión de que lo decía con la boca pequeña.

                        En el fondo, creo que está orgulloso de haberse convertido en el Ladrón de Guevara del siglo XXI, en el bestseller local, con un argumento tan estrechamente vinculado a esta tierra como a la suya natal. Aunque haya momentos en que esté hasta la idem de que todo el mundo le saque el tema.

                        Personalmente, siempre le agradeceré que aceptara de manera entusiasta la invitación que le hice a participar en el libro colectivo de relatos que coordiné con ocasión del 75 aniversario del Granada CF . Andrés nos regaló la crónica descacharrante de un viaje de Bailén a Granada para ver al Real Madrid en Los Cármenes, en el que su padre le quitó el frenillo que padecía haciéndole repetir hasta la extenuación los apellidos malditos de dos jugadores rojiblancos: Barrachina y Barrenechea.

                        Asegura en su último artículo “prejubilata” que “la infancia es el domingo de la vida”. La jubilación se debe parecer más al lunes de los parados, a una mañana tomando por narices el sol blandengue del otoño.

                        Pero Andrés es demasiado joven. Prescindir de él es un lujo que el periodismo –tan de capa caída- no se puede permitir.

                        Por eso confío en que siga escribiendo en los periódicos, aunque sea gratis, que es el sueño húmedo de esos niñatos con master que se están cargando uno de los oficios más bellos del mundo.

                        Aunque el estado de ánimo de sus innumerables seguidores lo refleja la conversación que he escuchado esta mañana en el bar en que suelo desayunar:

                        - “Buenos días, ¿tiene trinaranjus sin burbujas?”

                        - “No”.

                        - “¿Y café descafeinado?”

                        - “Se nos ha estropeado la máquina”.

                        - “¿Mantequilla sin sal?”

                        - “Tampoco”. 

                        - “Pues entonces póngame un Ideal sin Cárdenas”.


lunes, 25 de marzo de 2013

Barrio de la Magdalena




Buensuceso, la Paz, calle Jardines,
Verónica, la Cruz, San Miguel Alta,
Goya con su café y con su cine,
la Emperatriz Eugenia y Mariana.

El Buen Gusto, Alaminos, el estanco,
el puesto de Joaquín por la mañana,
la Ocasión, las especias de Barranco,
niño, alárgate un momento a La Campana.

Los billares, la Goma, Puentezuelas,
calle Nueva de Loli la lechera,
no la tendrás en verde, Esperanza,

balón de cuero, sol de primavera,
pie quieto, todos a la acera,
el rescate del alma de la infancia.

jueves, 21 de marzo de 2013

La primavera en Lisboa




                        Entornar los ojos desde el Puente, para amortiguar el azul intenso del Tajo, que se viste de mar para morir, y del Atlántico, que en Lisboa todos saben que es un río.

Recorrer a toda velocidad las siete colinas -como las de Roma- sobre las que se asienta la ciudad, mientras se charla con el taxista sobre el Benfica o el Sporting.

Escuchar las palabras reposadas e ingeniosas de José Miguel, que conocen el jardín secreto donde se cultiva la amistad.

Sentir a la espalda la risa franca, libre, pagana de María, como una serpiente de cascabel que te envenena el alma, y la mirada grande y luminosa de Raquel, que hay que disfrutar con los ojos cerrados, como se escuchan los fados.

Afrontar las cuestas del Barrio Alto con los poros bien abiertos, porque esos callejones lisboetas son napolitanos, cretenses, andaluces... y hasta cualquier rincón pueden llegar, transportados por el viento del sur, un fado, una tarantella o una soleá.

Perderse por las callejuelas entre bares, libros viejos y ropa tendida a secar al sol tibio de la primavera.

Emborracharse de atardecer en San Jorge, dominando los tejados de Alfama, y molestar a los gatos que los habitan, que son primos de los de Venecia o los de Madrid, para verlos saltar felinamente entre las yedras que se descuelgan por las terrazas.

Al bajar, con los ojos como faros por la explosión de luz (Lisboa, desde donde la mires, es multicolor y multirracial), los oídos y el olfato ya adivinan el mar, ese mar que perfuma de camarones el cuello de Raquel y le da su punto de sal a la boca risueña de María.

Los ojos, el oído, el olfato. Y el tacto. Porque Lisboa es una metáfora del Sur, una ciudad hecha para que gocen los sentidos, también para tocar.

Al llegar la noche, calentar el cuerpo y la amistad con un vinho verde bien frío y una carne con almejas (para Pessoa comer almejas era como sorber el mar) en cualquier casa de comidas. Y otra vez la risa de María, aguijoneando el corazón.

Todo eso es Lisboa en primavera. Y los versos de Pessoa, y las canciones de Amàlia, y los tranvías y los angoleños. Y María Cesarina, sentada en el café, que ha visto el mundo con sus ojos pero tiene en el alma una pena grande, como de fado. 

Lisboa, acabando abril, es siempre un incendio en el Chiado y una revolución de claveles.

            *Publicado en IDEAL    

lunes, 11 de marzo de 2013

Soneto de la ciudad herida




                                                   A los que tomaron el tren aquel once de marzo

                              Doscientos alacranes pintan bastos
                                      en el metálico brillo de la vía,
                                      doscientas mermeladas de tabasco
                                      escuecen en el alma y las encías.

                                      Doscientos bips cantados por el gallo
                                      esperan una ola que los borre,
                                      doscientos alfiles a caballo
                                      encierran a la reina en una torre.

                                      Doscientos dartagnanes desenfundan,
                                      doscientos chupacharcos desatascan,
                                      doscientos bomberos desescombran,

                                      doscientos pies descalzos que se anudan,
                                      doscientas manos limpias que se alzan,
                                      una esperanza en el reino de las sombras.

domingo, 10 de marzo de 2013

Hay algo que no es como me dicen



                        La izquierda divide eI mundo en buenos y malos. Los buenos son los de izquierdas. Los malos son los de derechas. Y los de centro, porque para la izquierda el centro no existe, es un “no lugar”, el escondite falaz en que se refugia la derecha vergonzante.

                        Este esquema tan simple es el que sirve a la izquierda para establecer las distintas categorías y bendecir o excomulgar, según corresponda. Así distingue entre dictadores buenos y malos, activistas buenos y malos, machistas buenos y malos… 

                        Toni Cantó se atrevió a pisar un terreno minado, la violencia contra las mujeres, e imagino que se le habrán quitado las ganas para una larga temporada. Quizá pensaba, ingenuamente, que en España hay libertad para hablar de todo, pero ha podido comprobar que la nueva inquisición –el feminismo radical y el orfeón pusilánime que lo secunda- no permite en este asunto salirse del discurso políticamente correcto, so pena de pasar a engrosar la lista de los apestados.   

                        Como el juez Serrano, inhabilitado casi de por vida por alterar en un día el régimen de visitas de un padre para que su hijo pudiera salir de nazareno en una procesión sevillana. Machista y capillita, para más inri. Anatema.

                        Para esa izquierda faltona que ha echado raíces en las redes sociales el único que puede nombrar a Cristo y salir indemne es Hugo Chávez, actualmente en proceso laico de beatificación.

                        A Cantó, para ajustarse a la realidad, le hubiera bastado con corregir las cifras y matizar adecuadamente sus palabras. Sin embargo, habiendo observado que no se puede ir contra el discurso impuesto por el ultrafeminismo en esta materia ha preferido recoger velas, pedir perdón y hacer como que se cree que de las 135.000 (!!!!!) denuncias anuales por violencia contra las mujeres sólo 20 son falsas. Aunque admitir sin rechistar las cifras oficiales lleve a una conclusión descorazonadora: España es un país de maltratadores.       

                        Lo que el actor y diputado probablemente no sepa, aunque lo va a comprobar, es que esta gente que lo insulta y lo amenaza se pasa por el arco del triunfo sus reiteradas disculpas. Para los que reparten las etiquetas, Cantó será ya para siempre un machista y un criminal. De los malos.
           
                        Porque también hay machistas buenos, aunque hayan sido condenados por violencia de género. Por ejemplo, Jesús Eguiguren, presidente del Partido Socialista de Euskadi, el fontanero de las cloacas del zapaterismo, que cuando volvía de sus reuniones clandestinas con Otegi y Josu Ternera le daba unas hostias a su consorte para rebajar la tensión acumulada. Txusito el abertzale, el héroe discreto que tiró de mano izquierda para negociar con los terroristas y de mano derecha para cruzarle la cara a su compañera.

                        Cantó ha cuestionado de manera torpe y precipitada los resultados de una ley manifiestamente mejorable, y la progresía engallada en el twitter se ha dividido entre los que exigen su cese fulminante y los que se apuntan voluntarios a su empalamiento.

                        A Eguiguren, maltratador condenado por sentencia firme, lo han elegido presidente de los socialistas vascos y Jordi Evole, siempre tan cercano a la causa de los débiles, le dedicó una entrevista complaciente en la que se olvidó de preguntarle por su mujer.

                        No sé si detrás de todo gran hombre hay una gran mujer o si detrás de toda gran mujer hay un hombre excepcional, pero lo que sí puedo afirmar con rotundidad es que enfrente de todo machista bueno hay una mujer de derechas. Verbigracia, Fátima Báñez, a quien el Secretario de Organización del PSOE de Huelva querría ver en su pueblo (que es el mismo de Jesús Quintero) haciendo punto de cruz. Por rancia y por fea.

                        María Antonia Iglesias y Fátima Báñez van al mismo peluquero, pero María Antonia es “de las nuestras” y meterse con su peinado es machista. El estilismo de la ministra, sin embargo, es motivo de sano descojone en las redes sociales.

                        Siempre he sido algo ingenuo, pero con el tiempo he aprendido que el feminismo radical no defiende la dignidad de las mujeres, sino sólo la de las mujeres de izquierdas.

                        Las mujeres de derechas (o de centro, esa mentira) no tienen dignidad. O son unas antiguas cargadas de hijos o unos putones que sólo piensan en que les regalen bolsos de Loewe. Ya se sabe que no hay nada más machista que una tía del pepé.

                        No te digo ya nada si además es guapa. Como Nevenka Fernández, en cuyo acosador se ha apoyado el PSOE de Ponferrada para acceder a la alcaldía. Rubalcaba, en una reacción desganada y tardía, le ha exigido que dimita y el nuevo alcalde se ha marcado un claqué con el bastón de mando.

                        Juan José Millás, a buenas horas mangas verdes, ha reconocido en su artículo de El País que un grupo de mujeres socialistas que lo invitó a cenar hace unos años le confesó que a Nevenka la dejaron sola porque el feminismo pensó “que se joda, que no hubiera sido guapa y de derechas”.

                        Millás, que no es sospechoso, se echa las manos a la cabeza: “¿Pero dónde estaban, Dios mío, todas las militantes del PSOE en el momento de consumarse la moción que daba la alcaldía al tonto de Samuel Folgueral? Perdón, ya caigo: estaban celebrando el Día Internacional de la Mujer.”

                        A Millás se lo permiten porque es el gurú de la progresía prisista. Si esto lo dice Toni Cantó se tiene que ir de España.           

                        Aquel libro sobre Nevenka se titulaba “Hay algo que no es como me dicen”. Se lo tomo prestado al autor, porque en este círculo cada vez más viciado de las relaciones entre hombres y mujeres tengo la sensación de que las cosas no son exactamente como nos las están contando.

                        Una sola mujer golpeada, una sola mujer violentada, una sola mujer asesinada, ya sería insoportable en una sociedad civilizada.

                        Pero una democracia sana tampoco puede permitirse un solo hombre inocente encarcelado.

sábado, 2 de marzo de 2013

Sobre el cielo de Roma



                        Uno que es relativamente descreído ha sentido una emoción sincera viendo el helicóptero del Papa volando por el cielo de Roma camino del exilio voluntario.

                        A los papas se les suelen reconocer pocos méritos –salvo la clientela fija y la afición incondicional- pero sería injusto, en la hora de su marcha, no ponderar la honestidad, la sencillez y la categoría intelectual de Benedicto XVI.

                        Su figura se ha ido agrandando con el paso del tiempo. A mí, por lo menos, me ha ido ganando poco a poco. Y no he podido evitar sentir un piccolo brivido cuando la Guardia Suiza, a las ocho en punto de la tarde, ha cerrado las puertas del Palacio de Castelgandolfo, dejando dentro a Ratzinger con sus libros, sus oraciones y su soledad. Otro tipo de soledad. Distinta, más llevadera que el aislamiento y el desamparo experimentados en los últimos meses en las estancias vaticanas.

                        Ratzinger nunca buscó el poder. Se sustrajo al juego de las maniobras y las intrigas curiales, el lujo le resultaba extraño.

                        Cuando, siendo arzobispo de Munich, Juan Pablo II lo llamó a Roma, sólo se llevó su poblada biblioteca y un piano.

                        Wojtyla, su mentor, era un tsunami, un hombre de acción, un animal escénico que enfervorizaba a las masas con su sola presencia. Ratzinger es un profesor tímido, un ratón de biblioteca, un hombre discreto y luminoso más apto para alumbrar que para deslumbrar. 

                        La (baja) política y la burocracia, consustanciales a la jerarquía romana, los escándalos de vatileaks y la traición de alguno de sus más cercanos colaboradores, junto con los abusos sexuales a menores tanto tiempo silenciados, por los que ha pedido público y sincero perdón (“el mayor ataque contra la Iglesia es el pecado dentro de ella”) han hecho mella en el ánimo de Ratzinger, más profesor que estadista, menos preparado para dictar decretos que para iluminar el camino de los fieles. 

                        Uno tiene la sensación de que todas estas circunstancias han sido determinantes en la decisión del Papa Benedicto de renunciar al ministerio petrino (se colige fácilmente de sus últimos discursos), aunque desde las instancias oficiales y los medios afines (siempre dispuestos a ser más papistas que el Papa) se ponga el acento en la merma de facultades físicas y psicológicas de un anciano de 85 años.

                        Es curioso, por cierto, que los mismos que defendían que Juan Pablo II debía morir con las sandalias puestas, a pesar del sufrimiento inhumano de sus últimos años, porque “el Papa no puede abandonar la cruz” y acusaban a los que, por piedad cristiana, aconsejaban su renuncia, de laicistas y anticatólicos, son los que ahora ponderan “la honestidad y valentía de Benedicto XVI” y destacan que “se trata de un ejemplo a seguir para aquellos que se aferran a su puesto de mando, un hecho que pasará a los anales de la historia”. Cosas de la obediencia ciega y del seguidismo irreflexivo consustanciales a todas las religiones. Quienes incurren en tan flagrante y ridícula contradicción nutren, de manera inconsciente, las filas de la Cofradía del Flaco Favor, que ha contribuido de manera notable a la secularización de la sociedad.     
  
                          En la última audiencia general de su pontificado, el día antes de renunciar a la cátedra de San Pedro, el Papa se permitió una mentira piadosa. O diplomática. “Nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio de Pedro; el Señor ha puesto junto a mí a muchas personas que, con generosidad y amor a la Iglesia, me han ayudado y han estado a mi lado. En primer lugar, vosotros, queridos hermanos cardenales: vuestra sabiduría, consejo y amistad han sido preciosos para mí; mis colaboradores, empezando por el Secretario de Estado, que me ha acompañado con fidelidad todos estos años, y toda la Curia romana”. Entre los setenta cardenales que estaban en primera fila, más de uno debió arquear las cejas.

                        Ahora que Ratzinger es “sólo un peregrino en la última etapa de su camino” el Cardenal Bertone ha mandado una carta a los monasterios de vida contemplativa de todo el mundo para invitarles  a intensificar la oración “en este momento tan decisivo para la Iglesia y el mundo”. Por si le fallan los contactos. O para que no le fallen.  

                        Por su parte, el cardenal Julián Herranz, investigador por cuenta del Papa del caso Vatileaks y encargado de clarificar dudas sobre ese espinoso asunto en el pre-cónclave ha asegurado que reza “para que los cardenales electores reciban la ayuda del Espíritu Santo”.

                        Yo no dejaría en manos de una paloma –por virtuosa que sea- una decisión de esa trascendencia. Aunque si no hay otras opciones, mejor la paloma santa que una bandada de cuervos.