domingo, 10 de marzo de 2013

Hay algo que no es como me dicen



                        La izquierda divide eI mundo en buenos y malos. Los buenos son los de izquierdas. Los malos son los de derechas. Y los de centro, porque para la izquierda el centro no existe, es un “no lugar”, el escondite falaz en que se refugia la derecha vergonzante.

                        Este esquema tan simple es el que sirve a la izquierda para establecer las distintas categorías y bendecir o excomulgar, según corresponda. Así distingue entre dictadores buenos y malos, activistas buenos y malos, machistas buenos y malos… 

                        Toni Cantó se atrevió a pisar un terreno minado, la violencia contra las mujeres, e imagino que se le habrán quitado las ganas para una larga temporada. Quizá pensaba, ingenuamente, que en España hay libertad para hablar de todo, pero ha podido comprobar que la nueva inquisición –el feminismo radical y el orfeón pusilánime que lo secunda- no permite en este asunto salirse del discurso políticamente correcto, so pena de pasar a engrosar la lista de los apestados.   

                        Como el juez Serrano, inhabilitado casi de por vida por alterar en un día el régimen de visitas de un padre para que su hijo pudiera salir de nazareno en una procesión sevillana. Machista y capillita, para más inri. Anatema.

                        Para esa izquierda faltona que ha echado raíces en las redes sociales el único que puede nombrar a Cristo y salir indemne es Hugo Chávez, actualmente en proceso laico de beatificación.

                        A Cantó, para ajustarse a la realidad, le hubiera bastado con corregir las cifras y matizar adecuadamente sus palabras. Sin embargo, habiendo observado que no se puede ir contra el discurso impuesto por el ultrafeminismo en esta materia ha preferido recoger velas, pedir perdón y hacer como que se cree que de las 135.000 (!!!!!) denuncias anuales por violencia contra las mujeres sólo 20 son falsas. Aunque admitir sin rechistar las cifras oficiales lleve a una conclusión descorazonadora: España es un país de maltratadores.       

                        Lo que el actor y diputado probablemente no sepa, aunque lo va a comprobar, es que esta gente que lo insulta y lo amenaza se pasa por el arco del triunfo sus reiteradas disculpas. Para los que reparten las etiquetas, Cantó será ya para siempre un machista y un criminal. De los malos.
           
                        Porque también hay machistas buenos, aunque hayan sido condenados por violencia de género. Por ejemplo, Jesús Eguiguren, presidente del Partido Socialista de Euskadi, el fontanero de las cloacas del zapaterismo, que cuando volvía de sus reuniones clandestinas con Otegi y Josu Ternera le daba unas hostias a su consorte para rebajar la tensión acumulada. Txusito el abertzale, el héroe discreto que tiró de mano izquierda para negociar con los terroristas y de mano derecha para cruzarle la cara a su compañera.

                        Cantó ha cuestionado de manera torpe y precipitada los resultados de una ley manifiestamente mejorable, y la progresía engallada en el twitter se ha dividido entre los que exigen su cese fulminante y los que se apuntan voluntarios a su empalamiento.

                        A Eguiguren, maltratador condenado por sentencia firme, lo han elegido presidente de los socialistas vascos y Jordi Evole, siempre tan cercano a la causa de los débiles, le dedicó una entrevista complaciente en la que se olvidó de preguntarle por su mujer.

                        No sé si detrás de todo gran hombre hay una gran mujer o si detrás de toda gran mujer hay un hombre excepcional, pero lo que sí puedo afirmar con rotundidad es que enfrente de todo machista bueno hay una mujer de derechas. Verbigracia, Fátima Báñez, a quien el Secretario de Organización del PSOE de Huelva querría ver en su pueblo (que es el mismo de Jesús Quintero) haciendo punto de cruz. Por rancia y por fea.

                        María Antonia Iglesias y Fátima Báñez van al mismo peluquero, pero María Antonia es “de las nuestras” y meterse con su peinado es machista. El estilismo de la ministra, sin embargo, es motivo de sano descojone en las redes sociales.

                        Siempre he sido algo ingenuo, pero con el tiempo he aprendido que el feminismo radical no defiende la dignidad de las mujeres, sino sólo la de las mujeres de izquierdas.

                        Las mujeres de derechas (o de centro, esa mentira) no tienen dignidad. O son unas antiguas cargadas de hijos o unos putones que sólo piensan en que les regalen bolsos de Loewe. Ya se sabe que no hay nada más machista que una tía del pepé.

                        No te digo ya nada si además es guapa. Como Nevenka Fernández, en cuyo acosador se ha apoyado el PSOE de Ponferrada para acceder a la alcaldía. Rubalcaba, en una reacción desganada y tardía, le ha exigido que dimita y el nuevo alcalde se ha marcado un claqué con el bastón de mando.

                        Juan José Millás, a buenas horas mangas verdes, ha reconocido en su artículo de El País que un grupo de mujeres socialistas que lo invitó a cenar hace unos años le confesó que a Nevenka la dejaron sola porque el feminismo pensó “que se joda, que no hubiera sido guapa y de derechas”.

                        Millás, que no es sospechoso, se echa las manos a la cabeza: “¿Pero dónde estaban, Dios mío, todas las militantes del PSOE en el momento de consumarse la moción que daba la alcaldía al tonto de Samuel Folgueral? Perdón, ya caigo: estaban celebrando el Día Internacional de la Mujer.”

                        A Millás se lo permiten porque es el gurú de la progresía prisista. Si esto lo dice Toni Cantó se tiene que ir de España.           

                        Aquel libro sobre Nevenka se titulaba “Hay algo que no es como me dicen”. Se lo tomo prestado al autor, porque en este círculo cada vez más viciado de las relaciones entre hombres y mujeres tengo la sensación de que las cosas no son exactamente como nos las están contando.

                        Una sola mujer golpeada, una sola mujer violentada, una sola mujer asesinada, ya sería insoportable en una sociedad civilizada.

                        Pero una democracia sana tampoco puede permitirse un solo hombre inocente encarcelado.