jueves, 21 de marzo de 2013

La primavera en Lisboa




                        Entornar los ojos desde el Puente, para amortiguar el azul intenso del Tajo, que se viste de mar para morir, y del Atlántico, que en Lisboa todos saben que es un río.

Recorrer a toda velocidad las siete colinas -como las de Roma- sobre las que se asienta la ciudad, mientras se charla con el taxista sobre el Benfica o el Sporting.

Escuchar las palabras reposadas e ingeniosas de José Miguel, que conocen el jardín secreto donde se cultiva la amistad.

Sentir a la espalda la risa franca, libre, pagana de María, como una serpiente de cascabel que te envenena el alma, y la mirada grande y luminosa de Raquel, que hay que disfrutar con los ojos cerrados, como se escuchan los fados.

Afrontar las cuestas del Barrio Alto con los poros bien abiertos, porque esos callejones lisboetas son napolitanos, cretenses, andaluces... y hasta cualquier rincón pueden llegar, transportados por el viento del sur, un fado, una tarantella o una soleá.

Perderse por las callejuelas entre bares, libros viejos y ropa tendida a secar al sol tibio de la primavera.

Emborracharse de atardecer en San Jorge, dominando los tejados de Alfama, y molestar a los gatos que los habitan, que son primos de los de Venecia o los de Madrid, para verlos saltar felinamente entre las yedras que se descuelgan por las terrazas.

Al bajar, con los ojos como faros por la explosión de luz (Lisboa, desde donde la mires, es multicolor y multirracial), los oídos y el olfato ya adivinan el mar, ese mar que perfuma de camarones el cuello de Raquel y le da su punto de sal a la boca risueña de María.

Los ojos, el oído, el olfato. Y el tacto. Porque Lisboa es una metáfora del Sur, una ciudad hecha para que gocen los sentidos, también para tocar.

Al llegar la noche, calentar el cuerpo y la amistad con un vinho verde bien frío y una carne con almejas (para Pessoa comer almejas era como sorber el mar) en cualquier casa de comidas. Y otra vez la risa de María, aguijoneando el corazón.

Todo eso es Lisboa en primavera. Y los versos de Pessoa, y las canciones de Amàlia, y los tranvías y los angoleños. Y María Cesarina, sentada en el café, que ha visto el mundo con sus ojos pero tiene en el alma una pena grande, como de fado. 

Lisboa, acabando abril, es siempre un incendio en el Chiado y una revolución de claveles.

            *Publicado en IDEAL