sábado, 2 de marzo de 2013

Sobre el cielo de Roma



                        Uno que es relativamente descreído ha sentido una emoción sincera viendo el helicóptero del Papa volando por el cielo de Roma camino del exilio voluntario.

                        A los papas se les suelen reconocer pocos méritos –salvo la clientela fija y la afición incondicional- pero sería injusto, en la hora de su marcha, no ponderar la honestidad, la sencillez y la categoría intelectual de Benedicto XVI.

                        Su figura se ha ido agrandando con el paso del tiempo. A mí, por lo menos, me ha ido ganando poco a poco. Y no he podido evitar sentir un piccolo brivido cuando la Guardia Suiza, a las ocho en punto de la tarde, ha cerrado las puertas del Palacio de Castelgandolfo, dejando dentro a Ratzinger con sus libros, sus oraciones y su soledad. Otro tipo de soledad. Distinta, más llevadera que el aislamiento y el desamparo experimentados en los últimos meses en las estancias vaticanas.

                        Ratzinger nunca buscó el poder. Se sustrajo al juego de las maniobras y las intrigas curiales, el lujo le resultaba extraño.

                        Cuando, siendo arzobispo de Munich, Juan Pablo II lo llamó a Roma, sólo se llevó su poblada biblioteca y un piano.

                        Wojtyla, su mentor, era un tsunami, un hombre de acción, un animal escénico que enfervorizaba a las masas con su sola presencia. Ratzinger es un profesor tímido, un ratón de biblioteca, un hombre discreto y luminoso más apto para alumbrar que para deslumbrar. 

                        La (baja) política y la burocracia, consustanciales a la jerarquía romana, los escándalos de vatileaks y la traición de alguno de sus más cercanos colaboradores, junto con los abusos sexuales a menores tanto tiempo silenciados, por los que ha pedido público y sincero perdón (“el mayor ataque contra la Iglesia es el pecado dentro de ella”) han hecho mella en el ánimo de Ratzinger, más profesor que estadista, menos preparado para dictar decretos que para iluminar el camino de los fieles. 

                        Uno tiene la sensación de que todas estas circunstancias han sido determinantes en la decisión del Papa Benedicto de renunciar al ministerio petrino (se colige fácilmente de sus últimos discursos), aunque desde las instancias oficiales y los medios afines (siempre dispuestos a ser más papistas que el Papa) se ponga el acento en la merma de facultades físicas y psicológicas de un anciano de 85 años.

                        Es curioso, por cierto, que los mismos que defendían que Juan Pablo II debía morir con las sandalias puestas, a pesar del sufrimiento inhumano de sus últimos años, porque “el Papa no puede abandonar la cruz” y acusaban a los que, por piedad cristiana, aconsejaban su renuncia, de laicistas y anticatólicos, son los que ahora ponderan “la honestidad y valentía de Benedicto XVI” y destacan que “se trata de un ejemplo a seguir para aquellos que se aferran a su puesto de mando, un hecho que pasará a los anales de la historia”. Cosas de la obediencia ciega y del seguidismo irreflexivo consustanciales a todas las religiones. Quienes incurren en tan flagrante y ridícula contradicción nutren, de manera inconsciente, las filas de la Cofradía del Flaco Favor, que ha contribuido de manera notable a la secularización de la sociedad.     
  
                          En la última audiencia general de su pontificado, el día antes de renunciar a la cátedra de San Pedro, el Papa se permitió una mentira piadosa. O diplomática. “Nunca me he sentido solo al llevar la alegría y el peso del ministerio de Pedro; el Señor ha puesto junto a mí a muchas personas que, con generosidad y amor a la Iglesia, me han ayudado y han estado a mi lado. En primer lugar, vosotros, queridos hermanos cardenales: vuestra sabiduría, consejo y amistad han sido preciosos para mí; mis colaboradores, empezando por el Secretario de Estado, que me ha acompañado con fidelidad todos estos años, y toda la Curia romana”. Entre los setenta cardenales que estaban en primera fila, más de uno debió arquear las cejas.

                        Ahora que Ratzinger es “sólo un peregrino en la última etapa de su camino” el Cardenal Bertone ha mandado una carta a los monasterios de vida contemplativa de todo el mundo para invitarles  a intensificar la oración “en este momento tan decisivo para la Iglesia y el mundo”. Por si le fallan los contactos. O para que no le fallen.  

                        Por su parte, el cardenal Julián Herranz, investigador por cuenta del Papa del caso Vatileaks y encargado de clarificar dudas sobre ese espinoso asunto en el pre-cónclave ha asegurado que reza “para que los cardenales electores reciban la ayuda del Espíritu Santo”.

                        Yo no dejaría en manos de una paloma –por virtuosa que sea- una decisión de esa trascendencia. Aunque si no hay otras opciones, mejor la paloma santa que una bandada de cuervos.