viernes, 12 de abril de 2013

Buensuceso


                       
                       Los viernes por la tarde, cuando salía del colegio, me iba a merendar a casa de la abuela Concha.

                        Ella me preparaba un buen trozo de pan con mantequilla y una onza de chocolate La Campana de Elgorriaga y yo me bajaba a la calle a jugar al fútbol con los niños del barrio.

                        Jugábamos un pie-cabeza, entre dos puertas metálicas, a menudo situadas en la misma acera.

                        Todas las puertas metálicas del barrio de la Magdalena las había hecho mi bisabuelo y yo me sentía muy orgulloso de marcar en aquellas porterías fingidas, en cuyo cierre se podía leer: Rafael Martínez Vázquez e hijos. Y debajo una dirección. Era como jugar siempre en casa.

                        Sin embargo, en cada partido, en mi mente infantil, la calle Buensuceso se transformaba en un estadio distinto.

                        Unas veces jugábamos en el Ramón de Carranza; los días nublados o lluviosos, Buensuceso se convertía en Balaidos, el campo del Celta de Vigo, y nos pertrechábamos adecuadamente para afrontar el partido en un terreno de juego embarrado; ni que decir tiene que mi equipo era, en todas las ocasiones, el Granada, y que yo era Parits, aquel austriaco rubio que se trajo Candi del Eintracht de Frankfurt o de por ahí, que jugaba con el número diez, y era tremendamente elegante con el balón en los pies.

                        Recuerdo que tenía un cromo suyo de los que daban con los cropanes, estampa le llamábamos los niños de entonces, y en verdad que lo era para mí, porque la llevaba en el bolsillo de los pantalones y la besaba antes de los partidos y hasta le rezaba, como si fuera la Virgen de las Angustias.

                        Pero en las grandes ocasiones, la calle Buensuceso era el Estadio de Los Cármenes, y el Granada recibía, indefectiblemente, al Málaga, el eterno rival.

                        Entonces, calentábamos antes de empezar, mientras se sorteaban los campos, dando pequeñas carreritas y soltando las piernas y los brazos, y nos intercambiábamos imaginarios banderines, como habíamos visto hacer tantas veces a los jugadores profesionales.

                        Y el partido comenzaba tras la severa advertencia de alguno de los jugadores -solía ser el hijo del taxista del 24, que no me acuerdo si se llamaba Javi o Dani-, de que no diéramos “boleones”, no fuera a caerse la pelota al balcón que había encima del tapicero, porque en esa casa no vivía nadie.     

                        Y empezaban las carreras, los toques, los taconazos, los centros...

                        Cuando pasaba alguna persona mayor, que nos advertía desde lejos, o algún coche, alguien gritaba “pie quieto”; entonces, el que llevaba el balón lo pisaba y todos permanecíamos en nuestras posiciones.

                        Ese momento yo lo aprovechaba para darle un bocado al pan con chocolate que había dejado en un tranco y para subirme los calcetines, que habían desaparecido dentro de los gorilas.

                        Alejado el peligro, y retomada por todos la posición previa, se reanudaban el juego, los regates (“no veas que mule, niño”, decíamos en un granaíno cerraísimo cuando alguien dejaba sentado al contrario de un quiebro), las paredes, los túneles.

                        Cuando, ya bien entrada la noche, a través de los postigos abiertos, oíamos la sintonía del Un, dos, tres... en los televisores del vecindario, alguien gritaba “el que marque, gana” y el partido se ponía serio, porque no era cuestión de irse a dormir derrotado por el eterno rival, y menos aún si, como sucedía tantas veces, la Nuni, así, con artículo, aquella niña que me gustaba tanto, estaba viendo el partido desde su balcón o sentada en el portal del 24.

                        Mi padre me dice a veces que hablo como un descargador de muelle; papá, un descargador de muelle es una monja ursulina al lado de un chavea de barrio que se está jugando el orgullo delante de la niña que lo tiene loco; y si esa niña se la disputan varios de los contendientes, entonces las palabras cortan como navajas de barbero.
                       
                        Al terminar el partido, agotado y sudoroso, me subía a casa de la abuela Concha, donde me recogían mis padres, y mi madre me regañaba siempre porque me había puesto el jersey gris de ochos y el pantalón de pana “comiícos de mierda” de arrastrarme debajo de los coches aparcados para recuperar el balón.

                        Luego, me iba a mi casa, en la Plaza del Gran Capitán, y me cenaba un huevo pasao por agua y un vaso de leche con cola-cao atestado de galletas, que mi madre llamaba gachuperio.

                        Y cuando me acostaba, tardaba en dormirme recordando aquel regate que le hice al vecino de la Nuni, justo delante de ella, y el tiro que se clavó en toda la escuadra del portón de la pescadería.

                        Así, detrás de un balón o de una piedra, Buensuceso arriba, Buensuceso abajo, pasé mis primeros años.

                        Dice Sábato que la patria de uno es su infancia. Es cierto, y mi infancia está viva, sobretodo, en aquellas tardes de fútbol callejero.

                        El que haya vivido esa emoción, esa excitación, nunca crecerá del todo. Porque cualquier mañana, camino del trabajo, con el traje impecable y los zapatos relucientes, le llegará un balón suelto, embarrado y a media altura, y no podrá resistirse. Lo bajará con el pecho, y soltará un zurdazo que irá a clavarse en toda la escuadra del portón de la pescadería.

           *Relato recogido en el libro colectivo "Pidiendo la hora", Edit. Comares