lunes, 27 de mayo de 2013

El alma con los dedos



No me dolió sacarte de la cama
aquella noche pálida de rones,
ni tuve dudas, cuando te besaba,
de que me quemaría en tus fogones.

El dorremifasol de la mañana
nos sorprendió a los dos entre almohadones,
la muerte se tiró por tu ventana
y Schumann perfumó los callejones.

Sandalio nos espera frente al Coro,
tenemos que instaurar el Orricato,
ir de la mano a combatir los miedos;

please, no me hagas mutis por el foro: 
ingresaré en el club del Pizzicato
                        para tocarte el alma con los dedos.

viernes, 17 de mayo de 2013

El último gatopardo


                        
                        Hace veinte años, cuando estudiaba en Italia, conocí la historia de Raniero Alliata di Pietratagliata.

                        El portador de este nombre, que nos evoca los caballeros medievales de las novelas de Italo Calvino, no es un personaje de ficción, sino el último representante de aquella aristocracia siciliana que nos dibujaron magistralmente Tomasi di Lampedusa y Lucchino Visconti.

                        Raniero fue el último de la estirpe de los príncipes del Sacro Imperio Romano, nada menos.

                        Recuerdo una fotografía suya, en su casa de Via Serradifalco, en Palermo, con las manos en los bolsillos, la mirada severa y una corbata excesivamente corta.

                        Vivía en una especie de villa-castillo, rodeada de un gran parque, en una zona que hasta los años cincuenta era campo abierto. Semirrecluido en esta casa misteriosa, ejercía sus dos grandes pasiones: coleccionar insectos y apariciones del más allá.

                        La del esoterismo fue, junto a la morfina, una de las modas a las que se entregó la aristocracia palermitana desde finales del diecinueve para vencer el aburrimiento de una vida ajena al trabajo. Pero Alliata era algo más que un aficionado: sesiones de espiritismo, invocaciones, dibujos que misteriosamente aparecían sobre hojas de papel cubiertas de ceniza...

                        Un arsenal de brujerías en el que intentó iniciar a su joven sobrino, al que el príncipe llamaba Papilio, como si fuese una de las mariposas de su colección.

                        El príncipe preparaba sus brujerías ante los fascinados ojos del muchacho, por el que el aristócrata sentía el afecto que las personas sin hijos tienden a experimentar, cuando llegan a una cierta edad, por los hijos de los demás.

                        Raniero Alliata era, sin embargo, una persona difícil. Hasta el punto de llegar a colgar en la cancela de su villa un cartel que rezaba: “Benvenuti gli amici, maledetti i parenti”, con un retrato del diablo para dejar zanjada la cuestión.

                        Entre los parientes, de hecho, el único que estuvo cerca de él durante largo tiempo fue el joven Papilio, atraído como se sentía tanto por la magia blanca como por la sospecha de que, finalmente, el tío Raniero se decidiría a mostrarle el inaccesible lado oscuro, que le abriría la misteriosa puerta tras la que se esconde el fascinante mundo del mal.

                        Y con esa esperanza adolescente lo seguía día y noche por las estancias sin luz de Villa Alliata. Hasta que una madrugada estival quiso comparecer en la mansión palermitana el mismísimo diablo, y el muchacho, aterrado, se marchó a la carrera y no volvió a poner pie en casa de su tío.

                        Desde aquel día, el príncipe mago se quedó solo.

                        Había tenido una esposa noruega, con la que se casó después de que esta se prendiese fuego para exigirle una relación más estable, pero hacía años que había muerto.

                        Los pocos amigos con los que contaba también se fueron alejando de él.

                        Pobre y solo, Raniero afrontó la última batalla de su vida, contra la especulación inmobiliaria. Pero como las colecciones de insectos y las prácticas esotéricas no daban sustento económico, el gran parque de la villa debió ser cedido progresivamente a los chacales mafiosos.

                        El Príncipe Raniero, definitivamente encerrado entre las cuatro paredes de su mansión, sufrió el deshonor de tener que asistir al espectáculo de un ejército de máquinas, obreros y capataces, que primero levantaron el parque y luego, sobre sus cenizas, horrendas edificaciones.

                        Raniero Alliata se esforzó en desencadenar las fuerzas del mal, invocando la muerte de los usurpadores. Pero la humillación sufrida pudo más que la magia, y el aristócrata murió en el otoño de 1979, con el orgullo herido.

                        Via Serradifalco es hoy una calle de edificios construidos demasiado deprisa.

                        Pero si está atento, el transeúnte verá, entre las grandes construcciones, una pequeña cancela. Y detrás, la villa abandonada en que vivió y murió el príncipe mago.

                        Y a uno le gusta pensar que el aire de esta Palermo del ladrillo, la extorsión y el asesinato mafioso conserva, sin embargo, algo aún del espíritu romántico y bizarro de aquel príncipe nigromante y enamorado de los insectos, el aristócrata que se exilió del tiempo y del espacio. El último gatopardo.

                        *Publicado en IDEAL 

jueves, 9 de mayo de 2013

La vuelta de Gotzone


                        
                        Gotzone Mora es pequeñita y menuda, pero de ese cuerpo aparentemente frágil, nacen una fuerza interior y un coraje excepcionales.

                        Profesora de la UPV (actualmente en el exilio) la profesora Mora denunció durante años la situación de la Universidad vasca, la impunidad con la que actuaba dentro de sus muros el entorno etarra, los privilegios académicos de que gozaban los terroristas, el trato de favor en los concursos a los profesores cercanos al mundo de Batasuna.

                        Esa actitud de rebeldía, unida a su militancia constitucionalista (pertenecía al sector redondista del PSE) le valieron entrar a formar parte de la inmensa lista de amenazados, por lo que ha pasado buena parte de su vida acompañada por dos escoltas.

                        Yo la conocí hace diez años, cuando vino a Granada, junto a Iñaki Ezkerra, en su bendita misión de informar y recordar, y de solicitar, para los demócratas vascos, el apoyo del resto de España.

                        Al finalizar el acto estuve charlando con ella y me dio su e-mail personal, “porque en la facultad todo está controlado”.

                        Nos comunicamos algunas veces vía ordenador. Yo le mandaba mensajes de apoyo y le decía que si las fuerzas le fallaban, que se viniera para acá, que dónde iba a estar mejor una Mora que cerquita de la Alhambra, y ella me lo agradecía de verdad, con palabras emocionadas y emocionantes, y me contaba cómo iban las cosas por la Facultad.

                        Me contó que con motivo del proceso electoral en la UPV, el Campus de Lejona había vuelto a ser tomado por las huestes proetarras, espesando aún más un ambiente ya de por sí plomizo y monocorde, a juzgar por la cartelería, las pancartas y las pintadas existentes en el recinto. Un día se topó de frente con una inscripción nueva, “Gotzone, muerte” y el corazón le dio un vuelco.

                        Demasiados años de “lager” vasco, como para no saber lo que eso significaba; es de sobra conocido que ETA tenía (¿tiene?) muy asimilada la división racional del trabajo: unos señalaban y otros ejecutaban, unos ponían la bilis y los otros las balas.

                        Pero Gotzone no se arredraba, porque esa diminuta estructura corporal esconde un valor cívico y un coraje personal a prueba de bomba, aunque era consciente de que, cualquier día, precisamente una bomba, preparada y accionada por unos cobardes, podía partirle la vida.

                        Siendo terribles las amenazas y los ataques, lo que más le dolía, sin embargo, era la insolidaridad y la indiferencia que mostraban buena parte de sus compañeros, incapaces de dirigirle una palabra de aliento o darle los buenos días.

                        Gotzone Mora y el resto de docentes constitucionalistas que conformaban la Plataforma de Profesores por la Libertad sufrieron una doble victimización: por un lado, la amenaza directa de los nacionalistas radicales y, por otro, el reproche grosero e indisimulado de los otros nacionalistas, quienes les echaban en cara que su sola presencia en la aulas ponía en peligro al resto de la comunidad educativa.

                        Es evidente que en este penoso asunto ha habido siempre asesinos de pensamiento, palabra, obra y omisión.

                        Algunos profesores, como Txema Portillo o Mikel Azurmendi, no soportaron la presión de este ambiente irrespirable y abandonaron el Campus y el País Vasco, en busca de un soplo de aire fresco y de libertad para vivir y trabajar; otros, como Edurne Uriarte, resistieron hasta que una bomba colocada en el ascensor de la Facultad quiso callar su voz disidente para siempre.

                        Gotzone Mora nunca quiso irse, a pesar de que pintaban bastos para los profesores que defendían en Euskadi la España del setentayocho.

                        La vieja resistente democrática, como una Madre Teresa laica, se veía con fuerzas para seguir en la lucha, a pesar de la incomodidad evidente (por decirlo de forma suave) que su actitud rebelde le reportaba.

                        Pero hubo un momento en que su cuerpo y su alma dijeron basta. Y se marchó al levante, y se radicalizó –a mi parecer- en exceso.

                        Ahora que, con el fin de la violencia etarra, el nacionalismo, el PP y la progresía de salón nos quieren convencer de que los terroristas de ETA han sido (¿son?) poco menos que benefactores del pueblo vasco y que entrenan a diario para ayudar a cruzar la calle a ancianos desvalidos, el testimonio vehemente y entusiasta de Gotzone Mora nos recuerda que la banda etarra se ha llevado por delante a casi mil personas, por hablar sólo de los muertos, y ha sembrado el país de paralíticos, extorsionados y neuróticos.

                        Primero querían echarla y ahora le exigen que regrese por la puerta de atrás, sin molestar demasiado.

                        Y ella (como el resto de profesores exiliados) no se fía.

                        "La vuelta a la Universidad del País Vasco puede ser en una situación donde no se me garantice la seguridad" ha declarado.

                        Teme el insulto, la descalificación o la agresión física. Y sabe de lo que habla. Porque quisieron matarla.