jueves, 9 de mayo de 2013

La vuelta de Gotzone


                        
                        Gotzone Mora es pequeñita y menuda, pero de ese cuerpo aparentemente frágil, nacen una fuerza interior y un coraje excepcionales.

                        Profesora de la UPV (actualmente en el exilio) la profesora Mora denunció durante años la situación de la Universidad vasca, la impunidad con la que actuaba dentro de sus muros el entorno etarra, los privilegios académicos de que gozaban los terroristas, el trato de favor en los concursos a los profesores cercanos al mundo de Batasuna.

                        Esa actitud de rebeldía, unida a su militancia constitucionalista (pertenecía al sector redondista del PSE) le valieron entrar a formar parte de la inmensa lista de amenazados, por lo que ha pasado buena parte de su vida acompañada por dos escoltas.

                        Yo la conocí hace diez años, cuando vino a Granada, junto a Iñaki Ezkerra, en su bendita misión de informar y recordar, y de solicitar, para los demócratas vascos, el apoyo del resto de España.

                        Al finalizar el acto estuve charlando con ella y me dio su e-mail personal, “porque en la facultad todo está controlado”.

                        Nos comunicamos algunas veces vía ordenador. Yo le mandaba mensajes de apoyo y le decía que si las fuerzas le fallaban, que se viniera para acá, que dónde iba a estar mejor una Mora que cerquita de la Alhambra, y ella me lo agradecía de verdad, con palabras emocionadas y emocionantes, y me contaba cómo iban las cosas por la Facultad.

                        Me contó que con motivo del proceso electoral en la UPV, el Campus de Lejona había vuelto a ser tomado por las huestes proetarras, espesando aún más un ambiente ya de por sí plomizo y monocorde, a juzgar por la cartelería, las pancartas y las pintadas existentes en el recinto. Un día se topó de frente con una inscripción nueva, “Gotzone, muerte” y el corazón le dio un vuelco.

                        Demasiados años de “lager” vasco, como para no saber lo que eso significaba; es de sobra conocido que ETA tenía (¿tiene?) muy asimilada la división racional del trabajo: unos señalaban y otros ejecutaban, unos ponían la bilis y los otros las balas.

                        Pero Gotzone no se arredraba, porque esa diminuta estructura corporal esconde un valor cívico y un coraje personal a prueba de bomba, aunque era consciente de que, cualquier día, precisamente una bomba, preparada y accionada por unos cobardes, podía partirle la vida.

                        Siendo terribles las amenazas y los ataques, lo que más le dolía, sin embargo, era la insolidaridad y la indiferencia que mostraban buena parte de sus compañeros, incapaces de dirigirle una palabra de aliento o darle los buenos días.

                        Gotzone Mora y el resto de docentes constitucionalistas que conformaban la Plataforma de Profesores por la Libertad sufrieron una doble victimización: por un lado, la amenaza directa de los nacionalistas radicales y, por otro, el reproche grosero e indisimulado de los otros nacionalistas, quienes les echaban en cara que su sola presencia en la aulas ponía en peligro al resto de la comunidad educativa.

                        Es evidente que en este penoso asunto ha habido siempre asesinos de pensamiento, palabra, obra y omisión.

                        Algunos profesores, como Txema Portillo o Mikel Azurmendi, no soportaron la presión de este ambiente irrespirable y abandonaron el Campus y el País Vasco, en busca de un soplo de aire fresco y de libertad para vivir y trabajar; otros, como Edurne Uriarte, resistieron hasta que una bomba colocada en el ascensor de la Facultad quiso callar su voz disidente para siempre.

                        Gotzone Mora nunca quiso irse, a pesar de que pintaban bastos para los profesores que defendían en Euskadi la España del setentayocho.

                        La vieja resistente democrática, como una Madre Teresa laica, se veía con fuerzas para seguir en la lucha, a pesar de la incomodidad evidente (por decirlo de forma suave) que su actitud rebelde le reportaba.

                        Pero hubo un momento en que su cuerpo y su alma dijeron basta. Y se marchó al levante, y se radicalizó –a mi parecer- en exceso.

                        Ahora que, con el fin de la violencia etarra, el nacionalismo, el PP y la progresía de salón nos quieren convencer de que los terroristas de ETA han sido (¿son?) poco menos que benefactores del pueblo vasco y que entrenan a diario para ayudar a cruzar la calle a ancianos desvalidos, el testimonio vehemente y entusiasta de Gotzone Mora nos recuerda que la banda etarra se ha llevado por delante a casi mil personas, por hablar sólo de los muertos, y ha sembrado el país de paralíticos, extorsionados y neuróticos.

                        Primero querían echarla y ahora le exigen que regrese por la puerta de atrás, sin molestar demasiado.

                        Y ella (como el resto de profesores exiliados) no se fía.

                        "La vuelta a la Universidad del País Vasco puede ser en una situación donde no se me garantice la seguridad" ha declarado.

                        Teme el insulto, la descalificación o la agresión física. Y sabe de lo que habla. Porque quisieron matarla.