viernes, 17 de mayo de 2013

El último gatopardo


                        
                        Hace veinte años, cuando estudiaba en Italia, conocí la historia de Raniero Alliata di Pietratagliata.

                        El portador de este nombre, que nos evoca los caballeros medievales de las novelas de Italo Calvino, no es un personaje de ficción, sino el último representante de aquella aristocracia siciliana que nos dibujaron magistralmente Tomasi di Lampedusa y Lucchino Visconti.

                        Raniero fue el último de la estirpe de los príncipes del Sacro Imperio Romano, nada menos.

                        Recuerdo una fotografía suya, en su casa de Via Serradifalco, en Palermo, con las manos en los bolsillos, la mirada severa y una corbata excesivamente corta.

                        Vivía en una especie de villa-castillo, rodeada de un gran parque, en una zona que hasta los años cincuenta era campo abierto. Semirrecluido en esta casa misteriosa, ejercía sus dos grandes pasiones: coleccionar insectos y apariciones del más allá.

                        La del esoterismo fue, junto a la morfina, una de las modas a las que se entregó la aristocracia palermitana desde finales del diecinueve para vencer el aburrimiento de una vida ajena al trabajo. Pero Alliata era algo más que un aficionado: sesiones de espiritismo, invocaciones, dibujos que misteriosamente aparecían sobre hojas de papel cubiertas de ceniza...

                        Un arsenal de brujerías en el que intentó iniciar a su joven sobrino, al que el príncipe llamaba Papilio, como si fuese una de las mariposas de su colección.

                        El príncipe preparaba sus brujerías ante los fascinados ojos del muchacho, por el que el aristócrata sentía el afecto que las personas sin hijos tienden a experimentar, cuando llegan a una cierta edad, por los hijos de los demás.

                        Raniero Alliata era, sin embargo, una persona difícil. Hasta el punto de llegar a colgar en la cancela de su villa un cartel que rezaba: “Benvenuti gli amici, maledetti i parenti”, con un retrato del diablo para dejar zanjada la cuestión.

                        Entre los parientes, de hecho, el único que estuvo cerca de él durante largo tiempo fue el joven Papilio, atraído como se sentía tanto por la magia blanca como por la sospecha de que, finalmente, el tío Raniero se decidiría a mostrarle el inaccesible lado oscuro, que le abriría la misteriosa puerta tras la que se esconde el fascinante mundo del mal.

                        Y con esa esperanza adolescente lo seguía día y noche por las estancias sin luz de Villa Alliata. Hasta que una madrugada estival quiso comparecer en la mansión palermitana el mismísimo diablo, y el muchacho, aterrado, se marchó a la carrera y no volvió a poner pie en casa de su tío.

                        Desde aquel día, el príncipe mago se quedó solo.

                        Había tenido una esposa noruega, con la que se casó después de que esta se prendiese fuego para exigirle una relación más estable, pero hacía años que había muerto.

                        Los pocos amigos con los que contaba también se fueron alejando de él.

                        Pobre y solo, Raniero afrontó la última batalla de su vida, contra la especulación inmobiliaria. Pero como las colecciones de insectos y las prácticas esotéricas no daban sustento económico, el gran parque de la villa debió ser cedido progresivamente a los chacales mafiosos.

                        El Príncipe Raniero, definitivamente encerrado entre las cuatro paredes de su mansión, sufrió el deshonor de tener que asistir al espectáculo de un ejército de máquinas, obreros y capataces, que primero levantaron el parque y luego, sobre sus cenizas, horrendas edificaciones.

                        Raniero Alliata se esforzó en desencadenar las fuerzas del mal, invocando la muerte de los usurpadores. Pero la humillación sufrida pudo más que la magia, y el aristócrata murió en el otoño de 1979, con el orgullo herido.

                        Via Serradifalco es hoy una calle de edificios construidos demasiado deprisa.

                        Pero si está atento, el transeúnte verá, entre las grandes construcciones, una pequeña cancela. Y detrás, la villa abandonada en que vivió y murió el príncipe mago.

                        Y a uno le gusta pensar que el aire de esta Palermo del ladrillo, la extorsión y el asesinato mafioso conserva, sin embargo, algo aún del espíritu romántico y bizarro de aquel príncipe nigromante y enamorado de los insectos, el aristócrata que se exilió del tiempo y del espacio. El último gatopardo.

                        *Publicado en IDEAL