lunes, 10 de junio de 2013

Una foto movida


En el centenario de Robert Capa y la mítica Leica

Una noche de verano de 1945 un hombre y una mujer pasean por la orilla del Sena. Se conocen desde hace apenas unas horas. Ella es Ingrid Bergman, la diva. El, Robert Capa, el fotógrafo.

A través del ojo de Capa, los americanos habían visto la guerra: los cuerpos de los marines muertos en la matanza de Playa Omaha, Normandía; la mujer francesa, acusada de colaboracionista, que, con el pelo rapado y su bebé en brazos, es insultada por la muchedumbre; la sonrisa del General De Gaulle tras la liberación de París...

Todo empezó en 1913, en el seno de una familia judía de Budapest, donde nació André Friedmann. Con 17 años, el joven André, militante de izquierdas, se exilió en Alemania, donde se compró una cámara Leica e intentó ganarse la vida como fotógrafo en los periódicos y revistas ilustrados con imágenes de actualidad.

Huyendo nuevamente, esta vez de Hitler por su condición de judío, André Friedmann llegó a París en 1933. En la capital francesa, él, su novia Gerda Taro y su amigo David “Chim” Seymour se inventaron al fotógrafo internacional Robert Capa.

Gerda vendía por los periódicos las fotografías de este misterioso aventurero militante de causas justas. Así fue como Robert Capa (inicialmente, la sociedad que formaron Gerda, “Chim” y André) tomó parte en la Guerra Civil Española.

El 5 de Septiembre de 1936, resguardado en una trinchera de Cerro Muriano, André Friedmann estiró la mano con su Leica y sin mirar captó la imagen del miliciano cayendo herido de muerte. Poco podía imaginar el anarquista alcoyano Federico Borrell que, gracias al azar y a la Leica de Friedmann/Capa, el instante de su muerte pasaría a la posteridad como símbolo de la Guerra de España y, posiblemente, de todas las guerras.

Hasta ese momento, Robert Capa era el pseudónimo de los fotógrafos André Friedmann, “Chim” Seymour y Gerda Taro. Esta foto tomada en los primeros meses de la Guerra Civil fue la que identificó, ya para siempre, a Robert Capa con André Friedmann.

Sobre “Muerte de un miliciano” se ha vertido la sospecha de ser un montaje propagandístico, una escenificación interesada. Capa explicó que la hizo sin mirar, sacando la mano desde la trinchera en la que se resguardaba y disparando la cámara un par de veces al azar. Eso explicaría el resultado: una fotografía un poco desencuadrada, movida y defectuosamente iluminada.

Siempre en el bando republicano, y ya en solitario, Robert Capa realizó un amplio reportaje, no sólo de la guerra. Lo miró todo con su cámara: soldados leyendo cartas, niños, campos, encuentros con intelectuales...

Después vendría la Segunda Guerra Mundial y, tras ella, el tormentoso romance con Ingrid Bergman.

Su lacónico oficio excluye del todo las palabras, pero la tradición a la que pertenece Robert Capa es más literaria que visual.

Decía Jean Luc Godard que un encuadre, un movimiento de cámara, son elecciones morales. Del mismo modo, el fotógrafo, al mirar la guerra, la juzga y toma partido.

Por otro lado, las características técnicas de la Leica permitían reivindicar la estética de lo borroso -fotos movidas, desenfocadas por la rapidez del puro acto fotográfico, que subrayan la intensidad dramática de la escena y de las emociones humanas-.

Quien mira, inventa. Como le leí en algún sitio al flamante Príncipe de Asturias de las Letras, Antonio Muñoz Molina, “la simulada fidelidad de la fotografía a lo real es una trampa; el ojo de vidrio, el objetivo, es como ese tercer ojo para ver lo invisible que tienen sobre la frente las estatuas de Buda”.

Robert Capa fotografió el alma de la Historia.

Como su amigo Hemigway, Capa tenía terror a envejecer. En 1953 escribió: “No puedo tener cuarenta años, ¿cómo se pueden tener cuarenta años?”

No llegó a cumplir cuarenta y uno. El 25 de Mayo de 1954, en la guerra de Indochina, una mina lo hizo saltar por los aires.

Lo enterraron en una bella ceremonia: la Bergman envió una nota sentida.