lunes, 1 de julio de 2013

Wert o no Wert


                        José Ignacio Wert, el único ministro de la historia cuyo apellido está inscrito en el teclado del ordenador, ese Paseo de la Fama de los tuiteros, es una de las estrellas (pasivas) del escrachismo cibernético y me da la impresión de que, en su caso, la contestación (virtual o presencial, por hablar en términos de burocracia educativa) es sarna que no pica porque la recibe con gusto.

                        “Soy como un toro de lidia, me crezco en el castigo”.

                        Ocasiones no le han faltado al ministro para mostrar su bravura, aunque buena parte de la afición pide con insistencia que lo devuelvan a los corrales. Como diría un tertuliano, el respetable -no siempre respetuoso- “está instalado en el abucheo”.

                        Lo que voy a decir a continuación imagino que el ministro, hombre inteligente y preparado, ya lo traería aprendido de casa: en España, la educación y la cultura son patrimonio exclusivo de la izquierda.

                        Un ministro de educación de derechas, para la progresía –especialmente para aquella engallada en las redes sociales- es un oxímoron. Un ministro de cultura de derechas es un intruso.

                        Por eso, el ministro Wert, aunque tenga a los niños en el Colegio Estudio, está condenado irremisiblemente a la soledad y la melancolía.

                        La cosa sería distinta si tuviera un padrino de izquierdas.

                       El alcalde de Granada, el popular Torres Hurtado, que tiene la inteligencia pragmática de los paisanos de los Montes, lo entendió desde el minuto uno, y por eso colocó de concejal de Cultura al hermano de Luis García Montero, el poeta comunista. Mano de santo. Ahí lleva no sé cuántos años, ejerciendo de azote de la oposición, sin que le chiste ni dios.

                        Si es cierto que la política educativa es para la derecha territorio comanche, no lo es menos que el ministro Wert, con esa arrogancia de quien está encantado de haberse conocido, no se lo ha puesto fácil a sí mismo ni a su partido.

                        No debería olvidar el ministro que en democracia la forma es el fondo, y que, además, el sufrido votante agradece que no intenten venderle motos averiadas. Ni la capacidad ni la excelencia, tan cacareadas por el gobierno y los innumerables jefes de prensa que le han salido en las tertulias, tienen nada que ver con la política de becas de Wert.

                        Sus improvisados –o no tanto- valedores se esfuerzan, entre ingeniosos ejercicios de estilo, en enmascarar la realidad de una reforma que no se asienta sobre el concepto del mérito, sino sobre la necesidad apremiante del recorte.
                         
                        Resulta paradójico que Wert, baranda de la cosa demoscópica, no haya sabido conectar con el personal. Puede que sufra el aislamiento de los superclases, pura envidia.

                       Menos mal que es también ministro de Deportes y siempre podrá agarrarse a Nadal, tan correcto, o a las chicas del basket. O a la Selección de fútbol, aunque corre el riesgo de que Piqué le reproche que a su pequeño Milan lo quiera españolizar y le restriegue por el morro una camiseta verde con la jeta de Dyango.