martes, 24 de septiembre de 2013

El búho de Minerva


                     

                                   Recuerdo una portada de El País Semanal de hace muchos años –era yo adolescente- en la que aparecía él apoyado en una columna de la Facultad de Traductores de Granada, en la esquina entre Puentezuelas y Santa Teresa.

                        Años después, me lo encontraba casi todos los domingos a mediodía, cuando iba a recoger a mi novia de entonces, subiendo la cuesta de la Avenida Cervantes con la bolsa del pan y los periódicos. Por entonces ya le tenía un respeto, -había leído El invierno en Lisboa y no me perdía sus artículos periodísticos- y, por supuesto, nunca me atreví a decirle nada.

                        He seguido con creciente admiración su trayectoria posterior –su marcha a Madrid, su pasión neoyorquina- y me he alegrado íntimamente de que al paisano (los granaínos, como los gaditanos, nacemos donde nos da la gana) le fueran bien las cosas.

                        Aquel joven curioso y amante del trabajo bien hecho se ha convertido con los años en un gigante, en el faro de una sociedad desnortada, huérfana de mentes lúcidas y desierta de honradez.

                        La figura de Antonio Muñoz Molina se alza como un coloso en una escena pública española demediada y empobrecida, dominada por políticos pesebreros y medianías intelectuales.

                        El búho de Minerva, dice Hegel, sólo alza el vuelo al anochecer. Quería decir con eso que una época histórica sólo puede evaluarse cuando ya ha concluido o está dando las últimas bocanadas.

                        Valiente y de una independencia insobornable, Muñoz Molina disecciona en su último libro, Todo lo que era sólido, la periclitada España de la burbuja, realizando “una reflexión narrativa y testimonial y una propuesta de acción concreta y entusiasta para avanzar desde el actual deterioro económico, político y social hacia la realidad que queremos”.

                        ¿En qué momento se jodió el Perú?, se pregunta constantemente Zavalita, el personaje de Conversación en la Catedral. Muñoz Molina se hace la misma pregunta. Y la búsqueda de una respuesta le lleva a reflexionar sobre la izquierda y la derecha, la fragilidad de la democracia, los delirios identitarios, el sectarismo o la mediocridad de los políticos.

                        Dante tenía razón al reservar uno de los rincones más atroces de su infierno a quienes, en tiempo de crisis moral, procuran mantenerse neutrales. Muñoz Molina se moja. Y yo ya me callo.

                        “Todo lo que era sólido se desvanece en el aire… lo que ahora nos parece retrospectivamente tan claro era invisible mientras sucedía”.

               “En nombre de la República más soñada que recordada de 1931 se menospreciaba la democracia que en 2006 llevaba durando casi treinta años”.

                        “Ni siquiera éramos capaces de encontrar el grado mínimo de concordia necesario para honrar a las víctimas del terrorismo, para dejar al menos sus muertes y el dolor de los suyos al margen de la sucia pelea civil”.

                        “Las únicas carreras administrativas que se han hecho en España a lo largo de los últimos treinta años son las de los mediocres arrimados a los partidos que han llegado a ocupar los puestos más altos sin poseer ningún mérito, sin saber nada, sin adquirir a lo largo del tiempo otra habilidad que la de simular que hacen algo”.

                        “El sectarismo político les ofrecía una división del mundo tan radical como las fronteras territoriales de las identidades. Se trataba, se trata todavía, de ser de un partido como de una raza o una tierra originaria, de ser de izquierdas o ser de derechas con la misma furia con que se era católico o protestante en las guerras de religión del siglo XVI”.

                        “Primero se hizo compatible ser de izquierdas y ser nacionalista. Después se hizo obligatorio. A continuación declararse no nacionalista se convirtió en la prueba de que uno era de derechas. Y en el gradual abaratamiento y envilecimiento de las palabras bastó sugerir educadamente alguna objeción al nacionalismo ya hegemónico para que a uno lo llamaran facha o fascista”.

                        “Probablemente no hay un país en el que se discuta y se escriba tanto de política y en el que sin embargo sea tan raro el debate: el contraste argumentado y civilizado de ideas en el que cada uno se expresa con libertad y está dispuesto a aceptar que el otro tenga una parte de razón y hasta a cambiar de postura si se le ofrecen motivos o datos que desconocía y que puedan persuadirle”.

                        “Cuando la barbarie triunfa no es gracias a la fuerza de los bárbaros sino a la capitulación de los civilizados”.

                        “Porque soy del sur me gusta el norte. Viniendo de una tierra en la que la expansión festiva se ha vuelto oficial y obligatoria, vindico mi derecho a ser un andaluz serio, incluso a no parecer andaluz y me gusta mucho la reserva que he observado en otros lugares, y me reconozco mucho más en ella que en la caricatura folclórica que venía del romanticismo rancio y del franquismo y que han hecho suya las autoridades políticas de Andalucía, las de izquierdas exactamente igual que las de derechas”.

                        “No se puede olvidar el valor y la precariedad de lo bueno que se ha conquistado porque entonces se olvidará también la necesidad de su defensa constante”.

                        “El número de antifranquistas ha ido aumentando según pasaban más años desde el final de la dictadura, pero su vehemencia creciente no llega a compensar el carácter retrospectivo de tanto heroísmo”.

                        “Lo que se tiró en lo superfluo ahora nos falta en lo imprescindible, y no hay proporción entre la gravedad de las responsabilidades y el reparto de las cargas, entre la impunidad de unos y el sufrimiento de los que han de pagar las consecuencias”.

                       “Lo que uno quiere es que los cambios que vengan no sean catastróficos y que sus hijos tengan vidas decentes, las que imaginan y desean la mayor parte de las personas, con excepción de los psicópatas y los iluminados”.

                        Muñoz Molina ha puesto su empeño, con pasión cívica y altura de miras, en mostrarnos las cosas tal como son, a la sobria luz de lo real. Y nos ha mostrado, al fondo, una puerta abierta.

                        Desde este pequeño rincón del sur, que es también el suyo, sólo puedo decirle una cosa: “Gracias, maestro”.