viernes, 6 de septiembre de 2013

Susana y la nueva era


                        Escribe el siempre sagaz Quico Chirino que “Susana Díaz llega desde el viejo gobierno de Griñán para inaugurar un tiempo nuevo, aunque habla tan bien del pasado y el presente de la política andaluza que resulta una pena tener que pasar página”.

                        Esa es la consigna que el socialismo andaluz repite como un mantra: la del tiempo nuevo. A la manera lampedusiana, claro.

                        “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”, le susurró al oído Lancaster-Griñán a Cardinale-Díaz en el último baile del Palacio de San Telmo.

                        Y Susana, la heredera, se ha puesto a ello.

                        “No podemos permitir que el desprestigio de la política siga siendo uno de los principales problemas de la sociedad”, dijo la candidata en su discurso de investidura.

                        Es la política andaluza –aún más que la nacional- un páramo deshabitado de liderazgo donde cualquier individuo –o individua- mediocre y anodino se puede ver encaramado a lo más alto del poder con unos cuantos trienios de aparato por todo currículo.

                        Y eso ocurre, entre otras cosas, gracias –es un decir- a una ciudadanía que pocas veces ejerció como tal.

                        Sostiene Pérez Reverte que los únicos antídotos contra la estupidez y la barbarie son la educación y la cultura. Que, incluso, con urnas, no hay democracia sin votantes cultos y lúcidos.

                        Más de 30 años ha tenido el PSOE –nuestro PRI particular- para romper con el estigma de la Andalucía de señoritos y jornaleros, de la tierra de la miseria y el atraso, de aquella Andalucía beata y folklórica del franquismo.   
                       
                        Pero el pesoe prefirió ocupar las instituciones antes que reformarlas, y adocenar a aquel pueblo esperanzado del 28-F, metiéndole en los bolsillos cuatro migajas y embotándole la cabeza con la televisión más reaccionaria de Occidente.

                        ¿Quieren saber cómo era Andalucía hace 30 años? Pongan Canal Sur. Los mismos viejos, los mismos parados, las mismas batas de cola, los mismos andaluces por el mundo. 

                        El pecado que nunca podremos perdonar al socialismo que nos gobierna desde hace más de tres décadas es que haya despilfarrado el dinero para fomentar el clientelismo en vez de educar ciudadanos libres, que haya preferido repartir miseria a generar riqueza.

                        La gran corrupción moral del socialismo andaluz no es otra que la de haber dilapidado conscientemente el capital humano y económico de esta tierra con la única intención de perpetuarse en el poder. 

                        Pero ha llegado Susana para estrenar una nueva era.

                        Mientras ella señala a la luna no faltarán aguafiestas que miren el dedo de su escasa cualificación, su obstinada militancia, su patente sectarismo.

                        Miradas de otros tiempos, de aquellos años lejanos en que Susanita tenía un ratón. La presidenta Susana, en cambio, tiene un sueño y, desde su elección digital tiene, además, a todos los ratones socialistas siguiendo hipnotizados el seductor sonido de su flauta.

                        Incluida Elena Valenciano, que distinguió en su discurso de investidura “el primer discurso político del siglo XXI”, nada menos.

                        Para sus primeros hagiógrafos –crecerán como setas en los próximos meses de esta nueva era- Susana irradia un aire de solidez ideológica, de compromiso con los débiles y de pasión en la lucha por la igualdad que la emparenta directamente con Martin Luther King. No es negra, pero es mujer y joven y esas dos cualidades son, por sí mismas, garantía de excelencia.

                        Pobre del que diga lo contrario, porque el susanato –término acuñado por mi admirado Ignacio Camacho- será también el tiempo del victimismo feminista.

                        La presidenta del pesoe andaluz, Amparo Rubiales, lo ha inaugurado al advertir que “si la candidata hubiera sido un hombre no se habrían dicho tonterías sobre si llevaba zapato plano o no”.

                        En el nuevo tiempo, cada crítica a la gestión de la Presidenta será susceptible de ser interpretada como un intolerable ataque machista.

                        Una nueva era, con Susana, la trianera, al frente de la nave que conducirá a Andalucía al puerto de la tercera modernización.

                        “Vamos a trabajar para que el talento formado en Andalucía, trabaje en Andalucía”, ha asegurado. Después ha bajado la cabeza y se ha quedado un instante en silencio. Y cuando ha retomado el discurso, las palabras sonaban gastadas, lejanas, como de hace 30 años.