sábado, 30 de noviembre de 2013

Callar a Rubalcaba


                         Los estudiantes y activistas del 15M que reventaron la conferencia que Alfredo Pérez Rubalcaba tenía previsto pronunciar en la Universidad de Granada probablemente no hayan leído nunca a Albert Camus. Y si lo han hecho es evidente que se ha tratado de una lectura distraída o apresurada. De lo contrario, habrían sabido que cuando alcanzar determinados objetivos requiere del uso de la fuerza ilegítima contra el adversario es el objetivo mismo el que termina siendo ilegítimo. No se puede utilizar la coacción en nombre de la libertad porque en democracia son los medios los que deben justificar el fin.

                        Dice Muñoz Molina que en nuestro país se discute mucho de política pero es extremadamente raro el debate, el contraste argumentado y civilizado de ideas en el que cada uno se expresa con libertad y está dispuesto a aceptar que el otro tenga una parte de razón.

                        En los últimos tiempos, además, la democracia española ha sufrido un repliegue hacia la intransigencia. En esta España de la crisis estamos asistiendo al ascenso y entronización –con perdón- de los fanáticos y los intolerantes, individuos persuadidos de estar en posesión de la verdad absoluta y del derecho de imponerla urbi et orbi.

                        No conviene confundir el culto a la libertad con el desprecio hacia las leyes, porque no se puede actuar, a la vez, libre e irresponsablemente.

                        El fanatismo es una forma manifiesta de irresponsabilidad: el fanático grita su verdad y no atiende a más razones porque encarna la rectitud y la honradez con mayúsculas y los que le discuten sólo pueden hacerlo movidos por intereses bastardos.

                        Su cosmovisión es totalitaria y ve en el adversario político un enemigo, un no ser, que, como tal, debe ser anulado, suprimido, silenciado.

                        Los demócratas tenemos que defendernos de la intolerancia militante. Coincido con Savater en que la tolerancia no debe ser una actitud pasiva, resignada, sino una disposición combativa a favor de la pluralidad social y en contra del fanatismo, que no sabe sino exterminar, expulsar o doblegar lo distinto. No podemos capitular ante los bárbaros ni perder este combate por incomparecencia.

                        Hoy ha sido Rubalcaba, ayer fueron Rosa Díez o Albert Rivera; mañana, cualquier otro.

                        Tiemblo cada vez que oigo hablar de política de división, como si la política no fuera en esencia división. Para eso nos hemos dado la democracia, para gestionar la discordia y la discrepancia, que son inherentes a las sociedades plurales.

                        Tenemos, ahora más que nunca, el derecho (y el deber) de discutir, de confrontar ideas, de estimular la reflexión y promover el debate político. El derecho a hablar y la obligación moral de escuchar: la generación de la Transición no se dejó la piel en la lucha por la libertad para que, cuarenta años después, sus nietos vuelvan a amordazar a los que piensan distinto.

                                *Publicado en IDEAL
                                * Premiado por Lorenzo Silva en XL Semanal