domingo, 10 de noviembre de 2013

LA CALLE DEL MEDIO por Ignacio Camacho




                             Si García Márquez decía escribir para incrementar sus amigos, Martín Domingo no se puede quejar: 25.000 entradas, las que ha tenido este blog en su primer año, no las vende su amado Granada desde los tiempos gloriosos de Porta, Barrios y Aguirre Suárez. Un servidor siempre ha sospechado que en realidad Martín, soltero de oro con vocación de playboy, escribe para ligar más, pero me da la impresión de que en ese aspecto tampoco tiene motivos de queja. Lo del crecepelo ya es materia de otro negociado, aunque barrunto que a un hombre tan intelectualmente inquieto no le importa que se le transparenten las ideas.

                        Este blog en que su propietario me ha dejado colarme por un día posee un activo moral impagable: la independencia de criterio. En tiempos de pensamiento (?) dirigido y dirigista, Martín Domingo tiene la mala costumbre de no permitir que nadie le marque el paso con doctrinas de conveniencia. Se ha acostumbrado al vicio de pensar por su cuenta, lejos de consignas banderizas y opiniones con la profundidad de una lata de anchoas. A él le gusta decir que pertenece a la “tercera España”, aquel concepto en el que se sintió emparedado Chaves Nogales, el Manuel Chaves bueno; pero en realidad se trata de la primera España, la que va por delante en el difícil y poco agradecido esfuerzo de sostener su propia razón, o al menos sus propias razones. La calle de en medio o el medio de la calle: ese lugar tan poco transitado en un país donde la gente tiende a dejarse estabular en las aceras.

                        Martín es un activista civil, especie en extinción o al menos en letargo. Un tipo comprometido con la sociedad mediante la agitación del pensamiento. Su Foro de la Magdalena es un ejemplo de los espacios de debate que escasean en la España gritona de las tertulias y de los linchamientos dialécticos de Twitter: abierto, antidogmático y plural. Un sitio para hablar con libertad y escuchar con respeto, lejos del fragor tabernario y el ímpetu exaltado que nos caracteriza a los españoles cuando discutimos de fútbol o de política.

                     Aunque en el fútbol está autorizado ser sectario, y es el único sectarismo que Domingo se permite a sí mismo porque se trata de una pasión y un hombre puede, como decía un personaje de Campanella, cambiar de ciudad, de mujer, de trabajo y hasta de religión, pero no puede cambiar de pasiones. El Granada es su pasión sentimental, y eso no tiene remedio, aunque Martín, en el fondo, sea madridista sin saberlo.

                        Aquí, en el blog, se expresa un hombre libre, refractario a los esquemas de contenido superficial que suelen sustituir a las ideas en nuestro debate público. En España es fácil saber qué piensa una persona sobre cualquier cosa a partir de su filiación política; el alineamiento partidista determina las posiciones ante cualquier cuestión de índole cultural, sociológica y hasta deportiva. No queda margen para la sorpresa. Pero Martín Domingo no se deja conducir por estos presuntos maestros pensadores que sólo han leído un libro, el de su propia doctrina. Piensa por libre como un hombre libre. A veces coincide con unos y en otras ocasiones se acerca a la acera de enfrente. Sabe cruzar la calle guiado por el instinto de su libertad. Detesta a los progres de manual y a los fanáticos del liberalismo autoritario. Y aprecia el valor intrínseco de la humanidad, del sentimentalismo, de la ternura o de la inteligencia dondequiera que pueda localizarse.
  
            Una ardilla ya no puede atravesar España de árbol en árbol, pero un topo podría hacerlo de trinchera en trinchera. Entre tanto blog trincherizo, éste es uno de campo abierto donde se respira el aire libre de una mentalidad inquieta, constructiva e integradora. Y además trata sin complejos de España. Por eso merece la pena.

                        Eso sí, querido Martín: lo de que Rosa Díez te parezca sexy háztelo mirar, bro. Que yo te he visto en mejores compañías…

                                                                       IGNACIO CAMACHO