lunes, 29 de diciembre de 2014

Secuestro en el Portal


“Pasamontañas ajustado, entramos en el portal, servicio de orden frustrado, nos llevamos al chaval, un rescate por pedir, vacaciones en París…”; el estribillo aceleraba a ritmo de ska, “secuestro en el portal, secuestro en el portal”…

Era la España de la movida, aquel tiempo estimulante, gozoso, desmedido y canalla.

Una época de aparentes desmadres (el libertinaje contra el que advertían los nostálgicos recalcitrantes) que reflejaba, entre fuegos de artificio, el malestar y el desencanto por las promesas incumplidas de la ansiada democracia.

Hoy, en España y Europa, las cosas han cambiado y el sentido del humor se considera un privilegio de la casta. Por eso treinta años después las activistas de Femen han llevado a la práctica, sin gracia, lo que la movida dejó en gamberrada virtual.

Con las tetas al aire y al grito de “Our God is woman” una agitadora rubia y maciza se ha colado en la fiesta mayor de los cristianos –sobre los que hay, al parecer, una especie de derecho universal al escupitajo- para tocarle valientemente los huevos al Papa Francisco, que sufre en sus carnes el síndrome de Pedro Sánchez: por más que se esfuerce en ser progre la peña votará a Podemos.

Hace meses, unas audaces compañeras de la anterior, en otra exhibición de osadía y heroico compromiso con los derechos femeninos, se pasaron literalmente por el coño al hijo crucificado de ese Dios que es mujer, en una performance sórdida de porno sadomaso de convento, ejecutada a plena luz del día en la Plaza de San Pedro.

Ejecutadas es como estarían las tres, y la que se llevó al niño, si su valerosa actuación hubiera tenido lugar en La Meca o a la salida de misa de doce – o como se llame allí- en la mezquita de Kandahar, con la calle hasta arriba de turbantes.

Pero eso no va a ocurrir –ni Dios lo quiera- porque la franquicia ucraniana del autoproclamado feminismo radical tiene de feminismo lo que Pepe Arenzana y de radical lo que el subvencionado Carnaval de Cádiz. Las niñas de femen, como las comparsas de nuevo cuño, no son más que miedicas bovinas y sectarias disfrazadas de iconoclastas con arrojo. Corrección política travestida de subversión. Unas en tetas y otras con pisha.

Tengo un buen amigo que dice que eso, lo de las tetas, es lo mejor del asunto, que es una oportunidad única de verlas en la tele, en estos tiempos en que el colectivo gay ha tomado los platós.       

Todos no, querido Paco. En Hispan TV, la televisión iraní desde la que el profeta Iglesias anuncia la buena nueva, homosexuales no hay. Ni se habla de ellos.

Son gente seria y comprometida estos inquilinos catódicos del régimen de Teherán.

Nada que ver con aquella juventud de la transición, tan vacua, que aprendió el lenguaje de la democracia mientras tomaba copas en El Penta.

 La revolución requiere disciplina y reciedumbre, no es lugar para maricones.

Y mejor así, porque en la televisión iraní a Jorge Javier lo habrían colgado de la jirafa.




martes, 16 de diciembre de 2014

Corazón de corcho


En su última entrevista Carlos Cano le hizo una confidencia a Jesús Quintero: ”Tengo un corazón de corcho: me agarro a él y nunca me hundo”. También vaticinó esa noche una Andalucía futura poblada por hombres y mujeres libres.

Sin embargo, todos los meses de diciembre muere Carlos Cano y todos los veintiochos de febrero se traiciona el espíritu de la verde, blanca y verde, el himno que Carlos regaló a su tierra y que dejó de interpretar porque “era un canto de esperanza y los andaluces han dejado de soñar”.

 Ay, Felipe de la OTAN, cataflota verigüeh… le costó a Carlos el veto de la Junta, que sólo le indultó in articulo mortis y le nombró Hijo Predilecto de Andalucía cuando ya había cruzado la bahía en la barca de Zarrías Caronte, el vaporcito del Puerto de los apestados del Régimen.

Tuvo que morirse –joven- el poeta que marcó su vida con el compromiso y la fidelidad a los suyos, el que soñó una tierra sin amos y luchó por ella, para ser reconocido –a regañadientes- por los nuevos señoritos, los de los eres falsos como aquellos duros antiguos que tanto en Cádiz dieron que hablar. 

Han pasado casi tres lustros desde que se nos partió el corazón a los andaluces agradecidos y esta sigue siendo la región del paro, la emigración y las batas de cola. Tierra quemada como el sol aciago de Ocaña, el mariquita que pintaba en Las Ramblas vírgenes con peineta.

Me pregunto, con Raúl Alcover, “dónde están los currelantes, los que se vienen, los que se van, dónde las madres de mayo, dónde su barrio, dónde Graná”.

Cómo echamos de menos – en estos tiempos en que nos falta alimento moral que llevarnos a la boca- su luz y su guía, la fortaleza de su ternura, su pasión por el Sur donde habitan los olvidados.

Cuánta falta nos hacen hoy la independencia y la sobria rebeldía de este andaluz cernudianamente triste, que defendió la alegría como un estandarte y, trasunto de su admirado Paco Alba, fue brujo, escritor, cantante, morisco, gitano, bereber, sirena, gayamba, monjita de convento, bandolero, pirata, guerrillero, abogado de pobres, contrabandista y justiciero.

Pero si la sombra de Carlos Cano se agiganta con el transcurso del tiempo es -aparte el compromiso cívico- por la dimensión descomunal de su obra.

Fue un creador perfeccionista, obsesivo, que consiguió ser popular sin ser vulgar y llegó a los jóvenes sin la menor concesión a las modas.

Tenía una medida física del cante -“si digo paloma me siento volar, si hablo de tomillo puedo olerlo”- y pobló sus poemas de gente sencilla; fue la voz de los sin voz.

Dignificó la copla, desbrozándola de falsos oropeles; la desnudó para volver a vestirla con la verdad antigua que había escuchado de las mujeres de su casa.

Se fue con los pieles rojas a Jolivú y a la América indígena con su amiga Rigoberta, fue corista del Cádiz caletero, amante en París, santero en La Habana, resucitao en Nueva York.

Se perdió por las callejas del Realejo y se bebió en Sevilla los ojos, las entrañas de Andalucía.

Calentó las noches del desierto y conoció la soledad del hombre en las cumbres de Sierra Nevada, donde lloraba un moro que perdió el alma.

Desde Ayamonte hasta Faro se oye su fado por las tabernas.

Fue libre en la duda y libre en el te quiero y rompió dos veces su alma de león.

Diciembre, vísperas de Navidad. En el Convento de las Esclavas de Santa Rita andan las monjas dale que dale con la cocina y la voz cansada de Carlos quiere dormir el sueño de las manzanas, el de aquel niño oscuro que quería cortarse el corazón en alta mar.

Dejadla dormir un rato, un minuto, un siglo. Pero que todos sepan que no ha muerto.  

*Publicado en IDEAL

domingo, 7 de diciembre de 2014

Sergio y la Stasi


En 1989 asistimos a la caída del Muro de Berlín, pero a Jean Francois Revel su olfato le decía que aquel difunto aún gozaba de buena salud. “El Muro –dijo entonces con el acibarado recelo de quien ha visto demasiado- ha caído en Berlín, pero no en los cerebros”. 

Hoy, 25 años después, podemos decir que no se equivocaba: la izquierda del púlpito, la uniformidad y el dogmatismo sigue aquí, más viva que nunca. Con su juego de siempre: tachar de criminal al que discrepe y reducir al silencio a los herejes.

Cuentan para ello, en los nuevos tiempos, con una herramienta impagable: las redes sociales, de las que son dueños y señores.

En nuestro país, el último señalado por la stasi tuitera se llama Sergio Martín y el viernes entrevistó a Pablo Iglesias, el Hermano Mayor de Podemos, en el programa que dirige en el Canal 24 horas de Televisión Española.

El bueno de Sergio, habitualmente simpático y educado, se vio sobrepasado por el ambiente hostil impuesto por Iglesias desde el principio (me cuentan que llegó al plató escoltado por un piquete intimidatorio y que algunos de los técnicos de TVE lucían escarapelas y símbolos de Podemos) y el mal rollo fue palpable durante toda la entrevista.

No era de extrañar, porque Iglesias se ha convertido en el Mourinho de la escena política española, un individuo insolente y agrandado que utiliza un tono crispado y agresivo bastante inquietante, “como cuando uno ve retozar a unas crías de tigre que pronto se convertirán en devoradores de hombres”.

            Sergio conduce un debate ameno y elegante, alejado del fragor tabernario de las tertulias políticas en las que es habitual “el faro que guía al proletariado” –genial hallazgo de Joaquín Reyes- y estuvo incómodo toda la noche jugando en ese campo embarrado.

            Y entonces llegó lo de ETA. Darle a Pablo Iglesias la enhorabuena por la salida de Plazaola y Santi Potros quizá no fue una manera elegante de plantear la cuestión, pero eso no justifica la legión de tontos extasiados con el dedo que señalaba la luna filoabertzale del líder de Podemos.  

         Espabilado como parece, Sergio Martín debería saber que al Gran Hermano de la progresía sólo le pueden recordar ciertas cosas otros progres con pedigrí, como Evole o Ana Pastor. Los demás son unos putos fachas al servicio de la casta y merecen ser depurados por la Policía del Pensamiento, que acecha día y noche desde sus cibertorres de vigilancia en busca del menor indicio de heterodoxia.

            Los nuevos inquisidores, expertos en confeccionar prestigios a medida, han puesto en marcha la máquina de picar carne y arruinar famas. Como hicieron con Hermann Tertsch o Toni Cantó.
     
Estos cazadores de brujas destilan odio y resentimiento y son expertos en extender el miedo y en reinventarse el pasado si este les retrata.

“Quien controla el pasado –decía la consigna del Partido- controla el futuro. Y aun así, el pasado, a pesar de ser alterable por naturaleza, nunca había sido alterado. Lo que era cierto hoy lo había sido siempre y lo sería hasta el fin de los tiempos. Era muy sencillo. Lo único que se necesitaba era una interminable serie de victorias sobre tu propia memoria”.

Orwellianamente, los seguidores del Hermano Mayor tampoco recuerdan ya que este elogiara a ETA, ni a Chávez ni hiciera apología de la violencia. De hecho, nunca ocurrió.

  Vivimos un tiempo oscuro, preludio de otro que lo será aún más y es triste y agotador tener que recordar que la libertad consiste en poder decir, sin miedo, que dos y dos son cuatro.

Pero habrá que hacerlo. Porque sólo así podremos evitar que ese pasado que niegan vuelva como una pesadilla recurrente.

martes, 11 de noviembre de 2014

EL VENDEDOR por Maite Pagazaurtundúa


Habría podido ser vendedor de crecepelo. Habría podido sortear con su simpatía cualquier situación embarazosa en el sur del Mississipi. Martín pertenece a la estirpe de los hombres y mujeres que irradian alegría de vivir y compromiso personal con otros seres humanos.

Lo conocí cuando presidía la Fundación de Víctimas del Terrorismo y desde la acción cultural que desarrollaba por entonces en el club de sus amores nos ofreció apoyo para viajar a Granada, para visibilizar nuestro trabajo y los objetivos de justicia, verdad, memoria y reparación para las víctimas del terrorismo.

Una y otra vez, primero con la Fundación Granada C.F. y después desde el Foro de la Magdalena, me ayudó a regresar a Granada para hablar con jóvenes y mayores, en colegios, en universidades, donde fuera…

Martín entró en los corazones de toda mi familia en algún momento que no puedo determinar y, cada tanto, nos visita en casa, lejos de Granada, muy al norte de la bella ciudad por la que hemos paseado juntos algunas veces. De fútbol con quien habla es con mi marido, dicho sea.

No he podido evitar que aparezca dando nombre a un personaje secundario –un cameo- en Operación Cochinillo, la novela satírica que llegará a las librerías mañana mismo. Un pequeño homenaje.

Enhorabuena, querido amigo, por los dos años del "crecepelo".

            MAITE PAGAZAURTUNDÚA

                          


jueves, 25 de septiembre de 2014

Terrorista



Mis piernas como dos torres gemelas
se derrumban al vuelo de tu falda,
tus pechos con sus dos capuchas negras
los tengo clavaditos en la espalda.

Tú, niña terrorista, me disparas
con balas de petunias malheridas,
jamás fue la maldad más anhelada
ni fue la malquerencia más querida.

Brigadas rojas corren por tus venas,
hay un tigre tamil en tus cabellos,
dos muyaidines moros son tus ojos.

Secuéstrame a la hora de la cena,
senténciame o enrólame con ellos,
seguiré tu sendero luminoso.

domingo, 24 de agosto de 2014

Estimada Irene


Estimada Irene:

Soy uno de los que, como tú, hace algunos años se ilusionó con un proyecto político que venía a aportar aire fresco a la viciada atmósfera de la democracia española.

Como tú, yo también era un apasionado de la política que recelaba de los políticos y recibí el advenimiento de UPyD como la última oportunidad de devolver la democracia a sus legítimos titulares, los ciudadanos.

Después de escuchar una charla de Rosa Díez en Granada empecé a ilusionarme, a pensar, como tú, que era posible salir del bucle, que cabía devolver a la gente la fe en sí misma, en su poder y responsabilidad como miembros de una comunidad.

            La pregunta, ante un panorama tan sombrío, no era “¿qué va a pasar?”, sino “¿qué puedo hacer yo?”. Y decidí, como tú, colaborar con un partido que parecía creer de verdad en la unión, el progreso y la democracia.

            Por eso me duele especialmente el espectáculo que está dando parte de la dirigencia de UPyD en las últimas jornadas.

            Quienes de la nada, y con todo en contra, levantaron milagrosamente un proyecto político tercerista en un país tradicionalmente abonado al bipartidismo parecen –parecéis- empeñados en liquidarlo con la misma rapidez con que lo encumbraron. 

            En este triste asunto hay responsabilidades compartidas, pero a embarrar el terreno de juego unos han contribuido en mayor medida que otros. Siguiendo con el símil futbolero, Sosa Wagner dio un empujón y algunos respondieron partiéndole la rodilla.

            Algunos como tú, estimada Irene. Como miembro (casi estoy por decir miembra) del Consejo de Dirección y delfín in pectore de R10 has tenido un estreno glorioso.

            Yo te veía en los debates de La Sexta, tan pacata, tan correcta, con ese aspecto como de monja laica, dejándote comer regularmente la merienda por la segunda fila del podemismo, y pensaba que eras tímida, algo sosa (con perdón), pero resulta que, como Messi en año de mundial, te estabas reservando para dar el do de pecho… con los tuyos.  

            Gracias a tu inestimable aportación al género epistolar los colaboradores de base y los españolitos de a pie sabemos ahora que el número 1 de UPyD en el Parlamento Europeo es un mezquino incompetente, al que no conoce ni dios y del que uno no se puede fiar. Y que el objetivo principal de su estancia en Bruselas es “garantizarse un plan quinquenal”. Me quedo mucho más tranquilo. Estamos bien representados.

            Después de tu carta, querida Irene, no me pidas que pierda media hora de mi tiempo en intentar convencer a los amigos (aunque te parezca sorprendente, los tengo casi todos fuera del partido) de que en UPyD se premian la honradez, la capacidad y el mérito, porque lo voy a tener jodido.

            Es la tuya una invectiva pancista, agradecida en la peor acepción del término, la de quien quiere labrarse un futuro en la planta noble a costa del disidente.           

Por hacer la pelota a quienes te han elevado a instancias que te vienen grandes has hecho un daño irreparable a un hombre respetable y, de paso, al futuro de una opción política en la que muchos aún creemos.

             Y lo peor es que tu carta parece no ser más que el principio de una campaña de insidias contra quien ha osado echar una pequeña bronca al aparato y se ha atrevido a pronunciar la palabra maldita: Ciudadanos.

            Ay, Irene, ¡qué tiempos aquellos en que te aliviaba comprobar –tan reacia al gregarismo y tan celosa de tu independencia como eras- que en UPyD no se exigía pureza de sangre ideológica!

            Mención aparte merece el comportamiento de Gorriarán, otrora valiente y sensato luchador por la democracia y la libertad en Euskadi y hoy convertido en un compulsivo hooligan tuitero, en una caricatura hosca y faltona de sí mismo.

            Conservo como oro en paño aquellas revistas artesanales, con un puntito pop art, que nos mandaba Basta Ya en sobres anónimos, y que incluían los portentosos análisis de CGM.

            Por él, por Savater, por Rosa, me acerqué a UPyD. Yo sigo donde estaba, pero me temo que Gorriarán ya no es el mismo. Da la impresión de ser un obispo al que la púrpura le ha hecho olvidarse de Dios.

            Me asquean los renegados, los rebotados, los buesas y demás ralea que sale de los sitios en los que no ha podido medrar echando pestes. La mía es la carta de un afiliado crítico pero leal, Irene.

Por eso te pido que me aceptes un consejo: sal de la cueva, del bunker de asesores, de los rumores internos, de las conspiranoias y las intrigas, de la endogamia del aparato. Recupera el espíritu camp que animó esta idea y transmíteselo de nuevo a tus compañeros.

            Los de abajo, los del subsuelo, los que aún nos lo creemos, pensamos que el plan reformista y moderado de UPyD es hoy más necesario que nunca para hacer frente al inmovilismo de los grandes y al populismo rupturista de Podemos.

            Pero si no se recuperan el tono, las formas y la altura de miras el proyecto político más ilusionante de las últimas décadas irá camino del despeñadero.

            Y sería triste comprobar que todo está escrito, que no erraba Federica Montseny cuando intuía que al final de todos los sueños humanos no hay más que polvo. 

martes, 29 de julio de 2014

Shalom Salam


  El enésimo enfrentamiento en la franja de Gaza ha desatado un fenómeno igualmente recurrente: el del alineamiento prejuicioso de la izquierda y derecha occidentales con cada una de las partes implicadas en el conflicto.

            Así, un sector de la izquierda celebró, o al menos justificó, el secuestro y posterior asesinato de tres adolescentes hebreos cerca de Hebron y parte de la derecha disculpa las tropelías que, para vengar esos crímenes, está cometiendo Israel, sobre la población palestina, niños incluidos.

          Unos y otros son la prueba de cómo el odio y el sectarismo pueden corromper el alma humana. En esta maldita guerra hay asesinos de pensamiento, palabra, obra y omisión.

            No es el del Medio Oriente un problema entre palestinos e israelíes, entre árabes y hébreos, sino entre moderados y extremistas. Y a ambos lados de la frontera, son estos últimos los que han impuesto su dialéctica enloquecida.

          Noa, la bellísima cantante judía, se lamenta de ello: “Unos y otros no hemos perdido una sola oportunidad de perder la oportunidad de alcanzar la paz; sólo el diálogo desde una posición de respeto y empatía puede salvarnos”.

            En efecto, solamente el esfuerzo común para reforzar a los moderados y, en consecuencia, aislar a los radicales puede procurar a la zona un poco de esperanza.

            Pero corren malos tiempos para la lírica templada. En Oriente y Occidente.

          Sorprende, por ejemplo, el radical discurso antisemita de cierta izquierda europea.

         La sedicente progresía –individuos que, paradójicamente, admiran los modelos de desarrollo que menos progresan- parece suspirar por los tiempos en que las chimeneas de los lager funcionaban a todo trapo.

            Antonio Gala ha sido el penúltimo en mostrar públicamente su odio visceral al pueblo hebreo. A Gala no le extraña que “a los judíos los echen de todas partes”. “Lo que me extraña es que los vuelvan a llamar, porque o no son buenos o los envenenan”. Parece como si el escritor, gravemente enfermo, no quisiera morirse sin disfrutar de una nueva diáspora.

          Como tantos otros racistas confesos o vergonzantes atribuye a la comunidad judía los eventuales excesos de los gobiernos de Israel.
           
            Como aquéllos, olvida intencionadamente que una cosa es el pueblo y otra la elite que lo pastorea.

       ¿Qué es lo que quieren estos antisemitas del siglo XXI, que volvamos a marcarles las casas y los negocios?, ¿que les cosamos de nuevo la estrella amarilla en el pecho?

            ¿Quemamos los libros de Kafka y Nadine Gordimer?, ¿hacemos una pira con las películas de Spielberg y los discos de Barenboim?, ¿pero es que estamos todos locos?

            Me temo que en el enquistado conflicto medioriental, los occidentales, en nuestro peor momento en cuanto a liderazgo moral, sólo vamos a contribuir a embarrar un poco más el campo.

            Encomendemos la causa de la paz a la buena gente palestina e israelí; a los musulmanes que abominan del terrorismo yihadista de Hamas y a los hebreos que sienten como suyas las muertes de niños inocentes en Gaza.

            No sé si son muchos o pocos, pero sé que son imprescindibles.

          Como los músicos de la orquesta West-Eastern Divan. O como Noa, la judía y Mira Awad, la musulmana, que quisieron cantar juntas “cuando lloro, lloro por todos; mi dolor no tiene nombre; cuando grito, miro al cielo implacable y digo: debe haber otro camino”.

            Shalom, salam. 

            *Publicado en IDEAL

miércoles, 23 de julio de 2014

Héroes con el culo al aire


            Mientras desayuno mi vaso de leche con crispis hacendado echo un vistazo a los diarios digitales.

            Una de las noticias estrella del día es la excarcelación del simpatizante del 15 M que fue condenado a prisión por su actuación durante la huelga general de marzo de 2012.

            Leo un texto de agencia: “Carlos Cano, uno de los simpatizantes del 15M condenados a tres años y un día de cárcel por su participación en un piquete informativo en la huelga del 2012, ha abandonado la cárcel de Albolote después de que la Audiencia de Granada suspendiera hoy la ejecución de la pena”.

            Empezamos mal. El sr. Cano no fue condenado por participar en un piquete informativo, puesto que esta es una actividad perfectamente legal, amparada por la legislación laboral que regula el derecho a la huelga.

            Cano fue declarado culpable por un Juzgado y la Audiencia de Granada de un delito contra los derechos de los trabajadores por irrumpir con otros 40 individuos en un bar regentado por una mujer, y amenazarla, vejarla, coaccionarla y causar daños en su negocio.

            Según el marido de la hostelera, “se presentaron sin ninguna intención de informar de nada: insultando, tirando las copas de la gente, haciendo pintadas, amenazando a mi mujer… Alguno llegó a subirse a la barra y bajarse los pantalones”. Desgraciadamente, lo habitual. 

            Esos son los hechos probados. Cosa distinta es que nos parezca excesiva la pena que conlleva dicho delito, que a Carlos Cano y Carmen Bajo se les aplicó en su grado mínimo.

            A mí me lo parece y considero que debería ser revisada la norma penal actualmente en vigor.

            Pero a día de hoy es la norma aplicable y los jueces no pueden soslayarla, a pesar de que desde demasiadas instancias se está intentando imponer –dialéctica piquetera- la idea de que la ley o la Constitución no son más que un papelito sin importancia.

            En estos tiempos convulsos en que se cuestiona todo lo que parecía sólido, la ley ha dejado de ser un imperativo para convertirse en una opinión. Y ese es el comienzo del desastre para cualquier Estado democrático y de derecho.

            Carlos Cano ha sido excarcelado (de lo que me alegro), tras ocho días en prisión. Como Blesa.

Nos ha informado, al salir, de que en España no van a la cárcel los banqueros ni los políticos corruptos. Ahora sabemos también que tampoco la pisan los sindicalistas violentos, que practican otro tipo de corrupción. Mira por donde, privilegios de la casta.

            La semana de condena le ha servido al activista Cano para salir reforzado en su papel de héroe de los indignados.

            Consciente de su nueva condición, en sus primeras declaraciones ha arremetido contra el sistema penitenciario, “donde todo funciona como un régimen militar: tienes horarios para todo, recuento de presos, registros; un régimen capaz de anular a una persona con un mínimo de inquietudes”.

Quizá pensaba el podemista Cano que ir a la cárcel es como asaltar un supermercado, que lo puedes hacer a la hora que quieras y es mejor no saber cuántos son los que se apuntan a coaccionar y amenazar a la pobre cajera.   

            Considera el émulo de Gordillo que se le ha encarcelado por ser crítico con el sistema. Pero no ha dudado un instante en acudir al sistema – ¡qué digo al sistema!, ¡¡¡¡ al mismísimo diablo Gallardón!!!!- para solicitar para sí el denostado privilegio del indulto. Como un vulgar Del Nido. Puritita casta.

            Y, en todo este tiempo, ¿qué ha ocurrido al otro lado de la barra?

            Pues que la dueña del local que fue asaltado por 40 informadores (dispuestos a informar todos a la vez) ha recibido infinidad de amenazas en las redes sociales y alguna visita inquietante en su negocio, como la de los cuatro sujetos que estuvieron una noche apoyados en el mostrador sin pedir absolutamente nada. 

            Ella y su marido han tenido que firmar la petición de indulto del sr. Cano para hacerse perdonar la osadía de haber denunciado en su día a quienes irrumpieron violentamente en su local y les impidieron por la fuerza ejercer su derecho a trabajar.

           Tiempos extraños estos en los que, a los ojos de la gente, la víctima y el verdugo acaban intercambiando sus papeles. 

            *Publicado en IDEAL


domingo, 15 de junio de 2014

Mi amigo mayor


Todos los niños han tenido un amigo mayor.

No me refiero a ese chico de un curso superior, con el que aprendes a fumar o te bebes las primeras cervezas, sino al vecino, el portero o un familiar treintañeros que se ríen con tus tacos, te cuentan chistes picantes o te pasan novelas del oeste.

Los amigos mayores son un poco como los abuelos, que te dejan hacer todo aquello que tus padres te prohíben. Son el primer soplo de libertad.

El mío se llamaba Guillermo, y era amigo de mis padres y mi vecino del piso de arriba en Almuñécar.

Me encantaba subir al 4º y pasarme las tardes con Gema, Espe y Guille, sus hijos, que eran ya adolescentes cuando servidor era todavía un niño de la infancia, que diría Manolito, gafotas como yo.

En su casa estaba, una mañana de agosto del 77, cuando un sobrino cordobés de Conchita, la mujer de Guillermo, nos informó a los allí presentes de que había muerto Elvis Presley, el rey del rock según él, que parecía saber de lo que hablaba. Yo era entonces un crío de 8 años y no tenía ni idea de rock and roll y menos aún de monarquías.

En aquella casa, unos veranos más tarde, empecé a leer un libro que me prestó Gema, la hija mayor, de la que estaba secretamente enamorado. Se llamaba Un mundo que agoniza, y era el discurso de entrada a la Academia de Miguel Delibes, ilustrado con unos dibujos naif y coloristas de José Ramón Sánchez. Nunca se lo agradeceré bastante, porque me mostró un camino por el que no he dejado de transitar.
  
Me lo pasaba muy bien con los hijos, con los amigos y amigas de los hijos, pero a quien de verdad admiraba era al padre. Después del mío, fue mi primer héroe adulto.

Se dirigía a mí con una jovialidad muy americana y me llamaba junior, lo que me parecía un detalle tremendamente chic.

Era un hombre de cuarenta y tantos años –mi edad de ahora-, con aspecto de galán apacible, a medio camino entre Jack Lemmon y William Holden.

Me fascinaban de él su campechanía, su sonrisa franca, su apostura de hombre decente.

Una noche se reunieron en su apartamento dos hermanos que no se hablaban por no sé qué negocios, y habían elegido a Guillermo y a mi padre para que mediaran en el conflicto. Mi padre me dejó estar allí, en una esquina, observando en silencio.

Dijo el Rey Juan Carlos que el 23 F quiso que el Príncipe estuviera a su lado para que aprendiera la lección. Yo aprendí la mía esa noche de verano gracias a aquellos dos hombres buenos.  

Cuando mis padres vendieron el apartamento de Mar del Sol perdimos bastante el contacto con Guillermo y su familia.

Pasados más de veinte años me vine a vivir cerca de su casa de Buensuceso y coincidíamos de vez en vez, cuando salía a pasear con Conchita o volvía de tomarse una cerveza con los amigos en el hotel. Siempre joven, optimista, elegante. Extremadamente simpático y cariñoso.

 Hace un par de meses, cuando ya estaba enfermo, me lo pasó al teléfono su hija Esperanza y cuando colgué supe que había sido la última vez que hablaría con él.

Hoy levanto mi copa a la salud de mi amigo Guillermo, que no se ha marchado del todo, porque ha dejado un aroma, un resabio, en los corazones de quienes le conocimos, y que sólo por eso somos mejores.

El tiempo y la vida me han enseñado una cosa: de las personas que dejan huella las más grandes son las que no lo saben.



martes, 3 de junio de 2014

Elogio de la cordura


Fue abdicar el Rey y la España virtual se metamorfoseó en un cuadro de Delacroix: “La red social convocando al Pueblo”.

Con la renuncia catódica de don Juan Carlos todavía caliente decenas de miles de personas se manifestaban en las principales ciudades españolas reclamando la abolición de la monarquía.

En Barcelona, paradojas de la vida, republicanos y soberanistas disfrutaban, en alegre hermandad, de la marcha real.

En todas las concentraciones hubo un elemento común: la masiva presencia de la bandera tricolor.

Para la resuelta muchachada que se enseñoreó de las plazas de España al grito de “no hay dos sin tres, república otra vez” o “los borbones, a los tiburones” el Régimen del 78 se cae a cachos y el Frente Popular ya está tocando a la puerta de las casas.  

Muñoz Molina, siempre él, se plantea si en un país con fracturas tan graves –económicas, sociales, territoriales, políticas- de verdad nos hace falta, justo ahora, plantear una fractura más.

Me temo que su voz clama en el desierto ¡Qué va a decir un Príncipe de Asturias!, replicará el tuiterío, erigido, ya irremediablemente, en oráculo de la posmodernidad.

Corren malos tiempos para la lírica serena. La crisis ha impuesto una nueva retórica: apresurada, agresiva, rompedora, juvenil.

La última convocatoria electoral, además, ha aupado a salvapatrias solemnes y altilocuentes, al sonido de cuya flauta mágica han acudido los hijos desairados y tornadizos del fenecido wellfare. 

Y, tras la abdicación del monarca, se han lanzado a la calle con una consigna –República ya-, un símbolo -la bandera tricolor- y una estrategia –gritar y gritar, hasta enterrarlos en el mar.

Saben que cuando el debate degenera en griterío son las voces templadas las primeras en dejar de escucharse. Por exceso de volumen, inicialmente, por desistimiento, después y, finalmente, por censura.

Alguien debería explicarles que el arquero que rebasa el blanco no falla menos que el que no lo alcanza y que ninguna causa es tan justa que no se pueda reprochar en ella el exceso y la intemperancia. Quizás no sean conscientes de que la convivencia es un árbol centenario que puede ser talado en unas horas.

Con los republicanos ocurre como con los antifranquistas, que su número y su vehemencia son directamente proporcionales al número de años transcurridos desde el final de la República y de la dictadura.

Son, además, demasiado jóvenes o demasiado arrogantes para aceptar que la enseña que enarbolan no nació del pueblo, sino de una minoría sectaria y que la bandera constitucional –esa sí- es el símbolo de la paz, la libertad y la reconciliación de los españoles. La que representa la democracia que nos costó cientos de años y millones de muertos llegar a disfrutar.  

“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. La añoranza de un pasado que no fue y un futuro que nunca llegó les lleva a seguir acomodando a derecha e izquierda en cajones prefabricados, en un momento en que los valores simbólicos de ambas partes fueron barridos por la historia.

Los nuevos patriotas populares han leído a Gramsci, pero no a Erasmo, que entendió antes que nadie que el fanatismo es el destructor cerril y confeso de cualquier forma de entendimiento.

Los partidistas, que conducen el eterno descontento del ser humano en una determinada dirección, saben que a la masa le resulta más accesible lo tangible, un antagonismo cómodamente comprensible. Por el contrario, un ideal moderado carece de vistosidad y de esa excitación elemental del orgullo excluyente, que sitúa al enemigo en un lugar bien visible.

Tranquiliza, al menos, saber que el sentido de todas las pasiones es desfallecer algún día y el destino de todo fanatismo, consumirse a sí mismo. 

         La razón es paciente y obstinada. Cuando los demás, ebrios, se embravecen, se pliega como un junco. Pero su tiempo siempre vuelve.    

           * Publicado en IDEAL


martes, 27 de mayo de 2014

Coleta J.A.S.P.


Desde el domingo pasado el nuevo icono político de la izquierda se llama Pablo Iglesias.

            Tras el terremoto que supuso la inesperada entrada de Podemos en la demediada escena pública las reacciones histéricas no se han hecho esperar.

            Los dos grandes partidos y sus voceros más torpes han salido en tromba a intentar restar méritos a quien hasta ayer directamente ninguneaban. No lo han hecho por la vía de la argumentación, de la réplica política, sino por otra más berlusconiana: la de la difamación personal. Y esto no ha hecho más que empezar. Preparémonos para recibir dossiers e informes confidenciales a tutiplén sobre un pasado oscuro y deshonroso del chico de la coleta.

            No se dan cuenta, enfermos como están de poder e irrealidad, de que el bipartidismo se ha dado un batacazo monumental porque los jóvenes (que existen, al parecer y pretenden ganar, además, el futuro) tienen claro a estas alturas que se trata de los mismos perros con distinto collar, que los enfrentamientos PP-PSOE son un teatrillo, que están unidos como siameses por sus coches oficiales, sus sueldos blindados, sus jubilaciones en empresas del IBEX, sus botines y sus florentinos.

            Estaban tan ufanos, luciendo sus deslumbrantes trajes invisibles, con el aplauso unánime de sus acólitos, hasta que la realidad, como un niño inocente, les ha mostrado su desnudez indecente.

            Los españoles (y los europeos, en general), sobretodo los más jóvenes, esos que calientan el banquillo sin esperanzas de salir a jugar, están empezando a huir en masa de “la casta”.

            De ellos, hasta un millón doscientos mil han seguido el sonido de la flauta mágica de un profesor universitario tremendamente carismático, que ha revolucionado las tertulias políticas televisivas.

            Pablo Iglesias no es un animal televisivo, es un tipo inteligente y estudioso que sabe de la importancia del medio en la comunicación de ideas.

            Mientras otros van a la tele a hacer gracietas o a mirar el twitter, Iglesias llega cargado de datos, de estadísticas, de jurisprudencia.

Es un estajanovista que va a las tertulias como el que va a la mina. A currar.

Es lo que en Cádiz llaman un jartible, un pesao, un tío que no da un balón por perdido, que no afloja hasta que no remata la faena dialéctica.

Tiene un discurso cercano, incisivo, de una espontaneidad duramente trabajada.

Es certero cuando otros se conforman con ser aplicados, imprevisible cuando la tendencia es recurrir al tópico. En un ambiente habitualmente vocinglero y maleducado, no levanta la voz y respeta los turnos.

Acido, sin ser hiriente, el parlamento de Iglesias, extremadamente brillante, tiene, además, ímpetu y puntería.

El resultado es que les moja la oreja a sus oponentes de manera ostensible.

            Pero hay un problema: salvo las cosas de estricto sentido común, casi todo lo que dice es mentira.

Lo que ocurre es que es infinitamente más listo y preparado que todos sus rivales dialécticos, que son incapaces de contrarrestar con argumentos mínimamente sólidos sus falacias populistas, que, como tales, proponen soluciones sencillas a problemas complejos.

Particularmente detesto las ideas de Pablo Iglesias. No todas, obviamente, pero sí las que constituyen el núcleo de su pensamiento político.

Es bolivariano, estatalista, utópico y sectario. Como diría Salvador Dalí, yo tampoco.

            Pero le reconozco un mérito: ha aportado a la escena pública un discurso en el que cree, incluso demasiado (lo que es de agradecer en estos tiempos de postureo arriolista) y una ética del trabajo que ha alentado a una legión de jóvenes inconformistas, radicales, disidentes y airados.

            No me dan miedo la democracia ni el pluralismo. Los hindúes tuvieron la sagacidad de ver y el valor de proclamar que el nirvana, la meta de sus afanes, es la nada. Dondequiera que exista vida, hay también división, enfrentamiento, discrepancia.

            Y, puestos a discutir, preferiría confrontar las mentiras inteligentes del profe Iglesias al argumentario oficial del capataz Marhuenda. 

               *Publicado en IDEAL