miércoles, 29 de enero de 2014

La carta


Rebuscando entre papeles antiguos ha aparecido esta nota, including poem, que le hice llegar hace años a una novia que me había dejado poco antes. Se conoce que me quedé con una copia.

Lo que entonces escribí con la congoja de quien se juega literalmente su última carta, hoy, con el paso del tiempo, lo releo con una sonrisa, consciente de que la vida pasa sin recato y sin reloj, como el recuerdo de un relámpago.

Sirvan aquellas (estas) palabras de guiño cómplice a todas las mujeres que me dieron puerta, compañeras de vida a las que siempre se les cruzó un buen chico y que ya van irremediablemente en mi mochila:

Este soneto nació una noche de insomnio de primeros de febrero, cuando intenté escribir 19 días y 500 noches y me di cuenta de que se me había adelantado un tío de Ubeda.

            Pretendía ser un último intento, dolorido y guasón, de arañarte el alma, de remover tu corazón y tus ideas, pero con el paso del tiempo se ha revelado su verdadera vocación: la de servir de testamento rimado de una relación que está muerta y enterrada. La nuestra.

            Así que sólo te pido un último favor: guárdalo en el baúl de los recuerdos -¡qué nombre tan embustero para un objeto destinado a almacenar desordenadamente el olvido!-. A lo mejor un día, los hijos que no tendremos y que serán de otro, jugando inocentemente con el tiempo, lo rescatan del fondo del arcón y te preguntan su origen. Y puede que ese día, con este papel, ya amarillento, temblándote en las manos, bajo la mirada escrutadora de tus hijos, se te escape una lágrima furtiva, mientras mientes una excusa.

            Como las lágrimas que no pude reprimir ayer cuando, sentado en mi coche frente al mar que nos acunó en nuestra primera noche, escuché a Venditti aquella frase lacerante: “Certi amori non finiscono, danno dei giri inmensi e poi ritornano…”. ¡Qué cabrón este Antonello! Siempre contando mentiras bonitas.

        SONETO LASTIMERO
            Salto por los tejados como un gato
            en las noches sin sueño de febrero
            y beso a las muchachas que no quiero
            para olvidar tu ausencia por un rato.

            O bien me encierro en casa entre ansiedad,
            cervezas, abecés, comida china,
            en canal treinta y tres, canela fina
            y en mi cama el goya de la soledad.

            Desde que me dijiste “ciao, bambino”,
            te veo en todos los escaparates,
            todos los peugeots verdes son el tuyo;

            soy Manolete sin su Lupe Sino,
            odio a los monitores de pilates,
            me siento un auténtico capullo.
                                     Martín”.




miércoles, 15 de enero de 2014

El abuelo poeta


El 24 de Agosto de 1976 los militares argentinos irrumpieron en el domicilio del periodista y escritor Juan Gelman, en el punto de mira de la extrema derecha. Pero resultó que Gelman ya se había marchado al exilio.

            En su lugar se llevaron a su hijo Marcelo, de veinte años, y a la esposa de éste, María Claudia, de diecinueve, que estaba embarazada de siete meses.

            El poeta salvó la vida pero, desde ese día, se condenó a vivirla como una búsqueda incesante de su hijo, su nuera y su nieta desconocida. Los lloró desconsoladamente -“des, con sol, hada, mente”- y consagró su existencia a la lucha obstinada contra la injusticia y el olvido.

            Entre tanto, levantó un castillo de palabras en el que su dolor encontró refugio y estiró la lengua para transformar las heridas en versos memorables: “la memoria es una cajita que revuelvo sin solución”, “un hombre entra a su casa y el olor de sus hijos le golpea la cara”.

Era consciente de que la palabra es insurgente sólo cuando toca el corazón: “el frío tiembla en puertas del pasado que vuelven a golpear”.

            A su hijo Marcelo lo mataron de un tiro en la nuca a medio metro de distancia y sus restos los metieron en un bidón de cal que los militares rellenaron con cemento y arena para arrojarlo al Río San Fernando.

            María Claudia fue trasladada a Montevideo clandestinamente y, al momento del parto, llevada al Hospital Militar de las Fuerzas Armadas, donde dio a luz una niña que alguien dejó en una cesta a la puerta de la casa de un policía retirado.

            En mayo de 1995 Gelman escribió una carta a su nieto o nieta, cuyo destino por entonces desconocía. “Ahora tenés casi la edad de tus padres cuando los mataron y pronto serás mayor que ellos. Ellos se quedaron en los veinte años para siempre. Soñaban mucho con vos y con un mundo más habitable para vos. Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él”.

            Tras treinta años de búsqueda minuciosa, cartas a políticos indolentes, manifiestos de apoyo, además de interminables laberintos burocráticos, el poeta pudo, por fin, reconocer en los ojos de su nieta Macarena el color verde gris de la mirada de su hijo.

            En marzo de 2012, y ante la presencia de la cúpula del gobierno, representantes de la oposición, autoridades militares, organizaciones sociales, Juan y Macarena Gelman, el presidente José Mujica, en cumplimiento de una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, asumió en nombre del Estado uruguayo la responsabilidad de la desaparición en la dictadura de María Claudia García.

            Se cerraba el círculo del dolor. 

             Sereno, moderadamente feliz, reconciliado con la vida, ha muerto Juan Gelman, periodista, poeta y padre coraje.

Ha dejado escrito su epitafio: “Un pájaro vivía en mí. Una flor viajaba en mi sangre. Mi corazón era un violín. Quise o no quise. Pero a veces me quisieron. También a mí me alegraban la primavera, las manos juntas, lo feliz ¡Digo que el hombre debe serlo! Aquí yace un pájaro. Una flor. Un violín”.

            Los “treinta mil muertitos de la patria” lo recibirán donde cantan los pájaros azules que callan con los ojos abiertos, como memorias en la noche.

                        *Publicado en IDEAL