domingo, 9 de marzo de 2014

Diez años del 11-M


             Vaya por delante que uno es de la opinión de que la guerra de Irak no fue solamente un error, como reconocen ahora a regañadientes quienes inicialmente la apoyaron de forma fervorosa, sino una canallada instada por el gobierno de Bush, con la colaboración inestimable de Tony Blair; una actuación difícilmente justificable y torpemente justificada, en la que nuestro país se vio implicado para que su presidente, José María Aznar, al que España parecía habérsele quedado pequeña, se pudiese retirar de la vida política como líder mundial.

            Dicho lo cual, el que suscribe no quiso unir su voz al coro simplista o interesado que recorrió las calles españolas desde aquel fatídico 11 de Marzo (recuérdense las manifestaciones “espontáneas” de la jornada de reflexión o la manifestación de Leganés) y que atribuía los atentados de Al Qaeda directamente al Gobierno del PP.

            Quiero referirme, por el contrario, a un aspecto de la cuestión que se ha tratado poco en los medios y que se silenció absolutamente en los desfiles que proliferaron en nuestro país en aquel mes aciago.

Y es el hecho de que los terroristas que cometieron los atentados de los trenes eran, en su mayoría, de origen marroquí, y no habían encontrado dificultad alguna para entrar en nuestro país, ni para legalizar su situación y alguno incluso se había beneficiado de becas de estudio.

            Esto, aunque a cierto sector de la izquierda le interese obviarlo, nos sitúa frente a la verdadera dimensión del problema: hasta qué punto una sociedad pluralista puede acoger sin desintegrarse a extranjeros que la rechazan.

Y nos enfrenta a dos conceptos antitéticos, planteados por el profesor Giovanni Sartori: pluralismo y multiculturalismo.

            El pluralismo es hijo de la tolerancia y de la convivencia y postula un reconocimiento recíproco; el multiculturalismo, en cambio, apuesta por la secesión cultural y la tribalización, es agresivo e intolerante (recordemos las amenazas islamistas a Francia por la prohibición del velo en las escuelas).

El pluralismo cree en la comunidad, el multiculturalismo deriva necesariamente en el ghetto.

Es inevitable que los extranjeros que no están dispuestos a conceder nada a cambio de lo que obtienen, que se proponen permanecer como extraños a la comunidad en que son acogidos hasta el punto de negar sus propios principios, susciten reacciones de rechazo, miedo y hostilidad.

El inmigrante que llega a Occidente debe interiorizar sus valores políticos: la libertad individual, las instituciones democráticas, el laicismo entendido como separación entre Iglesia y Estado.

Así sucede en la gran mayoría de los casos, pero desgraciadamente, en los últimos tiempos, el Islam ha sufrido una regresión alarmante, habiendo abandonado en gran medida su componente abierta y occidentalizante.

            Por eso, no debemos equivocarnos: “vosotros buscáis la vida, nosotros la muerte”, sentenció Osama Bin Laden en aquel famoso vídeo. Dos no se entienden si uno no quiere.

           Los atentados del 11-M no fueron únicamente una respuesta al apoyo español a la guerra de Irak; las bombas de España, como los aviones del 11-S, fueron un ataque al sistema de vida occidental, es decir, a la democracia y las libertades civiles; por eso los países con mayor riesgo de atentados siempre han sido los países islámicos occidentalizados.

            Pero eso no lo entienden ni los fundamentalistas del pacifismo ni los santos laicos de las redes sociales, que son primos hermanos de aquellos niños del pásalo, que desfilaban gritando que la guerra es el peor terrorismo, que Occidente y Al Qaeda eran almas gemelas y los dirigentes políticos del país unos asesinos.

Los bienintencionados de los recientes sucesos de Ceuta y de Melilla son los mismos que años antes de los atentados del 11M, siempre desfilando, exigían la entrada de inmigrantes sin límites de ningún tipo.

Y es que, desde la caida del muro de Berlín, un sector de la izquierda europea, carente de referentes, se apunta con entusiasmo a cualquier clase de bombardeo (dicho sea en el mejor de los sentidos), con tal de que suene a modernito, “no global” y antisistema.

Para ello se ha venido apoyando en la buena fe carente de responsabilidad y, en algunos casos, en la ignorancia de una parte de la juventud.

Hay un sector de la juventud que está convencida de que basta para justificar una acción la intención buscada, sin que se deba tomar en consideración la responsabilidad por las consecuencias del actuar; es esta una ética típicamente emotiva, fundada en sentimientos de compasión y de amor al prójimo, que tiene su legítimo espacio en la esfera individual, pero que no tiene cabida en el espacio político, puesto que no acepta que asumir la responsabilidad de una acción es hacerse responsable de sus consecuencias.

Por otro lado, la conexión entre la ignorancia y el triunfo de la ética de las intenciones es poco menos que inevitable: cuanto menos sabemos, más prevalece una ética que no exige conocimiento de los hechos, ni cálculo de las consecuencias.

            Por eso, aquella izquierda que desfilaba, tras los atentados islamistas, seguía exhibiendo orgullosa la pancarta del “no a la guerra” y miraba para otro lado cuando alguien le recordaba aquello de “papeles para todos”.

Poco han cambiado las cosas en estos diez años. Lo acabamos de comprobar con motivo de los sucesos lamentables de Ceuta y Melilla, sólo que ahora son las redes sociales los tribunales desde donde la izquierda de salón dicta sus sentencias condenatorias. Con este panorama (“tocchiamo ferro”) no sería de extrañar que los terroristas se animasen a seguir quitando y poniendo gobiernos.