sábado, 1 de marzo de 2014

Querido Miguel


Querido Miguel:

El 28 de Febrero, con ocasión de la entrega del título de Hijo Predilecto de nuestra tierra que te ha otorgado la Junta de Andalucía tuviste una oportunidad única de demostrar que eres, efectivamente, merecedor de tan alta distinción.

Sin embargo, el día que la Andalucía oficial te elevaba a los altares te reservaste el derecho de admisión, y convertiste una fiesta de todos en un guateque sólo para amiguetes.

A ti que te gusta hablar claro no te molestará que te diga que en tu disertación estuviste torpón en la forma (daban ganas de ayudarte a leer) y sectario en el fondo. 

Fue el tuyo un discurso mitinero y demagógico, que buscó en todo momento el aplauso fácil del coliseo tuitero y titulares épicos de la prensa afín.

Nos quisiste dar gato por liebre, presentando como valiente y reivindicativo un alegato cobardón y pelota con el poder que te premiaba.

Olvidaste, cegado por tu pulsión sectaria, referir siquiera las cifras andaluzas del paro, la sangría de los eres, las mariscadas sindicales.

Si, como dijiste, te duele en el alma la situación precaria de tantos paisanos, desperdiciaste una ocasión extraordinaria para haber censurado a quienes gobiernan esta Comunidad desde hace más de tres décadas, sin que ninguna de las terribles lacras que asolaban Andalucía por entonces haya experimentado, tantos años y fondos europeos después, mejoría alguna.

Pon Canal Sur, Miguel, y verás los mismos viejos, las mismas batas de cola, los mismos andaluces por el mundo.

Pero de tu boca no salió una crítica ni un reproche a la izquierda que nos pastorea desde que yo era un niño. Preferiste ser zalamero, adulador, cobista. Y dirigir tus invectivas al Gobierno central, los Tribunales de Justicia o la Europa de los mercaderes.

Utilizaste todos los tópicos para dirigirte a la clientela habitual; fuiste políticamente correcto, es decir, incorrecto con los de siempre, como “ese Carnaval de Cádiz domesticado” (Ignacio Camacho dixit) que aún dedica letrillas a un presidente que se marchó hace diez años.

A mí, como a Boadella, me gustan los caricatos que se ríen de los que están en el teatro. Hacerlo de “los de fuera” no exige coraje alguno, es puro marketing de izquierdas.

Asistimos, impotentes y perplejos, a un tiempo infame en el que, al calor de la crisis, crecen los púlpitos y mengua la inteligencia. Tu discurso fue un ejemplo de lo que digo, un mensaje tramposo dirigido, no a la ciudadanía, que por definición es solvente, sino al “pueblo”, ese bloque sólido y pastueño que manifiesta su voluntad con una sola voz, a través de intérpretes especialmente sensibles a ella, como líderes, poetas nacionales o hijos predilectos.

Pérmiteme una maldad, admirado Miguel. Clamaste, con razón, contra el ladrillo en la Vega de Granada: una forma de ganar dinero fácil a costa de destrozar un patrimonio valioso. Y a mí, no sé por qué, me vino a la cabeza el Himno de la Alegría.

Lo escribí en las redes sociales y enseguida me cayeron encima los verduguillos del pensamiento clónico, esos inquisidores versados únicamente en elevar las consignas a la categoría de argumentos. Los que se apuntan los primeros a lapidar a quienes se atrevan a cuestionar el credo trinitario que aglutina a la secta: la superioridad moral, el monopolio de la ofensa y la exclusiva del ingenio.

Pero no quiero caer, Miguel, en el pecado de injusticia del que te acuso.

Te adornan infinidad de virtudes personales y profesionales; tu carrera musical ha sido, himnos aparte, innovadora, atrevida, modélica.

“Desde los tiempos del Price” te fuiste adaptando a las circunstancias, sin perder un ápice de calidad, y evolucionaste hacia una madurez espléndida. Siempre arriesgaste tu dinero y mostraste una tremenda generosidad con los que empezaban. Son legión los que hablan maravillas de ti. Merecidamente, sin duda.

Yo, como todos los andaluces de mi generación soy hijo orgulloso del rock & ríos y el 28F me senté frente a la tele para disfrutar con mi paisano de su día más grande.

Por eso me dolió que me echaras de tu fiesta. Entre otras cosas, porque yo también puse para el regalo.