jueves, 24 de abril de 2014

Con la lengua fuera


Hace algún tiempo, siendo directivo del Granada CF y presidente de su Fundación, el Jefe de Deportes de IDEAL, Justo Ruiz, me ofreció la posibilidad de escribir semanalmente una columna de fútbol, en la que se mezclara el deporte con la literatura. Por entonces, el género futbolero-cultureta no se había convertido aún en un must estomagante por repetido. Así que me propuse instalar en Granada una franquicia valdanista. De tercera, obviously. La que sigue fue la carta de presentación de una colaboración que duró hasta que los intereses empresariales pincharon el balón. Ahora, cuando me hablan de Jot Down o de Panenka hago un gesto displicente con la cabeza, como de aburrimiento mortal, y con mis colegas presumo de pionero. De pollas, pero pionero.  


CON LA LENGUA FUERA

Me pica en el estómago el gusanillo del Granada desde que una tarde del 74 (mira tú por donde) subí de la mano de mi abuelo Nicolás las escaleras de la Preferencia del marcador del viejo Los Cármenes.

            Desde entonces, mi trayectoria rojiblanca ha tenido sus altos y sus bajos.

            Fui socio de Preferencia, con mis abuelos, y de Tribuna Alta, cuando salía con una sobrina de Candi.

            En mis años de juventud, un carné militar de mi tío Héctor, al que adosé una foto mía con más pinta de quemar cajeros en Ondárroa que de hacer la instrucción en Campo Soto, fue mi salvoconducto dominical para la vieja General del olor a hierba y Al Capone vestido de Al Capone.

            Después deserté por el Murcia y por las novias. La historia actual, mal que bien, ya la conocen ustedes.

            Desde hoy, y mientras me dejen, me esforzaré en convertir este rincón en una curva entusiasta y militante.

            En nombre de la pasión, humedeceré la lengua y la sacaré a la calle, como un Mick Jagger pelotero, para que las palabras salgan frescas y les dé en la cara el vientecillo de la libertad.

            Prometo ironía y buen humor. Al fútbol granaíno le falta alegría y le sobra malafollá. Tomarse demasiado en serio es uno de los síntomas de la imbecilidad. Hay que reirse de todo, y más en el fútbol, que es una excusa para ser felices.

            Soy consciente de mis limitaciones, pero trataré de sacar la palabra siempre jugada, sin maltratarla ni quitármela de encima de cualquier manera, como hacía con la pelota Gustavo Benítez en aquellos domingos de mi infancia.

            Habrá veces que surja bailonga y parrandera, como las noches de Alfredo Megido y otras, las menos, que se obre el milagro de la elegancia y la precisión matemática de Mariano Santos.

            Algún personaje de cáscara amarga de los que pueblan el universo balompédico desatará alguna vez mi vena guerrera y retadora; entonces las palabras saldrán afiladas como navaja de barbero y fuertes como una entrada de Aguirre Suárez. Pero que no tema nadie, estoy acostumbrado a emplearme con dureza sin perder las formas ni arriesgar la tarjeta.

            Cuentan que Maradona, cuando era un pibito y jugaba en los cebollitas, después de gambetear a todo el equipo contrario, empujaba el balón en la raya de gol sacando la lengua.

            Para un servidor, mitómano confeso, esta referencia fue definitiva para decidir el título de la columna.
Después de driblar todos los obstáculos que se me presenten para intentar ordenar las ideas y unir las palabras con cierta coherencia, sacaré la lengua, no como hacía Dieguito, con aquel gesto entre tímido y burlón, sino porque habré llegado a la meta agotado por el esfuerzo.

Espero que merezca la pena.

Epílogo para Antonio Puerta: de rojiblanco a rojiblanco, gracias por defender la alegría como un estandarte. La banda izquierda no es una demarcación, es una autopista para la gloria y tú, siguiendo la mejor tradición –la de Gordillo y Roberto Carlos- has transitado por ella con zancada de atleta y sonrisa pícara de niño juguetón. Nos hemos quedado con ganas, mosquetero.