domingo, 15 de junio de 2014

Mi amigo mayor


Todos los niños han tenido un amigo mayor.

No me refiero a ese chico de un curso superior, con el que aprendes a fumar o te bebes las primeras cervezas, sino al vecino, el portero o un familiar treintañeros que se ríen con tus tacos, te cuentan chistes picantes o te pasan novelas del oeste.

Los amigos mayores son un poco como los abuelos, que te dejan hacer todo aquello que tus padres te prohíben. Son el primer soplo de libertad.

El mío se llamaba Guillermo, y era amigo de mis padres y mi vecino del piso de arriba en Almuñécar.

Me encantaba subir al 4º y pasarme las tardes con Gema, Espe y Guille, sus hijos, que eran ya adolescentes cuando servidor era todavía un niño de la infancia, que diría Manolito, gafotas como yo.

En su casa estaba, una mañana de agosto del 77, cuando un sobrino cordobés de Conchita, la mujer de Guillermo, nos informó a los allí presentes de que había muerto Elvis Presley, el rey del rock según él, que parecía saber de lo que hablaba. Yo era entonces un crío de 8 años y no tenía ni idea de rock and roll y menos aún de monarquías.

En aquella casa, unos veranos más tarde, empecé a leer un libro que me prestó Gema, la hija mayor, de la que estaba secretamente enamorado. Se llamaba Un mundo que agoniza, y era el discurso de entrada a la Academia de Miguel Delibes, ilustrado con unos dibujos naif y coloristas de José Ramón Sánchez. Nunca se lo agradeceré bastante, porque me mostró un camino por el que no he dejado de transitar.
  
Me lo pasaba muy bien con los hijos, con los amigos y amigas de los hijos, pero a quien de verdad admiraba era al padre. Después del mío, fue mi primer héroe adulto.

Se dirigía a mí con una jovialidad muy americana y me llamaba junior, lo que me parecía un detalle tremendamente chic.

Era un hombre de cuarenta y tantos años –mi edad de ahora-, con aspecto de galán apacible, a medio camino entre Jack Lemmon y William Holden.

Me fascinaban de él su campechanía, su sonrisa franca, su apostura de hombre decente.

Una noche se reunieron en su apartamento dos hermanos que no se hablaban por no sé qué negocios, y habían elegido a Guillermo y a mi padre para que mediaran en el conflicto. Mi padre me dejó estar allí, en una esquina, observando en silencio.

Dijo el Rey Juan Carlos que el 23 F quiso que el Príncipe estuviera a su lado para que aprendiera la lección. Yo aprendí la mía esa noche de verano gracias a aquellos dos hombres buenos.  

Cuando mis padres vendieron el apartamento de Mar del Sol perdimos bastante el contacto con Guillermo y su familia.

Pasados más de veinte años me vine a vivir cerca de su casa de Buensuceso y coincidíamos de vez en vez, cuando salía a pasear con Conchita o volvía de tomarse una cerveza con los amigos en el hotel. Siempre joven, optimista, elegante. Extremadamente simpático y cariñoso.

 Hace un par de meses, cuando ya estaba enfermo, me lo pasó al teléfono su hija Esperanza y cuando colgué supe que había sido la última vez que hablaría con él.

Hoy levanto mi copa a la salud de mi amigo Guillermo, que no se ha marchado del todo, porque ha dejado un aroma, un resabio, en los corazones de quienes le conocimos, y que sólo por eso somos mejores.

El tiempo y la vida me han enseñado una cosa: de las personas que dejan huella las más grandes son las que no lo saben.



martes, 3 de junio de 2014

Elogio de la cordura


Fue abdicar el Rey y la España virtual se metamorfoseó en un cuadro de Delacroix: “La red social convocando al Pueblo”.

Con la renuncia catódica de don Juan Carlos todavía caliente decenas de miles de personas se manifestaban en las principales ciudades españolas reclamando la abolición de la monarquía.

En Barcelona, paradojas de la vida, republicanos y soberanistas disfrutaban, en alegre hermandad, de la marcha real.

En todas las concentraciones hubo un elemento común: la masiva presencia de la bandera tricolor.

Para la resuelta muchachada que se enseñoreó de las plazas de España al grito de “no hay dos sin tres, república otra vez” o “los borbones, a los tiburones” el Régimen del 78 se cae a cachos y el Frente Popular ya está tocando a la puerta de las casas.  

Muñoz Molina, siempre él, se plantea si en un país con fracturas tan graves –económicas, sociales, territoriales, políticas- de verdad nos hace falta, justo ahora, plantear una fractura más.

Me temo que su voz clama en el desierto ¡Qué va a decir un Príncipe de Asturias!, replicará el tuiterío, erigido, ya irremediablemente, en oráculo de la posmodernidad.

Corren malos tiempos para la lírica serena. La crisis ha impuesto una nueva retórica: apresurada, agresiva, rompedora, juvenil.

La última convocatoria electoral, además, ha aupado a salvapatrias solemnes y altilocuentes, al sonido de cuya flauta mágica han acudido los hijos desairados y tornadizos del fenecido wellfare. 

Y, tras la abdicación del monarca, se han lanzado a la calle con una consigna –República ya-, un símbolo -la bandera tricolor- y una estrategia –gritar y gritar, hasta enterrarlos en el mar.

Saben que cuando el debate degenera en griterío son las voces templadas las primeras en dejar de escucharse. Por exceso de volumen, inicialmente, por desistimiento, después y, finalmente, por censura.

Alguien debería explicarles que el arquero que rebasa el blanco no falla menos que el que no lo alcanza y que ninguna causa es tan justa que no se pueda reprochar en ella el exceso y la intemperancia. Quizás no sean conscientes de que la convivencia es un árbol centenario que puede ser talado en unas horas.

Con los republicanos ocurre como con los antifranquistas, que su número y su vehemencia son directamente proporcionales al número de años transcurridos desde el final de la República y de la dictadura.

Son, además, demasiado jóvenes o demasiado arrogantes para aceptar que la enseña que enarbolan no nació del pueblo, sino de una minoría sectaria y que la bandera constitucional –esa sí- es el símbolo de la paz, la libertad y la reconciliación de los españoles. La que representa la democracia que nos costó cientos de años y millones de muertos llegar a disfrutar.  

“No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. La añoranza de un pasado que no fue y un futuro que nunca llegó les lleva a seguir acomodando a derecha e izquierda en cajones prefabricados, en un momento en que los valores simbólicos de ambas partes fueron barridos por la historia.

Los nuevos patriotas populares han leído a Gramsci, pero no a Erasmo, que entendió antes que nadie que el fanatismo es el destructor cerril y confeso de cualquier forma de entendimiento.

Los partidistas, que conducen el eterno descontento del ser humano en una determinada dirección, saben que a la masa le resulta más accesible lo tangible, un antagonismo cómodamente comprensible. Por el contrario, un ideal moderado carece de vistosidad y de esa excitación elemental del orgullo excluyente, que sitúa al enemigo en un lugar bien visible.

Tranquiliza, al menos, saber que el sentido de todas las pasiones es desfallecer algún día y el destino de todo fanatismo, consumirse a sí mismo. 

         La razón es paciente y obstinada. Cuando los demás, ebrios, se embravecen, se pliega como un junco. Pero su tiempo siempre vuelve.    

           * Publicado en IDEAL