martes, 29 de julio de 2014

Shalom Salam


  El enésimo enfrentamiento en la franja de Gaza ha desatado un fenómeno igualmente recurrente: el del alineamiento prejuicioso de la izquierda y derecha occidentales con cada una de las partes implicadas en el conflicto.

            Así, un sector de la izquierda celebró, o al menos justificó, el secuestro y posterior asesinato de tres adolescentes hebreos cerca de Hebron y parte de la derecha disculpa las tropelías que, para vengar esos crímenes, está cometiendo Israel, sobre la población palestina, niños incluidos.

          Unos y otros son la prueba de cómo el odio y el sectarismo pueden corromper el alma humana. En esta maldita guerra hay asesinos de pensamiento, palabra, obra y omisión.

            No es el del Medio Oriente un problema entre palestinos e israelíes, entre árabes y hébreos, sino entre moderados y extremistas. Y a ambos lados de la frontera, son estos últimos los que han impuesto su dialéctica enloquecida.

          Noa, la bellísima cantante judía, se lamenta de ello: “Unos y otros no hemos perdido una sola oportunidad de perder la oportunidad de alcanzar la paz; sólo el diálogo desde una posición de respeto y empatía puede salvarnos”.

            En efecto, solamente el esfuerzo común para reforzar a los moderados y, en consecuencia, aislar a los radicales puede procurar a la zona un poco de esperanza.

            Pero corren malos tiempos para la lírica templada. En Oriente y Occidente.

          Sorprende, por ejemplo, el radical discurso antisemita de cierta izquierda europea.

         La sedicente progresía –individuos que, paradójicamente, admiran los modelos de desarrollo que menos progresan- parece suspirar por los tiempos en que las chimeneas de los lager funcionaban a todo trapo.

            Antonio Gala ha sido el penúltimo en mostrar públicamente su odio visceral al pueblo hebreo. A Gala no le extraña que “a los judíos los echen de todas partes”. “Lo que me extraña es que los vuelvan a llamar, porque o no son buenos o los envenenan”. Parece como si el escritor, gravemente enfermo, no quisiera morirse sin disfrutar de una nueva diáspora.

          Como tantos otros racistas confesos o vergonzantes atribuye a la comunidad judía los eventuales excesos de los gobiernos de Israel.
           
            Como aquéllos, olvida intencionadamente que una cosa es el pueblo y otra la elite que lo pastorea.

       ¿Qué es lo que quieren estos antisemitas del siglo XXI, que volvamos a marcarles las casas y los negocios?, ¿que les cosamos de nuevo la estrella amarilla en el pecho?

            ¿Quemamos los libros de Kafka y Nadine Gordimer?, ¿hacemos una pira con las películas de Spielberg y los discos de Barenboim?, ¿pero es que estamos todos locos?

            Me temo que en el enquistado conflicto medioriental, los occidentales, en nuestro peor momento en cuanto a liderazgo moral, sólo vamos a contribuir a embarrar un poco más el campo.

            Encomendemos la causa de la paz a la buena gente palestina e israelí; a los musulmanes que abominan del terrorismo yihadista de Hamas y a los hebreos que sienten como suyas las muertes de niños inocentes en Gaza.

            No sé si son muchos o pocos, pero sé que son imprescindibles.

          Como los músicos de la orquesta West-Eastern Divan. O como Noa, la judía y Mira Awad, la musulmana, que quisieron cantar juntas “cuando lloro, lloro por todos; mi dolor no tiene nombre; cuando grito, miro al cielo implacable y digo: debe haber otro camino”.

            Shalom, salam. 

            *Publicado en IDEAL