miércoles, 23 de julio de 2014

Héroes con el culo al aire


            Mientras desayuno mi vaso de leche con crispis hacendado echo un vistazo a los diarios digitales.

            Una de las noticias estrella del día es la excarcelación del simpatizante del 15 M que fue condenado a prisión por su actuación durante la huelga general de marzo de 2012.

            Leo un texto de agencia: “Carlos Cano, uno de los simpatizantes del 15M condenados a tres años y un día de cárcel por su participación en un piquete informativo en la huelga del 2012, ha abandonado la cárcel de Albolote después de que la Audiencia de Granada suspendiera hoy la ejecución de la pena”.

            Empezamos mal. El sr. Cano no fue condenado por participar en un piquete informativo, puesto que esta es una actividad perfectamente legal, amparada por la legislación laboral que regula el derecho a la huelga.

            Cano fue declarado culpable por un Juzgado y la Audiencia de Granada de un delito contra los derechos de los trabajadores por irrumpir con otros 40 individuos en un bar regentado por una mujer, y amenazarla, vejarla, coaccionarla y causar daños en su negocio.

            Según el marido de la hostelera, “se presentaron sin ninguna intención de informar de nada: insultando, tirando las copas de la gente, haciendo pintadas, amenazando a mi mujer… Alguno llegó a subirse a la barra y bajarse los pantalones”. Desgraciadamente, lo habitual. 

            Esos son los hechos probados. Cosa distinta es que nos parezca excesiva la pena que conlleva dicho delito, que a Carlos Cano y Carmen Bajo se les aplicó en su grado mínimo.

            A mí me lo parece y considero que debería ser revisada la norma penal actualmente en vigor.

            Pero a día de hoy es la norma aplicable y los jueces no pueden soslayarla, a pesar de que desde demasiadas instancias se está intentando imponer –dialéctica piquetera- la idea de que la ley o la Constitución no son más que un papelito sin importancia.

            En estos tiempos convulsos en que se cuestiona todo lo que parecía sólido, la ley ha dejado de ser un imperativo para convertirse en una opinión. Y ese es el comienzo del desastre para cualquier Estado democrático y de derecho.

            Carlos Cano ha sido excarcelado (de lo que me alegro), tras ocho días en prisión. Como Blesa.

Nos ha informado, al salir, de que en España no van a la cárcel los banqueros ni los políticos corruptos. Ahora sabemos también que tampoco la pisan los sindicalistas violentos, que practican otro tipo de corrupción. Mira por donde, privilegios de la casta.

            La semana de condena le ha servido al activista Cano para salir reforzado en su papel de héroe de los indignados.

            Consciente de su nueva condición, en sus primeras declaraciones ha arremetido contra el sistema penitenciario, “donde todo funciona como un régimen militar: tienes horarios para todo, recuento de presos, registros; un régimen capaz de anular a una persona con un mínimo de inquietudes”.

Quizá pensaba el podemista Cano que ir a la cárcel es como asaltar un supermercado, que lo puedes hacer a la hora que quieras y es mejor no saber cuántos son los que se apuntan a coaccionar y amenazar a la pobre cajera.   

            Considera el émulo de Gordillo que se le ha encarcelado por ser crítico con el sistema. Pero no ha dudado un instante en acudir al sistema – ¡qué digo al sistema!, ¡¡¡¡ al mismísimo diablo Gallardón!!!!- para solicitar para sí el denostado privilegio del indulto. Como un vulgar Del Nido. Puritita casta.

            Y, en todo este tiempo, ¿qué ha ocurrido al otro lado de la barra?

            Pues que la dueña del local que fue asaltado por 40 informadores (dispuestos a informar todos a la vez) ha recibido infinidad de amenazas en las redes sociales y alguna visita inquietante en su negocio, como la de los cuatro sujetos que estuvieron una noche apoyados en el mostrador sin pedir absolutamente nada. 

            Ella y su marido han tenido que firmar la petición de indulto del sr. Cano para hacerse perdonar la osadía de haber denunciado en su día a quienes irrumpieron violentamente en su local y les impidieron por la fuerza ejercer su derecho a trabajar.

           Tiempos extraños estos en los que, a los ojos de la gente, la víctima y el verdugo acaban intercambiando sus papeles. 

            *Publicado en IDEAL