domingo, 24 de agosto de 2014

Estimada Irene


Estimada Irene:

Soy uno de los que, como tú, hace algunos años se ilusionó con un proyecto político que venía a aportar aire fresco a la viciada atmósfera de la democracia española.

Como tú, yo también era un apasionado de la política que recelaba de los políticos y recibí el advenimiento de UPyD como la última oportunidad de devolver la democracia a sus legítimos titulares, los ciudadanos.

Después de escuchar una charla de Rosa Díez en Granada empecé a ilusionarme, a pensar, como tú, que era posible salir del bucle, que cabía devolver a la gente la fe en sí misma, en su poder y responsabilidad como miembros de una comunidad.

            La pregunta, ante un panorama tan sombrío, no era “¿qué va a pasar?”, sino “¿qué puedo hacer yo?”. Y decidí, como tú, colaborar con un partido que parecía creer de verdad en la unión, el progreso y la democracia.

            Por eso me duele especialmente el espectáculo que está dando parte de la dirigencia de UPyD en las últimas jornadas.

            Quienes de la nada, y con todo en contra, levantaron milagrosamente un proyecto político tercerista en un país tradicionalmente abonado al bipartidismo parecen –parecéis- empeñados en liquidarlo con la misma rapidez con que lo encumbraron. 

            En este triste asunto hay responsabilidades compartidas, pero a embarrar el terreno de juego unos han contribuido en mayor medida que otros. Siguiendo con el símil futbolero, Sosa Wagner dio un empujón y algunos respondieron partiéndole la rodilla.

            Algunos como tú, estimada Irene. Como miembro (casi estoy por decir miembra) del Consejo de Dirección y delfín in pectore de R10 has tenido un estreno glorioso.

            Yo te veía en los debates de La Sexta, tan pacata, tan correcta, con ese aspecto como de monja laica, dejándote comer regularmente la merienda por la segunda fila del podemismo, y pensaba que eras tímida, algo sosa (con perdón), pero resulta que, como Messi en año de mundial, te estabas reservando para dar el do de pecho… con los tuyos.  

            Gracias a tu inestimable aportación al género epistolar los colaboradores de base y los españolitos de a pie sabemos ahora que el número 1 de UPyD en el Parlamento Europeo es un mezquino incompetente, al que no conoce ni dios y del que uno no se puede fiar. Y que el objetivo principal de su estancia en Bruselas es “garantizarse un plan quinquenal”. Me quedo mucho más tranquilo. Estamos bien representados.

            Después de tu carta, querida Irene, no me pidas que pierda media hora de mi tiempo en intentar convencer a los amigos (aunque te parezca sorprendente, los tengo casi todos fuera del partido) de que en UPyD se premian la honradez, la capacidad y el mérito, porque lo voy a tener jodido.

            Es la tuya una invectiva pancista, agradecida en la peor acepción del término, la de quien quiere labrarse un futuro en la planta noble a costa del disidente.           

Por hacer la pelota a quienes te han elevado a instancias que te vienen grandes has hecho un daño irreparable a un hombre respetable y, de paso, al futuro de una opción política en la que muchos aún creemos.

             Y lo peor es que tu carta parece no ser más que el principio de una campaña de insidias contra quien ha osado echar una pequeña bronca al aparato y se ha atrevido a pronunciar la palabra maldita: Ciudadanos.

            Ay, Irene, ¡qué tiempos aquellos en que te aliviaba comprobar –tan reacia al gregarismo y tan celosa de tu independencia como eras- que en UPyD no se exigía pureza de sangre ideológica!

            Mención aparte merece el comportamiento de Gorriarán, otrora valiente y sensato luchador por la democracia y la libertad en Euskadi y hoy convertido en un compulsivo hooligan tuitero, en una caricatura hosca y faltona de sí mismo.

            Conservo como oro en paño aquellas revistas artesanales, con un puntito pop art, que nos mandaba Basta Ya en sobres anónimos, y que incluían los portentosos análisis de CGM.

            Por él, por Savater, por Rosa, me acerqué a UPyD. Yo sigo donde estaba, pero me temo que Gorriarán ya no es el mismo. Da la impresión de ser un obispo al que la púrpura le ha hecho olvidarse de Dios.

            Me asquean los renegados, los rebotados, los buesas y demás ralea que sale de los sitios en los que no ha podido medrar echando pestes. La mía es la carta de un afiliado crítico pero leal, Irene.

Por eso te pido que me aceptes un consejo: sal de la cueva, del bunker de asesores, de los rumores internos, de las conspiranoias y las intrigas, de la endogamia del aparato. Recupera el espíritu camp que animó esta idea y transmíteselo de nuevo a tus compañeros.

            Los de abajo, los del subsuelo, los que aún nos lo creemos, pensamos que el plan reformista y moderado de UPyD es hoy más necesario que nunca para hacer frente al inmovilismo de los grandes y al populismo rupturista de Podemos.

            Pero si no se recuperan el tono, las formas y la altura de miras el proyecto político más ilusionante de las últimas décadas irá camino del despeñadero.

            Y sería triste comprobar que todo está escrito, que no erraba Federica Montseny cuando intuía que al final de todos los sueños humanos no hay más que polvo.