martes, 16 de diciembre de 2014

Corazón de corcho


En su última entrevista Carlos Cano le hizo una confidencia a Jesús Quintero: ”Tengo un corazón de corcho: me agarro a él y nunca me hundo”. También vaticinó esa noche una Andalucía futura poblada por hombres y mujeres libres.

Sin embargo, todos los meses de diciembre muere Carlos Cano y todos los veintiochos de febrero se traiciona el espíritu de la verde, blanca y verde, el himno que Carlos regaló a su tierra y que dejó de interpretar porque “era un canto de esperanza y los andaluces han dejado de soñar”.

 Ay, Felipe de la OTAN, cataflota verigüeh… le costó a Carlos el veto de la Junta, que sólo le indultó in articulo mortis y le nombró Hijo Predilecto de Andalucía cuando ya había cruzado la bahía en la barca de Zarrías Caronte, el vaporcito del Puerto de los apestados del Régimen.

Tuvo que morirse –joven- el poeta que marcó su vida con el compromiso y la fidelidad a los suyos, el que soñó una tierra sin amos y luchó por ella, para ser reconocido –a regañadientes- por los nuevos señoritos, los de los eres falsos como aquellos duros antiguos que tanto en Cádiz dieron que hablar. 

Han pasado casi tres lustros desde que se nos partió el corazón a los andaluces agradecidos y esta sigue siendo la región del paro, la emigración y las batas de cola. Tierra quemada como el sol aciago de Ocaña, el mariquita que pintaba en Las Ramblas vírgenes con peineta.

Me pregunto, con Raúl Alcover, “dónde están los currelantes, los que se vienen, los que se van, dónde las madres de mayo, dónde su barrio, dónde Graná”.

Cómo echamos de menos – en estos tiempos en que nos falta alimento moral que llevarnos a la boca- su luz y su guía, la fortaleza de su ternura, su pasión por el Sur donde habitan los olvidados.

Cuánta falta nos hacen hoy la independencia y la sobria rebeldía de este andaluz cernudianamente triste, que defendió la alegría como un estandarte y, trasunto de su admirado Paco Alba, fue brujo, escritor, cantante, morisco, gitano, bereber, sirena, gayamba, monjita de convento, bandolero, pirata, guerrillero, abogado de pobres, contrabandista y justiciero.

Pero si la sombra de Carlos Cano se agiganta con el transcurso del tiempo es -aparte el compromiso cívico- por la dimensión descomunal de su obra.

Fue un creador perfeccionista, obsesivo, que consiguió ser popular sin ser vulgar y llegó a los jóvenes sin la menor concesión a las modas.

Tenía una medida física del cante -“si digo paloma me siento volar, si hablo de tomillo puedo olerlo”- y pobló sus poemas de gente sencilla; fue la voz de los sin voz.

Dignificó la copla, desbrozándola de falsos oropeles; la desnudó para volver a vestirla con la verdad antigua que había escuchado de las mujeres de su casa.

Se fue con los pieles rojas a Jolivú y a la América indígena con su amiga Rigoberta, fue corista del Cádiz caletero, amante en París, santero en La Habana, resucitao en Nueva York.

Se perdió por las callejas del Realejo y se bebió en Sevilla los ojos, las entrañas de Andalucía.

Calentó las noches del desierto y conoció la soledad del hombre en las cumbres de Sierra Nevada, donde lloraba un moro que perdió el alma.

Desde Ayamonte hasta Faro se oye su fado por las tabernas.

Fue libre en la duda y libre en el te quiero y rompió dos veces su alma de león.

Diciembre, vísperas de Navidad. En el Convento de las Esclavas de Santa Rita andan las monjas dale que dale con la cocina y la voz cansada de Carlos quiere dormir el sueño de las manzanas, el de aquel niño oscuro que quería cortarse el corazón en alta mar.

Dejadla dormir un rato, un minuto, un siglo. Pero que todos sepan que no ha muerto.  

*Publicado en IDEAL