sábado, 26 de diciembre de 2015

¡Oh, Morada Navidad!


            Me cuesta creer que el hijo de un dios naciera de una mujer virgen que luego ascendió a los cielos, pero me gusta este niño de Belén, recién nacido.

            Le tengo cariño a esa familia pobre y perseguida y sigo mirando con ojos infantiles a los magos que llegaron de Oriente siguiendo una estrella para dejar en el pesebre oro, incienso y mirra.

             Dice Juan Manuel de Prada que las tradiciones, al crear lazos entre los hombres, forman pueblos fuertes e inexpugnables al saqueo material y moral. Y acusa al podemismo municipal gobernante de querer arrasar nuestras tradiciones para convertirnos en masa cretinizada, en rebaño, en piara. Y de hacerlo, no por decreto, sino subrepticiamente, mediante sucedáneos paródicos y caricaturas grotescas. Y ahí es donde entra lo de la reina maga.

            Pasando por alto el habitual tono apocalíptico de monseñor de Prada es imposible negar que algo de eso hay. De ingeniería social, quiero decir, de transformación forzada, de que a España, pasados los años, no la conozca ni la madre que la parió, aunque me parece miope y sectario culpar en exclusiva a una organización tan reciente como Podemos de un fenómeno –el de la secularización de España- que viene de lejos y que tiene más que ver con el capitalismo y el culto al dinero que con Ahora Madrid o Barcelona en comú.      
                                               
            Es cierto que Manuela Carmena, desde que se hizo con la alcaldía, hace seis meses, ha tenido más de una ocurrencia que ha dejado perplejos a los madrileños, la última de las cuales ha sido la de incluir en la cabalgata de este año una reina maga que –se ha apresurado a aclarar la regidora- no será Baltasara: la alcaldesa que pidió a las madres ayudar a limpiar el colegio de sus hijos –los padres, como se sabe, están para llevar el dinero a casa- habrá pensado que el pobre Baltasar bastante tiene con ser negro como para convertirlo además… ¡en mujer!

            Ada Colau, el estandarte catalán del poder morado, no ha querido ser menos ocurrente y ha invitado a los barceloneses y barcelonesas a poner en valor los valores que nos unen a todos, celebrando el solsticio de invierno, la vuelta a la luz y el final de la oscuridad. Al margen de la patada al idioma, parece como si el anterior alcalde hubiera dejado de pagar los recibos de Endesa.       

            Pero no crean que el de las navidades alternativas es un fenómeno exclusivamente español. En Italia, la izquierda a la que se le cayó el Muro encima ha encontrado en el animalismo un nuevo horizonte vital y los alcaldes neocomunistas y del M5S de algunas de las principales ciudades del país se han apresurado a prohibir -esa cosa tan de izquierdas- los castillos de fuegos artificiales y espectáculos pirotécnicos de Nochevieja “para que se festeje de una forma más segura y respetuosa para los hombres y los animales”.

            La medida ha sido acogida con entusiasmo por buena parte de la población, –no sólo España se ha vuelto gilipollas- que secunda las propuestas del ambientalista Emilio Salemme quien, desde hace tiempo, batalla contra los castillos del 31 de diciembre, recordando que “miles de perros, gatos, conejos y pájaros escapan aterrorizados o mueren de miedo todos los años” durante la celebración de capodanno.

            El alcalde de Pescara, siguiendo los consejos de la concejal de Tutela Animal –sí, amigos, existe una concejalía de Tutela Animal- ha propuesto una alternativa: “sustituir los petardos por poéticas y pacíficas linternas a las que confiar nuestros deseos para el año que comienza; así la ciudad será verdaderamente cercana a todos, incluidos los animales de compañía, que a causa de las detonaciones sufren verdaderos traumas”.

            Al alcalde de Pescara le mataron el padre los terroristas de Prima Linea en los años setenta, lo que hace aún menos comprensible su distorsión perceptiva sobre lo que es un verdadero trauma.

            ¡Este niño es un petardista!, se quejaba el vecino de los Alonso en La gran familia, ese clásico navideño del desarrollismo.

            Aquellas navidades de petardos, familias numerosas y frío aterrador ya no volverán, y nadie va a echar de menos esa España carpetovetónica, pero yo me resisto a felicitar el solsticio de invierno, con su sorteo de La Gorda, sus reinas magas, su niña Jesusa, sus progenitores A y B, sus pastores animalistas y sus caganers de la CUP. 

           Llámenme antiguo, pero a mí en Navidad lo que me gusta es escuchar a las familias gitanas que se reúnen junto al fuego, entre zambombas y guitarras, para cantarle villancicos de gloria al niño Manuel.

domingo, 15 de noviembre de 2015

Religiones que matan


             Es paradójico –o, a lo mejor, no tanto- que el enésimo ataque terrorista del islamismo radical se haya producido en una calle de París dedicada a Voltaire.

            El escritor francés, autor de un celebrado tratado sobre la tolerancia, ha pasado a la historia con merecida fama de combatiente contra las injusticias y las infamias del fanatismo clerical, cuyo máximo representante en este peligroso principio de siglo es el autoproclamado califa del Estado Islámico Al Baghdadi.

             El siglo XXI se ha convertido en el escenario temporal de la última guerra de religión, que amenaza con llevarse por delante lo que queda de una civilización occidental caracterizada por la libertad de acción y pensamiento.

            Pero en lugar de escuchar una discusión racional sobre cuál es el mejor medio de contener y derrotar el fanatismo religioso uno presencia el mutuo refuerzo de dos variedades de la misma histeria: el ataque yihadista vuelve a conjurar el fantasma manchado de sangre de los cruzados.

            No hay más que echar una ojeada a los libros de Historia para constatar una verdad pavorosa: la religión mata.

            Todos los grandes credos, cuando han tenido la fuerza suficiente, se han ocupado de silenciar o ejecutar a quienes los han puesto en duda (lo que, paradójicamente, es una muestra de su debilidad). 
             
            Sería conveniente, además, que no olvidáramos que la necesidad de prohibir y censurar, de acallar a los disidentes, de condenar a los distintos y de invocar una salvación exclusiva representa la esencia misma del totalitarismo.
           
            Ya advirtió Hitchens que hasta en su modalidad más sumisa la religión tiene que reconocer que lo que está proponiendo es una “solución total”, según la cual la fe debe ser hasta cierto punto ciega y en la que todas las facetas de la vida pública y privada deben estar sometidas a la revisión permanente de una instancia superior.

            Es cierto que son muchos los sacerdotes y rabinos –imanes, bastante menos- que han colocado el humanismo por encima de sus propias doctrinas o credos. Pero esto es un piropo para el humanismo, no para la religión.

            El verdadero creyente es incapaz de descansar hasta que todo el mundo dobla la rodilla. Los tres asesinos del ISIS eran, con toda probabilidad, los creyentes más sinceros que había la noche del viernes en la sala de conciertos parisina, lo que quizá nos sirva para reflexionar sobre las ventajas morales que supuestamente poseen las personas de fe sobre el resto de los mortales.

            Imaginemos que alguien asesina a sus hijos y luego dice que Dios, o Alá o Yahvé le ordenó hacerlo: sería inmediatamente puesto a disposición judicial o ingresado en un psiquiátrico. Pero si esto mismo se predica al amparo de una religión establecida lo que se esperará de nosotros es que lo respetemos. Piensen, por ejemplo en Abraham, parricida en grado de tentativa, al que los tres monoteísmos tienen, literalmente, en un pedestal.

            Entre los barandas de la cosa religiosa no suelen, además, pisarse la manguera.

            Cualquiera habría imaginado que la fatwa dictada por Jomeini contra Salman Rushdie, un individuo solitario y pacífico que llevaba una vida dedicada a la escritura, habría suscitado una condena generalizada. Pero no fue así. El Vaticano, el arzobispo de Canterbury y el principal rabino sefardí de Israel mostraron unánime simpatía… ¡por el Ayatolá!

            El Papa Francisco, siempre del lado de los débiles, acogió con una preocupante enmienda parcial la respuesta sangrienta del ISIS a los ataques al Islam de los dibujantes de Charlie Hebdo.    

            Los excesos de la religión no pueden combatirse con más religión ni con excesos religiosos de otro signo: lo que Europa necesita es recuperar el espíritu ilustrado gracias al cual París le dedicó a Voltaire un bonito bulevar donde, hasta que lo impidieron los fanáticos, abría todas las noches un magnífico teatro.   

jueves, 5 de noviembre de 2015

Maniobra de resurrección


         No vieron la vida como una carrera ni nacieron para ganar, sino para andar despacio y revelar las paradojas del tiempo que nos tocó vivir.

            Bebieron en soledad los tragos más amargos y un buen día derribaron de un soplo el castillo de naipes, hartos de fingir sonrisas en la desolación.

            Aquella noche de hace 20 años la luna salió tarde y las manzanas se pudrieron en el plato.

            Yo me quedé sentado al borde del camino, esperando el tren que lleva a ninguna parte. Tardé en comprender la verdad de las cosas: el gusano se convierte siempre en mariposa.

            Ahora me llega un eco lejano de voces sin nombre –“vuelven, vuelven”- y busco en el último cajón un amuleto egipcio y el reloj que marca el tiempo al revés.

            En mi cabeza rugen tormentas imaginarias y me protejo de la lluvia con el cubilete de un antiguo trilero.

            Me lo dice la baraja del tarot –vuelven- y el perro que le ladra al día no encuentra una explicación porque sigue unas huellas que nunca le llevan al sol.

            Una vieja hechicera me susurra, “sólo es cuestión de tiempo”, y ahora sé que el destino se reserva siempre la última carta.

            Hoy lo he visto en mi trozo gris del cielo –son insondables los caminos del Señor- y he disipado todas mis dudas: vuelven 091.

            Atrás han quedado mil signos de interrogación y el hombre sin pasado que me recitaba sus fracasos al oído.

            #Vuelvenloscero, decía la pantalla, y yo, que nunca dejé de soñar con ovejas eléctricas, he despertado del letargo y he salido a la calle a gritar lo que antes sólo pensaba a gente que enciende el mechero sobre la palma de su mano. A otros como yo.

            Vuelven los cero para poner música al furor de una cascada, gotea otra vez el grifo de oro que le da ritmo a su canción.

            Están de vuelta para mostrarnos que hay perlas escondidas en ostras; que el amor se encuentra debajo de las piedras o en lo más alto de la Torre de la Vela .

            Creo que soy un hombre con suerte, los sueños me acercan a la realidad, ¿la vida es un péndulo o una espiral?

            Pagaré con los últimos duros de Franco al poeta ambulante que escribe versos en papel de fumar y, al ponerse el sol, me tumbaré en el suelo para oír crecer la hierba y el sonido afilado de sus navajas de barbero.
           
            Somos estatuas que buscan su alma y los 091 vuelven a predicar en el desierto. Sigue estando Dios de nuestro lado.

             * Publicado en el diario IDEAL

viernes, 4 de septiembre de 2015

Aylan y los flagelantes


             Me resulta insoportable la imagen del pequeño Aylan muerto en la arena de esa playa turca. Insoportable y necesaria. Pero que la foto del chiquillo sirio se haya hecho viral no debe ocultar la dura realidad: más de trece mil niños como él han muerto violentamente en los últimos cinco años en Iraq y Siria, muchos de ellos asesinados de manera salvaje por las hordas yihadistas.

            Miles de pequeñas vidas segadas que no escandalizaron ni agitaron conciencias cuando la cosa ocurría a cientos de kilómetros de nuestras playas, lejos de la mirada inculpatoria de los hermanos laicos de la Orden Flagelante, a quienes sólo interesan los niños muertos que les permiten arremeter contra nuestros gobiernos y nuestras leyes.  

            Los lloricas demagogos que estos días han repetido hasta la saciedad que Europa ha matado a Aylan Kurdi, de tres años de edad, no han movido jamás un músculo de la cara para denunciar la situación de millares de criaturas inocentes e indefensas en Oriente Medio.

            Al fariseísmo vociferante de este lado del mundo no le incomodan los pequeños cristos crucificados por el ISIS, ni los niños robados a sus padres cristianos, chiítas o kurdos y entrenados para decapitar a la gente de la que provienen. Ni las crías violadas por viejos lascivos. No les interesan esos escolares convertidos, en un proceso macabro, en víctimas, verdugos y testigos de la brutalidad.

            Leo en las redes que se ha convocado una lectura pública de poetas (tal cual) para protestar contra la crisis migratoria; por supuesto, no contra Al Assad ni el Califa del Estado Islámico, sino contra la vieja e insolidaria Europa.

            Los poetas y el resto de habituales abajofirmantes se van a montar un happening solidario, una movida impostada de intelectuales comprometidos e intensos. Ya sabéis: Gobierno genocida, Merkel fascista y todo lo demás. La misma basura de siempre. Y después, con la conciencia social debidamente ajustada, unas cervezas fresquitas a la salud del niño muerto. Y a otra cosa más lucrativa.

            Alguien debería explicarles a estos tontos útiles de la yihad que la familia del pobre Aylan huía del terror islamista que mató en Kobani, ciudad de mayoría siria, a dieciséis de sus familiares.

            Que Europa, la de la democracia y las libertades, es el sueño de seguridad y bienestar de las familias que tienen que huir del terror sistemático, de la “maldad calculada” impuesta en los territorios que domina el califa Al Baghdadi.  

            Que Europa es también la obsesión del yihadismo: “Tomaremos Roma, despedazaremos sus cruces, esclavizaremos a sus mujeres; y si no, lo harán nuestros hijos o nuestros nietos; llegará el día en que los musulmanes venderemos a los hijos de Roma en el mercado de los esclavos”. 

            Quienes tocan a nuestras puertas –van a ir entrando ordenadamente- huyen de los que cortan cabezas, de los que cuelgan de las grúas a los homosexuales, de los que ahogan a muchachos enjaulados, de quienes utilizan como esclavas sexuales a niñas sólo un poco mayores que Aylan Kurdi.

            ¿Porqué son los sirios e iraquíes que huyen de la barbarie quienes buscan acogida en esta tierra cansada y no somos nosotros los que escapamos de nuestros políticos, nuestros bancos, nuestros corruptos y nuestros poetas pidiendo refugio en el Califato? Muy sencillo, porque nuestras leyes son más justas, nuestra economía más próspera y nuestras costumbres más decentes. Digámoslo sin complejos: porque nuestra sociedad, con todos sus defectos, es infinitamente mejor.

            Pero si hay alguien que, como los ilustres poetas, prefiere los latigazos, le rogaría que tuviese al menos la amabilidad de dirigirlos contra su propia espalda.

domingo, 14 de junio de 2015

Entre pitos y (perro)flautas


       La semana empezó con los abucheos que le dedicó a Piqué la afición de León durante un entrenamiento de la Roja, en un ejercicio de libertad de expresión que habría emocionado a Xavi Hernández.

            Vicente del Bosque, sin embargo, se lo tomó peor y no dudó en reñir a los leoneses, españoles añejos que no han aprendido nada de su paisano Zapatero y no entienden un carajo de realidades plurinacionales.

            Dijo el marqués que quien silba a un jugador de la selección española silba a toda la selección española. Le faltó decir que quien pita a Piqué pita a España.

            Lo de que se pite el himno (“no digo que esté bien, claro que no, pero cuanto más se diga será peor”) tiene menos importancia para Del Bosque porque, al fin y al cabo, “es la Selección la que nos une a todos”.

            Al menos, el salmantino acertó en el diagnóstico, mientras otros se hacían pajas mentales con no sé qué mención del novio de Shakira a un cantante colombiano.

            Ni una hora tardaron los progres de guardia, los mismos que describieron la pitada masiva del Camp Nou como un ejercicio de civismo democrático, en calificar la del Reino de León como una manifestación ultra y casposa de la España más rancia. Nada que no nos esperásemos.

            La semana empezó con pitos y ha terminado con flautas. Concretamente, con perroflautas.

            Los que acompañan a Carmena -llamadme Manuela- en ese apasionante viaje a un Madrid nuevo y feliz, en el que los policías locales ayudarán a los okupas a decorar corralas y se contratarán médicos para que permanezcan ociosos, porque en el Madrid de Manuela quedan derogados los desahucios y el cáncer de pulmón.

            El gobierno de Manuela es un estado de ánimo, puro alborozo, el happy power.

            Kika Lorace, el travelo de Chueca es genial, le ha dado la bienvenida que se merece con un vídeo que muestra un Madrid colorista, desenfadado y sin obras. Nada que ver con el que dejó Botella hace…24 horas.

           Lástima que Julio sea más de Esperanza porque el himno del nuevo Madrid lo tenía ya hecho: “Desde que llegó a mi vida, desde aquella tarde que encontré a Manuela, soy dichoso como nadie, porque cada día me espera la dulzura de sus besos y ese amor inmenso que me da Manuela”. A Nacho Escolar no le habría salido mejor.

            Ahora que en Madrid  todos y todas son alcaldesas y se ha instaurado la alegría por decreto no faltan los resentidos que pretenden aguar la fiesta por un quítame allá esos tuits.

            Por ejemplo, los del flamante concejal de Participación, Pablo Soto -si en el antiguo régimen el símbolo del poder era el trono, en el podemismo triunfante es la silla de ruedas- que, a decir del facherío, muestran una obsesión enfermiza por la guillotina.

            A Gallardón, guillotina. A Mariano, guillotina. A los amigos del PPSOE, guillotina. Al Jefe del Estado, guillotina. A los que van al juzgado en coche oficial, guillotina. ”Resolvamos nuestras diferencias instalando juntos una guillotina”, zanjó el concejal en un trino que hace más inquietante su intención recientemente manifestada de “convertir la ciudad en un lugar amable para todas las personas que vivan en ella”.

            Pero en un gobierno del pueblo (de la gente, perdón) que se precie la estrella tiene que ser la cultura. Y Manuela ha elegido para ese puesto al más preparado, Guillermo Zapata.

            Bueno, pues ya está otra vez el facherío con que si la abuela fuma (judíos) y echa las cenizas en el 600.

            O que si el cementerio donde enterraron a las niñas de Alcásser lo cerraron para que Irene Villa no fuera a por repuestos.

            ¿Qué concejal de Cultura no ha hecho alguna vez un chiste sobre la resurrección de Marta del Castillo?

            El problema es que la derechona no acepta que a Madrid hayan llegado los buenos, los que viven en el lado correcto, los que se ríen hasta de su sombra porque son más abiertos, más libres y más de puta madre.

            Joder, yo entiendo a los concejales, a mí también me mola el rollo cruel.

            Y para solidarizarme con ellos acabo de dejar un tuit que dice así: “La diferencia entre Podemos y los demás partidos es que los demás partidos tienen líderes políticos y Podemos líderes paralíticos”.

            Es lo que tiene el humor negro, que te partes la caja.


miércoles, 10 de junio de 2015

Besos ascendentes y descendentes


            A vueltas con el amor.

          Alguien dijo que amar es entregar a otro la posibilidad de que te destruya confiando en que no lo haga.

      Chavela Vargas decía que era una mentira inventada por los borrachos.

         Mi experiencia es que el amor es un beso, dos besos, tres besos, cuatro besos, cinco besos, cuatro besos, tres besos, dos besos, un beso, cero besos.

            Y vuelta a empezar. 

jueves, 28 de mayo de 2015

Elecciones locales

           
             Cuando despertó, el 14 de abril aún estaba allí.

martes, 12 de mayo de 2015

El cielo de Orión



            Mi novia de entonces vivía en Almería, en una casa alquilada que pegaba al Teatro Apolo.

            Una noche, mientras preparábamos la cena, se nos metió en el piso la voz maltrecha de Antonio Vega.

            Sacamos unas cervezas, apagamos la luz y abrimos de par en par la ventana del salón, que daba al callejón trasero.

            Y allí nos quedamos, en silencio, comiendo spaghetti y mirando el cielo de Orión, de donde llegaba la palabra susurrada y doliente de un ángel caído.

miércoles, 1 de abril de 2015

Un mail para Rosa


          Anoche le envié un mail a Rosa Díez, que ella, como ya hizo en otra ocasión, me ha contestado en un tono muy educado.

            En su respuesta reconoce, entre otras cosas, haber cometido mil errores, pero no considera haber perdido el buen humor, los sueños ni las ganas de luchar. Al principio y al final me ha dado las gracias por la reflexión.

            No me parece esta la actitud de una persona soberbia y autoritaria como la que nos dibujan los medios.

            Por poner un poner, que dicen en mi pueblo, no me imagino a un Pablo Iglesias en horas bajas contestando inmediata y personalmente a un afiliado de provincias que le da estopa. De Susana o de Mariano ni me lo planteo.

            No entiendo que tanta gente celebre la virtual desaparición del partido que puso en el mapa político español una serie de conceptos y actitudes que hoy todo el mundo considera innegociables ni la inquina hacia una señora que ha procurado, con su trabajo incansable, mejorar la calidad de nuestra democracia.
           
            Sobre todo, cuando al mismo tiempo, le hacemos panegíricos a la jefa de Sabalete, a la de Granados y al que le pedía a Luis que aguantara.

            Aquí os dejo, queridos lectores, el contenido del mail que le envié a Rosa. Pasad buena Semana Santa.

            “Querida Rosa:

            El verano pasado me atreví a mandarte un correo, que tuviste la amabilidad de contestar, en relación con el famoso asunto de Sosa Wagner y la respuesta pública y airada de Irene Lozano, a la que defendiste. Fue la mía una carta dura y descarnada: la lealtad, como habrás podido comprobar estos días, es exactamente lo contrario del servilismo.

            Creo que de aquellos polvos han venido estos lodos electorales y de haber hecho del núcleo duro del partido un bunker cerrado, jaleado incluso en sus errores por un grupo considerable de acólitos, los males que ahora nos amenazan de muerte.

            Cuando el panorama político cambió, con la irrupción repentina de Podemos, alguien cercano debió advertirte de que el tercerismo moderado no tenía más remedio que unir sus fuerzas, alguien leal e inteligente tenía que haberte recordado el viejo aforismo que asegura que lo perfecto es enemigo de lo bueno.

            Pero seguramente estaban demasiado ocupados colgando en las redes el selfie que se habían hecho contigo.

            Algunos de los que hasta el pasado domingo besaban por donde pisabas han empezado a hacer propósito de la enmienda, en un ejercicio que se parece mucho al oportunismo.

            Me recuerdan a aquel estudiante universitario del postfranquismo, que en una asamblea pidió la palabra y le dijo a quien acababa de intervenir desde la mesa presidencial: “Perdona, te voy a hacer una autocrítica”.

            Me asquean los rebotados, los renegados, los buesas y demás ralea que sale echando pestes de los sitios donde no ha podido medrar.

            La mía es la carta de un afiliado crítico pero leal, querida Rosa. Si algún día me doy de baja, lo que no descarto, no será desde luego para ingresar en Ciudadanos. Mi aventura política (que nunca aspiró más que a acompañar una idea noble) habrá terminado ahí.

            Por eso te pido que me aceptes un consejo: sal de la cueva de asesores, de los patos magentas, las conspiranoias y las intrigas, de la endogamia del aparato.             

            Recupera el buen humor que me sedujo en una charla tuya en Granada hace unos años; retoma el espíritu camp que animó este proyecto y transmíteselo de nuevo a tus compañeros. 

            UPyD no puede mirarse en el espejo de los tuits de Gorriarán, otrora valiente luchador por la democracia y hoy convertido en una sombra hosca y faltona de sí mismo.

            Los de abajo, los del subsuelo, los que aún nos lo creemos, pensamos que el plan moderado y reformista de UPyD es hoy más necesario que nunca, para hacer frente al inmovilismo de los grandes y al populismo rupturista de Podemos.

            Pero si no se recuperan el tono, las formas y la altura de miras el proyecto político más ilusionante de las últimas décadas irá camino del despeñadero. Puede que incluso ya sea demasiado tarde.

            Como ya le dije a Irene Lozano aquel infausto verano, sería triste comprobar que no erraba Federica Montseny cuando intuía que al final de todos los sueños humanos no hay más que polvo.

            Mi respeto y un abrazo afectuoso

            Martín Domingo”.  


jueves, 26 de febrero de 2015

Antigranadino


Hace unos días llamé al arquitecto Juan Domingo Santos, con quien jugué tantos años al fútbol, para mostrarle mi apoyo en la enésima polémica granaína, generada en esta ocasión en torno al nuevo proyecto de entrada a la Alhambra, del que es autor junto con el premio Pritzker de Arquitectura (el Nobel de la disciplina), el portugués Alvaro Siza.

Entre la cascada de declaraciones prescindibles –la mayoría de ellas, de políticos que actúan bajo los efectos del síndrome electoral- ha habido una que me ha llamado especialmente la atención por su carácter pintoresco: la que critica la actuación alhambreña del prestigioso consorcio de arquitectos por “carecer de la más mínima referencia nazarí o renacentista”, lo que, según la autora del comentario, provoca en el monumento y su entorno un gran impacto visual.

Se lo comenté a Juan y, entre risas, me dio una respuesta elocuente: “Esta gente habría echado abajo la mismísima Alhambra. Un edificio enorme y rojizo colocado en mitad de un monte: eso sí que es impacto visual”. Y sin la más mínima referencia a la vieja Iliberis, querido Juan.  

Domingo Santos y Siza son un lujo para esta ciudad, que no se puede permitir perder más trenes como el que pasó de largo por la estación de Moneo.

      Pero es la nuestra una sociedad abonada a la inacción, alérgica al progreso, que no pelea por lo que quiere, porque no quiere nada con la fuerza suficiente.

          No es el granadino un entusiasta del cambio porque considera que la realidad ya está terminada y no confía en que lo que venga vaya a ser mejor. El granadino, de izquierdas o de derechas, es profundamente conservador.

            Por eso, como observó el profesor López Calera, Granada no es ciudad de grandes proyectos. Las empresas de envergadura suelen ser criticadas porque el granadino considera que no encajan con el rigor, la meticulosidad y la exigencia con que él afronta sus quehaceres.

          Además, el no hacer es mejor que el hacer porque el no hacer no se equivoca y es difícilmente criticable. Y en Granada las palabras son punzantes como navajas de barbero.    

           José Ignacio Lapido, el poeta del rock, hizo un diagnóstico certero de los males que nos aquejan: “Faltan soñadores, no intérpretes de sueños”.

              Los soñadores de Lapido son -bonita paradoja- los ciudadanos activos, resolutivos, emprendedores, cuya extrema escasez contrasta con la nómina formidable de críticos esterilizantes con que cuenta la ciudad.

          Me da miedo el granadinismo oficial, ese que se parapeta tras asociaciones de supuesta defensa de los intereses locales y que tiende a imponer como tesis general su particular visión paralizante de la existencia, sobre la base de su (autoproclamada) autoridad moral.

            Frente a esa visión negativa de la realidad, que encuentra antes en las personas y en sus proyectos los defectos que las virtudes, frente a ese “antigranadinismo efectivo” que reconoció Luis García Montero en quienes no se quitan de la boca la Alhambra, su agua y sus cipreses, hay que levantar la bandera del “antigranadinismo de los críticos” que es –este sí- un acto de amor, un esfuerzo por hacer que los viejos objetos se muevan y cambien de perspectiva.  
           
            Como dice el poeta, “apostar por Granada significa precisamente ponerla en duda, ayudar a crearla; la ciudad no debe ser más un marco incomparable, sino un problema, una tarea”.

           Hay que defender a Granada de los defensores de Granada; tenemos que protegerla de nosotros mismos.  

             *Publicado en IDEAL

viernes, 23 de enero de 2015

Goyo


    “A ver, Gregorio, estamos hasta los cojones de ti. Otra declaración tuya más y tu familia, cualquiera de ellos, corre riesgo de morir. Fuera de Euskadi, cabrón”.                                                                                                                                                                                                                                                      Eran los chulos del barrio, los que decidían sobre vidas y haciendas, los que marcaban con una diana las casas de los disidentes y con un giro del pulgar condenaban a muerte sin juicio ni apelación.

                     Pero Goyo no se arrugaba. Vehemente, campechano y seguro de sí mismo era un tipo que hablaba clarito: “los etarras son escoria y la basura tiene que estar en las cloacas”.

            Sin medias tintas ni concesiones a la prudencia, que es el disfraz detrás del que suele esconderse la cobardía.

            En aquellos tiempos los muertos se limitaban a aguardar el turno de su asesinato, ordenadamente y sin protestar, cada uno a su tiempo y en su lugar, como ha recordado recientemente Rubén Múgica, que está hasta el birrete de escuchar la palabra paz de quienes desviaban entonces la mirada de los cadáveres.

            Estaba autorizado por la corrección política repudiar la violencia de los asesinos, pero ni una palabra más: hasta las concentraciones contra los crímenes y los secuestros debían hacerse en silencio porque sólo el pacifismo renunciativo podía aspirar a alguna simpatía frente al terrorismo.

            El desprecio sonoro con el que Gregorio Ordóñez se dirigía al mundo etarra era, pues, una anomalía, una rareza.

            Entendió desde el primer momento que la única forma de defenderse del terror era enfrentarse a él sin miedos y, sobre todo, sin complejos; que lo que de verdad hacía daño a ETA no era la reprobación moral, sino el combate político y la firmeza democrática.

            Por eso se convirtió en un objetivo prioritario de los asesinos. Por eso y porque su discurso estaba calando en la acobardada sociedad civil vasca hasta el punto de que tenía todas las papeletas para convertirse en el nuevo alcalde de San Sebastián. Nada menos. La joya de la corona abertzale.

            Era una provocación intolerable. Y lo mataron, claro, un día lluvioso de enero, mientras comía con unos compañeros en la Parte Vieja.

            En el funeral, el obispo Setién, que siempre se movió entre la ambigüedad y la apología del terrorismo, estuvo “falto de calor humano y político”, en palabras del socialista Ramón Jáuregui.

Su asesinato dejó en bragas a los tontos útiles del totalitarismo nacionalista, que aseguraban después de cada crimen que toda violencia era inútil: la muerte de Gregorio fue utilísima para despejar el camino de un rival potencialmente peligroso.

             Han pasado 20 años. Hoy sus asesinos gobiernan la ciudad por la que dio la vida y sus compañeros de partido potean con ellos por las calles en que lo mataron.

            Queda la discreción y la firmeza serena de su viuda, que se tuvo que enfrentar sola a la tarea de criar sin odio a su hijo Javier, hoy veinteañero, al que escuché en televisión hablar de su padre con emoción y legítimo orgullo. Queda Consuelo, la hermana tenaz y valiente, siempre en primera línea de la batalla contra el olvido.

            Quedan pocos más, no nos engañemos.

            El Partido Popular ni está ni se le espera. Para sus antiguos compañeros el cadáver de Goyo es un estorbo, un fantasma del pasado.

En estos tiempos de confusión moral se han echado en los brazos del viejo aforismo flaubertiano. Ya saben, el que asegura que la historia, como el mar, es hermosa por lo que borra.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                  

             
           
           


domingo, 18 de enero de 2015

Un resultadista sin resultados


             Yo fui uno de los últimos niños que se crió en la calle, con un balón. Y en el barrio de la Magdalena pegarle a la pelota alto y fuerte era un agravio imperdonable. Cada cual, hasta donde podía, trataba de darle un trato cariñoso.

            El fútbol callejero –la cuna del fútbol- me enseñó que la victoria hay que merecerla jugando bien. Nadie respeta a los que ganan con intenciones mediocres. Para qué hablar del que, además de mostrarse cicatero, está abonado a la derrota.

            Es imposible jugar bien al fútbol metiendo pelotazos sin destino, despreocupándose del balón, porque en ese caso todo dependerá del azar y, como dijo el flaco Menotti, “jugar bien es quitarle posibilidades a la suerte”.

            En fútbol las cosas son como parecen. Juegan bien los que nos gustan, los que nos hacen vibrar, no aquellos en los que nadie ha reparado aunque cumplan solapadamente con la táctica.

            Sostiene Gala que en nuestra sociedad toda referencia a la belleza produce risa, salvo que sea cotizable. Por suerte, en fútbol la belleza es rentable. Piensen, si no, en el Barcelona de Guardiola o en la Selección española de la última década: ambos equipos demostraron que el camino más corto para llegar al triunfo es jugar bien.

            Como dice Angel Cappa hay discusiones en el mundo del fútbol que se prolongan en el tiempo sencillamente porque están mal planteadas. La que propone la disyuntiva entre eficacia y belleza –y nos obliga a tener que elegir entre jugar bien o ganar- es una de ellas.

            El Granada de Caparrós desmiente a los utilitaristas que se atrincheran tras esa falacia: nadie jugó peor ni perdió tanto.

            Un entrenador debe tener claro qué significa el fútbol como juego y como fenómeno social para poder responder a su grandeza y a su historia, debe tener convicciones que lo alejen del pragmatismo, que siempre induce al error.

            Son precisamente esas convicciones las que lo sostienen cuando las cosas se tuercen.

            Un resultadista sin resultados –el drama de Caparrós- es lo más parecido a la nada absoluta. Es, además, una contradicción irresoluble, como una puta estrecha o un telefonista sordo.

            El Granada de Caparrós ha sido un bostezo, con once jugadores colgados del larguero como murciélagos, intentando –sin éxito- evitar los goles del contrario y sin tiempo para hacer los propios.

            Fiel seguidor del credo bilardista, comparte con su maestro una máxima rácana como su fútbol: “el gol que no ha venido, tiempo ha tenido”.

            El sevillano es un hiperrealista incapaz de comprender que el fútbol es una excusa para soñar.

            Ha arrebatado a sus futbolistas la alegría del juego, convirtiéndolos en prolijos funcionarios, autómatas descerebrados que sólo se aplican a cumplir órdenes.

            Ignora que el fútbol, como el jazz, es improvisación coherente, un deporte que se siente y se piensa, por ese orden. Que pertenece a los desobedientes que siempre tienen “un orden que desordenar”, como sugería el poema de Benedetti.

            Una vez escuché a un entrenador amigo expresar esta queja a sus jugadores: “Cuando los tenemos contra las cuerdas volvemos a la cueva a defendernos, pero cuando nos tienen golpeados, vuelven para rematarnos”. El de Utrera, que ha transformado a sus hombres en mezquinos negociadores de puntitos, se habría quedado perplejo.

            Pero mi amigo es de esos entrenadores que apuestan por la belleza, a los que sus enemigos tachan de románticos, de filósofos, atribuyéndoles estos méritos como si fueran vicios.

            En cambio Caparrós es un pragmático talibán de la lucha y el trabajo que en las ruedas de prensa, cuando no rompe portadas de periódicos, formula admirables explicaciones de sus derrotas.

            No estaría de más que en una de ellas alguien le preguntara qué le llevó a dedicarse a un deporte que no le gusta.