viernes, 23 de enero de 2015

Goyo


    “A ver, Gregorio, estamos hasta los cojones de ti. Otra declaración tuya más y tu familia, cualquiera de ellos, corre riesgo de morir. Fuera de Euskadi, cabrón”.                                                                                                                                                                                                                                                      Eran los chulos del barrio, los que decidían sobre vidas y haciendas, los que marcaban con una diana las casas de los disidentes y con un giro del pulgar condenaban a muerte sin juicio ni apelación.

                     Pero Goyo no se arrugaba. Vehemente, campechano y seguro de sí mismo era un tipo que hablaba clarito: “los etarras son escoria y la basura tiene que estar en las cloacas”.

            Sin medias tintas ni concesiones a la prudencia, que es el disfraz detrás del que suele esconderse la cobardía.

            En aquellos tiempos los muertos se limitaban a aguardar el turno de su asesinato, ordenadamente y sin protestar, cada uno a su tiempo y en su lugar, como ha recordado recientemente Rubén Múgica, que está hasta el birrete de escuchar la palabra paz de quienes desviaban entonces la mirada de los cadáveres.

            Estaba autorizado por la corrección política repudiar la violencia de los asesinos, pero ni una palabra más: hasta las concentraciones contra los crímenes y los secuestros debían hacerse en silencio porque sólo el pacifismo renunciativo podía aspirar a alguna simpatía frente al terrorismo.

            El desprecio sonoro con el que Gregorio Ordóñez se dirigía al mundo etarra era, pues, una anomalía, una rareza.

            Entendió desde el primer momento que la única forma de defenderse del terror era enfrentarse a él sin miedos y, sobre todo, sin complejos; que lo que de verdad hacía daño a ETA no era la reprobación moral, sino el combate político y la firmeza democrática.

            Por eso se convirtió en un objetivo prioritario de los asesinos. Por eso y porque su discurso estaba calando en la acobardada sociedad civil vasca hasta el punto de que tenía todas las papeletas para convertirse en el nuevo alcalde de San Sebastián. Nada menos. La joya de la corona abertzale.

            Era una provocación intolerable. Y lo mataron, claro, un día lluvioso de enero, mientras comía con unos compañeros en la Parte Vieja.

            En el funeral, el obispo Setién, que siempre se movió entre la ambigüedad y la apología del terrorismo, estuvo “falto de calor humano y político”, en palabras del socialista Ramón Jáuregui.

Su asesinato dejó en bragas a los tontos útiles del totalitarismo nacionalista, que aseguraban después de cada crimen que toda violencia era inútil: la muerte de Gregorio fue utilísima para despejar el camino de un rival potencialmente peligroso.

             Han pasado 20 años. Hoy sus asesinos gobiernan la ciudad por la que dio la vida y sus compañeros de partido potean con ellos por las calles en que lo mataron.

            Queda la discreción y la firmeza serena de su viuda, que se tuvo que enfrentar sola a la tarea de criar sin odio a su hijo Javier, hoy veinteañero, al que escuché en televisión hablar de su padre con emoción y legítimo orgullo. Queda Consuelo, la hermana tenaz y valiente, siempre en primera línea de la batalla contra el olvido.

            Quedan pocos más, no nos engañemos.

            El Partido Popular ni está ni se le espera. Para sus antiguos compañeros el cadáver de Goyo es un estorbo, un fantasma del pasado.

En estos tiempos de confusión moral se han echado en los brazos del viejo aforismo flaubertiano. Ya saben, el que asegura que la historia, como el mar, es hermosa por lo que borra.