domingo, 18 de enero de 2015

Un resultadista sin resultados


             Yo fui uno de los últimos niños que se crió en la calle, con un balón. Y en el barrio de la Magdalena pegarle a la pelota alto y fuerte era un agravio imperdonable. Cada cual, hasta donde podía, trataba de darle un trato cariñoso.

            El fútbol callejero –la cuna del fútbol- me enseñó que la victoria hay que merecerla jugando bien. Nadie respeta a los que ganan con intenciones mediocres. Para qué hablar del que, además de mostrarse cicatero, está abonado a la derrota.

            Es imposible jugar bien al fútbol metiendo pelotazos sin destino, despreocupándose del balón, porque en ese caso todo dependerá del azar y, como dijo el flaco Menotti, “jugar bien es quitarle posibilidades a la suerte”.

            En fútbol las cosas son como parecen. Juegan bien los que nos gustan, los que nos hacen vibrar, no aquellos en los que nadie ha reparado aunque cumplan solapadamente con la táctica.

            Sostiene Gala que en nuestra sociedad toda referencia a la belleza produce risa, salvo que sea cotizable. Por suerte, en fútbol la belleza es rentable. Piensen, si no, en el Barcelona de Guardiola o en la Selección española de la última década: ambos equipos demostraron que el camino más corto para llegar al triunfo es jugar bien.

            Como dice Angel Cappa hay discusiones en el mundo del fútbol que se prolongan en el tiempo sencillamente porque están mal planteadas. La que propone la disyuntiva entre eficacia y belleza –y nos obliga a tener que elegir entre jugar bien o ganar- es una de ellas.

            El Granada de Caparrós desmiente a los utilitaristas que se atrincheran tras esa falacia: nadie jugó peor ni perdió tanto.

            Un entrenador debe tener claro qué significa el fútbol como juego y como fenómeno social para poder responder a su grandeza y a su historia, debe tener convicciones que lo alejen del pragmatismo, que siempre induce al error.

            Son precisamente esas convicciones las que lo sostienen cuando las cosas se tuercen.

            Un resultadista sin resultados –el drama de Caparrós- es lo más parecido a la nada absoluta. Es, además, una contradicción irresoluble, como una puta estrecha o un telefonista sordo.

            El Granada de Caparrós ha sido un bostezo, con once jugadores colgados del larguero como murciélagos, intentando –sin éxito- evitar los goles del contrario y sin tiempo para hacer los propios.

            Fiel seguidor del credo bilardista, comparte con su maestro una máxima rácana como su fútbol: “el gol que no ha venido, tiempo ha tenido”.

            El sevillano es un hiperrealista incapaz de comprender que el fútbol es una excusa para soñar.

            Ha arrebatado a sus futbolistas la alegría del juego, convirtiéndolos en prolijos funcionarios, autómatas descerebrados que sólo se aplican a cumplir órdenes.

            Ignora que el fútbol, como el jazz, es improvisación coherente, un deporte que se siente y se piensa, por ese orden. Que pertenece a los desobedientes que siempre tienen “un orden que desordenar”, como sugería el poema de Benedetti.

            Una vez escuché a un entrenador amigo expresar esta queja a sus jugadores: “Cuando los tenemos contra las cuerdas volvemos a la cueva a defendernos, pero cuando nos tienen golpeados, vuelven para rematarnos”. El de Utrera, que ha transformado a sus hombres en mezquinos negociadores de puntitos, se habría quedado perplejo.

            Pero mi amigo es de esos entrenadores que apuestan por la belleza, a los que sus enemigos tachan de románticos, de filósofos, atribuyéndoles estos méritos como si fueran vicios.

            En cambio Caparrós es un pragmático talibán de la lucha y el trabajo que en las ruedas de prensa, cuando no rompe portadas de periódicos, formula admirables explicaciones de sus derrotas.

            No estaría de más que en una de ellas alguien le preguntara qué le llevó a dedicarse a un deporte que no le gusta.