viernes, 4 de septiembre de 2015

Aylan y los flagelantes


             Me resulta insoportable la imagen del pequeño Aylan muerto en la arena de esa playa turca. Insoportable y necesaria. Pero que la foto del chiquillo sirio se haya hecho viral no debe ocultar la dura realidad: más de trece mil niños como él han muerto violentamente en los últimos cinco años en Iraq y Siria, muchos de ellos asesinados de manera salvaje por las hordas yihadistas.

            Miles de pequeñas vidas segadas que no escandalizaron ni agitaron conciencias cuando la cosa ocurría a cientos de kilómetros de nuestras playas, lejos de la mirada inculpatoria de los hermanos laicos de la Orden Flagelante, a quienes sólo interesan los niños muertos que les permiten arremeter contra nuestros gobiernos y nuestras leyes.  

            Los lloricas demagogos que estos días han repetido hasta la saciedad que Europa ha matado a Aylan Kurdi, de tres años de edad, no han movido jamás un músculo de la cara para denunciar la situación de millares de criaturas inocentes e indefensas en Oriente Medio.

            Al fariseísmo vociferante de este lado del mundo no le incomodan los pequeños cristos crucificados por el ISIS, ni los niños robados a sus padres cristianos, chiítas o kurdos y entrenados para decapitar a la gente de la que provienen. Ni las crías violadas por viejos lascivos. No les interesan esos escolares convertidos, en un proceso macabro, en víctimas, verdugos y testigos de la brutalidad.

            Leo en las redes que se ha convocado una lectura pública de poetas (tal cual) para protestar contra la crisis migratoria; por supuesto, no contra Al Assad ni el Califa del Estado Islámico, sino contra la vieja e insolidaria Europa.

            Los poetas y el resto de habituales abajofirmantes se van a montar un happening solidario, una movida impostada de intelectuales comprometidos e intensos. Ya sabéis: Gobierno genocida, Merkel fascista y todo lo demás. La misma basura de siempre. Y después, con la conciencia social debidamente ajustada, unas cervezas fresquitas a la salud del niño muerto. Y a otra cosa más lucrativa.

            Alguien debería explicarles a estos tontos útiles de la yihad que la familia del pobre Aylan huía del terror islamista que mató en Kobani, ciudad de mayoría siria, a dieciséis de sus familiares.

            Que Europa, la de la democracia y las libertades, es el sueño de seguridad y bienestar de las familias que tienen que huir del terror sistemático, de la “maldad calculada” impuesta en los territorios que domina el califa Al Baghdadi.  

            Que Europa es también la obsesión del yihadismo: “Tomaremos Roma, despedazaremos sus cruces, esclavizaremos a sus mujeres; y si no, lo harán nuestros hijos o nuestros nietos; llegará el día en que los musulmanes venderemos a los hijos de Roma en el mercado de los esclavos”. 

            Quienes tocan a nuestras puertas –van a ir entrando ordenadamente- huyen de los que cortan cabezas, de los que cuelgan de las grúas a los homosexuales, de los que ahogan a muchachos enjaulados, de quienes utilizan como esclavas sexuales a niñas sólo un poco mayores que Aylan Kurdi.

            ¿Porqué son los sirios e iraquíes que huyen de la barbarie quienes buscan acogida en esta tierra cansada y no somos nosotros los que escapamos de nuestros políticos, nuestros bancos, nuestros corruptos y nuestros poetas pidiendo refugio en el Califato? Muy sencillo, porque nuestras leyes son más justas, nuestra economía más próspera y nuestras costumbres más decentes. Digámoslo sin complejos: porque nuestra sociedad, con todos sus defectos, es infinitamente mejor.

            Pero si hay alguien que, como los ilustres poetas, prefiere los latigazos, le rogaría que tuviese al menos la amabilidad de dirigirlos contra su propia espalda.