domingo, 15 de noviembre de 2015

Religiones que matan


             Es paradójico –o, a lo mejor, no tanto- que el enésimo ataque terrorista del islamismo radical se haya producido en una calle de París dedicada a Voltaire.

            El escritor francés, autor de un celebrado tratado sobre la tolerancia, ha pasado a la historia con merecida fama de combatiente contra las injusticias y las infamias del fanatismo clerical, cuyo máximo representante en este peligroso principio de siglo es el autoproclamado califa del Estado Islámico Al Baghdadi.

             El siglo XXI se ha convertido en el escenario temporal de la última guerra de religión, que amenaza con llevarse por delante lo que queda de una civilización occidental caracterizada por la libertad de acción y pensamiento.

            Pero en lugar de escuchar una discusión racional sobre cuál es el mejor medio de contener y derrotar el fanatismo religioso uno presencia el mutuo refuerzo de dos variedades de la misma histeria: el ataque yihadista vuelve a conjurar el fantasma manchado de sangre de los cruzados.

            No hay más que echar una ojeada a los libros de Historia para constatar una verdad pavorosa: la religión mata.

            Todos los grandes credos, cuando han tenido la fuerza suficiente, se han ocupado de silenciar o ejecutar a quienes los han puesto en duda (lo que, paradójicamente, es una muestra de su debilidad). 
             
            Sería conveniente, además, que no olvidáramos que la necesidad de prohibir y censurar, de acallar a los disidentes, de condenar a los distintos y de invocar una salvación exclusiva representa la esencia misma del totalitarismo.
           
            Ya advirtió Hitchens que hasta en su modalidad más sumisa la religión tiene que reconocer que lo que está proponiendo es una “solución total”, según la cual la fe debe ser hasta cierto punto ciega y en la que todas las facetas de la vida pública y privada deben estar sometidas a la revisión permanente de una instancia superior.

            Es cierto que son muchos los sacerdotes y rabinos –imanes, bastante menos- que han colocado el humanismo por encima de sus propias doctrinas o credos. Pero esto es un piropo para el humanismo, no para la religión.

            El verdadero creyente es incapaz de descansar hasta que todo el mundo dobla la rodilla. Los tres asesinos del ISIS eran, con toda probabilidad, los creyentes más sinceros que había la noche del viernes en la sala de conciertos parisina, lo que quizá nos sirva para reflexionar sobre las ventajas morales que supuestamente poseen las personas de fe sobre el resto de los mortales.

            Imaginemos que alguien asesina a sus hijos y luego dice que Dios, o Alá o Yahvé le ordenó hacerlo: sería inmediatamente puesto a disposición judicial o ingresado en un psiquiátrico. Pero si esto mismo se predica al amparo de una religión establecida lo que se esperará de nosotros es que lo respetemos. Piensen, por ejemplo en Abraham, parricida en grado de tentativa, al que los tres monoteísmos tienen, literalmente, en un pedestal.

            Entre los barandas de la cosa religiosa no suelen, además, pisarse la manguera.

            Cualquiera habría imaginado que la fatwa dictada por Jomeini contra Salman Rushdie, un individuo solitario y pacífico que llevaba una vida dedicada a la escritura, habría suscitado una condena generalizada. Pero no fue así. El Vaticano, el arzobispo de Canterbury y el principal rabino sefardí de Israel mostraron unánime simpatía… ¡por el Ayatolá!

            El Papa Francisco, siempre del lado de los débiles, acogió con una preocupante enmienda parcial la respuesta sangrienta del ISIS a los ataques al Islam de los dibujantes de Charlie Hebdo.    

            Los excesos de la religión no pueden combatirse con más religión ni con excesos religiosos de otro signo: lo que Europa necesita es recuperar el espíritu ilustrado gracias al cual París le dedicó a Voltaire un bonito bulevar donde, hasta que lo impidieron los fanáticos, abría todas las noches un magnífico teatro.