domingo, 28 de febrero de 2016

28 de febrero


         En mi más tierna juventud, voté andalucista. Repetidamente. Hasta me leí El ideal andaluz y otras paparruchas voluntaristas del padre de la patria.

            Hace mucho que no creo en nada de eso. Ni siquiera le veo ya la gracia a esta autonomía malograda del Partido Unico.

            Pero en un rincón del despachito en el que escribo conservo, enmarcada, la letra de La verdiblanca, el himno ingenuo de Carlos Cano, como un guiño nostálgico a un tiempo que se marchó.

            Cuando aún creía en tierras sin amos y banderas redentoras. 

          Aquellos años en que me dejé embriagar por el dudoso perfume de la flor del pueblo. 

            El cuarto de hora que fue joven y de izquierdas.