martes, 9 de febrero de 2016

Títeres de cachiporra


          De la malhadada historia de los titiriteros granaínos ya ha hablado y escrito todo el mundo. De izquierdas, de derechas y mediopensionistas. Porque, como en cualquier polémica auténticamente española, nadie trata de esclarecer lo que ocurrió, sino de atizar al rival y arrimar el ascua a su sardina política.

            Así que iré al grano y seré breve.

          Considero que el juez Moreno yerra al enviar a la cárcel a los marionetistas, puesto que el contenido de la obra no es relevante desde el punto de vista penal.

         Es una obra de ficción, una mierda de obra de ficción, vale, pero el perroflautismo anarcoide tiene el mismo derecho a exhibir su inmundicia que cualquier autor de los que pagan la cuota de la SGAE, verbigracia Jorge Javier Vázquez, el gran corruptor, al que la policía espera a la puerta de los teatros para evitar que lo desnuden las viejas, no con la intención de esposarlo.

            Con su apresurado Auto de prisión, el magistrado no ha hecho más que dar argumentos a los propios cómicos, puesto que la polémica pancarta alusiva a dos grupos terroristas no se exhibe en la obra con intención panfletaria sino que la coloca un policía para incriminar a la bruja libertaria. Ahora, gracias a Su Señoría, los titiriteros anarquistas y sus corifeos, armados tristemente de razón, podrán decir (ya lo están haciendo) que la ficción es un reflejo exacto de la realidad española.

            Se equivocan también los medios y el opinionismo de derechas al intentar golpear a Manuela Carmena por persona interpuesta, trivializando hasta el hartazgo el dolor justificado de las víctimas del terrorismo.  

            Si “todo es ETA” al final nada es ETA y la angustia de las víctimas se acaba diluyendo en un magma de palabras torpes, pretendidamente bienintencionadas. Flaco favor a quienes han sufrido de verdad el zarpazo del terrorismo. Y es que ya se sabe que lo más parecido a un tonto de izquierdas es un tonto de derechas. 

            De la izquierda me esperaba el espectáculo que está dando: demagogia, golpes de pecho y una dosis (willy)toledana de agitación y propaganda.

            Ya tenemos chica nueva en la oficina, que cuelga a los jueces, viola a las monjas y es divina. Y encima en chirona. El progrerío se ha puesto cachondo y se ha lanzado al ordenata tuit en ristre.

            De un caso puntual ha hecho causa general y, con la habilidad y descaro habituales, se ha apoderado de la escena para repartir cachiporrazos a troche y moche (más a troche que a moche) y señalar la condición exánime de nuestra democracia.

            Hay a quien se le ha ido la mano y llevado del ardor revolucionario, ha recuperado al viejo León Felipe, español del éxodo y del llanto, comparando a los volatineros cenetistas con aquel “pobre payaso, que es el hombre más valiente y más legítimo que ha nacido en este planeta podrido y abominable”. 

            Por supuesto, a ninguno de los conspicuos opinadores de la izquierda digital se le ha pasado siquiera por la cabeza resaltar lo verdaderamente grave del asunto, que no es si el argumento de la obra constituye o no delito, sino que ayuntamientos tan relevantes como el de Madrid contraten, con el dinero de todos, a seres odiantes que se cagan en todo lo que los españoles hemos conseguido en cuarenta años de convivencia democrática. Y que esa basura ideológica se la sirvan a los niños en la merienda.

            Me temo –es sólo una impresión personal- que la mayoría de los que defienden con tanto ahínco a esa gentuza, no lo hace en nombre de la pureza democrática ni de la libertad de expresión, sino movida por el mismo odio que los titiriteros destilan en sus obras.

            ¿Y los payasos qué?

            Pasado el primer momento de desconcierto y de congoja, tienen que estar frotándose las manos.

            Saben que el juez Moreno, esa lumbrera, les ha hecho el favor de sus vidas. En unos días –seguro- saldrán a la calle, y ya no serán los perroflautas chancleteros de antes del trullo, sino héroes de la disidencia, con el aura y el  prestigio de los represaliados.

            Les van al faltar horas del día y días del mes para acudir a los bolos y homenajes, incluidas apariciones estelares en los medios, que les esperan nada más cruzar el umbral de la prisión.

            Y podrán seguir defendiendo su ideario anarquista, ahora con todos los focos apuntándoles, por los ayuntamientos de Podemos y todas sus franquicias, que estarán encantados de acogerlos para que, a cambio de un dinerillo público, exhiban su contradictorio y lucrativo odio al sistema.

            Si les hubiesen preguntado la semana pasada qué les parecía el plan, lo habrían firmado.