jueves, 12 de mayo de 2016

Sus desahogadas señorías


           Esta mañana, mientras me afeitaba, he escuchado la noticia por la radio: “Fracasa la negociación de los partidos políticos para reducir sus gastos electorales”. No me he cortado por los pelos. Literalmente.

            ¡Cómo se puede tener tan poca vergüenza!

            Llevamos quinientas elecciones en los dos últimos años; me conozco sus putas barbas, sus putas coletas y sus putas cicatrices mejor que la cara de mi madre.

       Me persiguen sin reposo desde todas las pantallas, sus mentiras almibaradas se cuelan en todos los transistores, da igual el periódico que pida al camarero: allí, en portada, están siempre sus jetas indecentes.

            No he podido escapar de sus patrañas y sus embustes ni antes, ni durante, ni después de las votaciones.

            Me han prometido con el mismo desparpajo una cosa y la contraria.

            Los he visto besarse en la boca, jugar al futbolín, escalar montañas y bailar bachata como chonis de barrio.

            Les he pagado con mi trabajo viajes en taxi, comidas en Quintín y siestas en el Palace.

            Y un ipad de la manzana, con el que se hicieron un selfie que colgaron en el face, para pasarme por la ídem que se habían pegado cuatro meses guapos a cuerpo de señoría. Tocándose los eggs.

            Y aquí está de nuevo esta pandilla de desahogados. Los tontos de la clase. Los más zánganos. Los que organizaban el viaje a Mallorca y se quedaban con la guita.

            Que dicen que no pueden ahorrar un euro en lo de darnos la brasa de manera inmisericorde. Que la democracia y el pueblo y la Constitución y no sé qué milongas.

            Que cuando se les ponga en los cojones formar gobierno –para trincar solos o en comandita- ya nos bajarán las pensiones y nos subirán los impuestos. Que harán el esfuerzo. Pero que lo suyo ni tocarlo. Que con las cosas de comer no se juega. Que tienen que vivir de nosotros hasta que se subroguen en el pillaje los alevines de golfos cuyas cuidadoras también les pagamos.

         Pues que sepan una cosa: los mailings –o como quiera que llame la tropa de asesores a la que costeo las putas y los gintonics a la basura electoral con la que me atascan el buzón- se los pueden meter en el poto, porque el 26J, a Dios querer, me va a pillar tumbado al sol o bajo un agradable txirimiri en la playa de Zaráuz.

                  Igual tengo suerte y planto la sombrilla a la vera de Otegi. Aunque me extraña, porque él sólo baja a la playa cuando van a matar a alguien.