lunes, 25 de julio de 2016

Puyol, el espanyol


           Un español se confiesa español en China y, en España, otros españoles le acusan de ser un traidor español.

            Entonces, el español, para congraciarse con esos españoles que lo tachan de renegado español, asegura que se declaró español porque no pensaba que se llegaría a saber en España.  

            Viva Espanya y viva el Espanyol. Y viva Carles Puyol.

martes, 12 de julio de 2016

Animalistas


         Silvia Barquero, Presidenta del PACMA –Partido Animalista contra el Maltrato Animal- hizo en una entrevista la siguiente reflexión, si es que se puede calificar como tal esta vomitona de ideas peregrinas y pueriles: “Lo que más echo de menos desde que soy vegana es la tortilla de patatas; es más fácil dejar de comer jamón que tortilla porque en una tortilla no ves el sufrimiento, pero en un plato de jamón veo los restos del animal y eso es más importante que mi derecho a disfrutar de un sabor”.

            Argumentos como este le han otorgado a Barquero –qué gran nombre para un toro o para un novillero del Tardón- un millón y medio de votos, entre el Congreso y el Senado, en las elecciones del 26J.

              El programa político del PACMA tiene apenas cincuenta páginas, que tratan de las granjas peleteras, los santuarios de animales y, como subproducto que es de la izquierda fútil y desnortada de este principio de siglo, asoma en él la inevitable patita anticlerical con una propuesta de derogación de los acuerdos con la Santa Sede, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid repletito de truchas y de barbos.

            Decía Chesterton que cuando el hombre deja de creer en Dios acaba creyendo en cualquier cosa. El animalismo es un fundamentalismo religioso –y como tal, peligroso– que, con el pretexto de asimilar las especies animales a la condición humana, no pretende en el fondo sino rebajar al hombre al nivel de las bestias.

            Pero por mucho que la secta animalista sostenga la igualdad entre el hombre y los animales, obviando que fue aquél quien puso nombre a estos, como nos recuerdan Bob Dylan y el Génesis, nadie ha mostrado al mundo el hallazgo de un elefante liberal, un tejón dramaturgo o una zarigüeya monja, con la excepción conocida de sor Lucía Caram.  

            La fiesta de los toros no es más que el banco de pruebas de situaciones sociales que se “debatirán” en un futuro cercano –mañana mismo- y que tienen que ver con la negación de la superioridad intelectual y moral del animal humano, es decir, con la refutación mostrenca de la teoría darwinista de la evolución de las especies.

            La alegre muchachada del PACMA, con su ignorancia tuitera y su ética de las emociones a flor de piel, seguramente no es consciente de que el animalismo extremo es el principio del fin de la biodiversidad y del equilibrio natural de este planeta.

            Es curioso que los animalistas, abriéndose paso a empujones como pitbulls descerebrados, realicen actos o propongan medidas que van en contra de la causa que dicen defender.

            Así, asegurando actuar en defensa de los toros –auxilio que los toros nunca les han solicitado ni tienen previsto agradecerles-, confiesan que prefieren la desaparición de esta variedad biológica con tal de que las corridas sean abolidas, lo que se antoja una atrocidad similar a la que pretendiera eliminar la pobreza exterminando a los pobres.

            Son seres pusilánimes incapaces de entender que el toro, como escribió el matador Santi Ortiz, “es un combatiente, un guerrero portador de muerte que sale al ruedo a vender cara su vida, jamás un ser digno de lástima”.

            Quizá sea mucho pedir a quienes han crecido con un póster de Simba encima de la cama y rodeados de regordetes y simpáticos hipopótamos diseñados por la factoría Disney, madre espiritual del “animal friendly”.

            Para ser animalista no es necesario ser tonto, pero un grado apreciable de déficit intelectual ayuda a metabolizar más rápidamente un argumentario impropio de adultos emocionalmente equilibrados.

            Por decirlo de otra manera, es más fácil romper a llorar histéricamente ante la casa de los dueños de Excálibur o gimotear delante de un camión de corderos si es usted gilipollas.

            Para regodearse con la muerte desgraciada de un hombre joven al que un toro le ha traspasado el corazón hay que ser, además, un hijo de puta.

lunes, 4 de julio de 2016

Un burro anda suelto


        A Quimi Portet tantos años escondido detrás de unas rayban le han oscurecido la visión del prójimo.

            Sólo así se puede entender que quien se hizo rico cantando en español la misma canción durante quince años cuelgue en la Red –la moderna Inquisición- la fotografía del pobre camarero gallego de un ferry de Baleària, que no le entendió cuando se dirigió a él en catalán.

            Según el músico, el empleado le contestó: “Mira, en gallego, español, francés, inglés y hasta en italiano, te entiendo; en catalán y en mallorquín, ya no”.

            No será que no había donde elegir, pero a Portet le salió el orgullo de Vic (orgullo salchichonero) y ante lo que debió parecerle un atrevimiento intolerable, tiró de iphone e inmortalizó al empleado díscolo para ofrecérselo como carnaza a sus miles de seguidores virtuales. “Esta es la cara del miserable: crucificadlo” parece pedir Portet a la chusma encanallada de twitter.

            No sé si es photoshop o un efecto imaginario, pero juraría que he visto sobre el pecho del camarero una estrella amarilla de seis puntas.

            No contento con que la jauría cibernacionalista se aplique a despellejarlo, Portet, mostrándose ya sin complejos como un auténtico hijo de puta, ha procurado también que al pobre hombre lo despidan de su trabajo.

            Y lo peor es que la empresa, en un primer momento, ha anunciado que tomará medidas contra el trabajador porque tiene “un fuerte compromiso con la lengua catalana” (seguramente en forma de subvención), si bien después ha reculado, aunque “de aquella manera” y obligada por las circunstancias.

            El caso es que el gallego, que igual se llama Benigno, y se apellida Vázquez o Blanco, y dejó a los niños y a la parienta en El Barco de Valdeorras para hacerse trescientas veces en otro barco el trayecto Ibiza-Formentera, se ha jugado el puesto de trabajo y el sustento de su familia porque al señorito Portet, el músico independentista, se le ha puesto en los huevos que el español de mierda le sirva un café amb llet, que es lo que mejor le sienta después de una noche toledana, con perdón.

            ¡Qué tiempos aquellos en los que, sin tanto remilgo pueblerino, nuestro héroe atravesaba la frontera mental de Vinaroz para tomarse con su compadre un arrocito en Castellón y no le exigía al cocinero que el grano fuera del Baix Ebre ni que lo hubiera recogido un bracero de L’Ametlla afiliado a la CUP!

            Es curioso que quien actualmente se autodenomina “astro intercomarcal” fuera en otro tiempo una estrella indiscutible del panorama nacional, que vendió millones de discos en español, en los que acompañaba a un cantante espasmódico y aflamencado que respondía al (sólo aparentemente) hispánico nombre de Manolo García, y que era en realidad descendiente directo de Sunifredo de Urgel.   

            En una entrevista para El Periódico, Portet, entregado definitivamente al victimismo, declaró que “los catalanes tenemos una historia triste y el humor nos ayuda a sobrevivir”. No sé si el episodio del ferry es lo que el bueno de Quimi entiende por un chiste, pero los burros sin gracia deberían estar amarrados a la puerta del baile.

            Mi primo que tiene un bar, desde siempre me ha dicho –y me consta que todo lo dice de muy buena fe-: “tanto tienes, tanto vales, no lo puedes remediar; si eres de los que no tienen, a galeras a remar”.

            O a ponerles cafés amb llet a pijiprogres racistas que esconden su mala condición detrás de unas rayban viejas.