lunes, 31 de octubre de 2016

Holywins versus Halloween


           Aquí somos todos muy progres y muy antiamericanos, pero en cuanto llega noviembre, la peña pierde el culo por disfrazarse de zombi del thriller de Michael Jackson y maquillarse como si acabara de estrellarse con la moto contra un poste de la luz.
           
            Los hay que prefieren al psicópata enmascarado de peli slasher que asesina brutalmente a jóvenes y adolescentes con una motosierra en un lago perdido de Nebraska.
           
            Pero este año las estrellas indiscutibles son los payasos diabólicos, cruce de Pennywise y Ronald Mc Donald, que te asaltan en el garaje cuando estás aparcando el Opel Corsa o te esperan con una maza en la mano en mitad del parque por el que paseas al perro.
           
            Se ha hecho viral en la red un adagio que pregona que celebrar Halloween en España es como si en Wisconsin sacasen en procesión por el Mississippi al Cristo de los Faroles. Acompañado de un coro góspel de cuarenta negros cantando la famosa copla de Antonio Molina.
           
               Es verdad que la fiesta no es yanqui sino de origen celta, pero no lo es menos que a nuestro país llegó gracias al cine y la industria USA del entretenimiento.
           
            Hace poco más de una década, Halloween era sólo una celebración curiosa que observábamos desde fuera, pero los españoles somos, como Manolito Gafotas y su hermano el Imbécil, de ese tipo de gente que en tres días te monta una tradición.
           
                 Sobre todo si nos la venden los gringos de los que abominamos el resto del año.
           
                 La última incorporada al acervo patrio ha sido el Black Friday, que se celebra el viernes siguiente al día de Acción de Gracias y que consiste, como todas las demás, en cuadrarle el balance anual a las grandes superficies.
           
                 La fiesta de Halloween, esa suerte de paganismo de mercadillo, es una piedra en el zapato de los obispos españoles, que han contraprogramado con Holywins, un juego de palabras que en inglés significa “la santidad vence”, con el que pretenden recuperar la tradicional celebración cristiana de todos los santos.
           
              Una fiesta dirigida fundamentalmente a niños y jóvenes, a los que animan a salir a la calle disfrazados de santos y de vírgenes, en una iniciativa loable pero temeraria: no quiero ni pensar en qué puede acabar un encuentro fortuito entre un payaso asesino armado con un hacha y un san esteban sediento de martirio.
            
                      Emitido el 31 de octubre de 2016 en La mañana de COPE ("El lanzador de cuchillos")

lunes, 24 de octubre de 2016

La ley de la mordaza


              La manada de encapuchados que, tomando el nombre de la sagrada libertad de expresión en vano, reventó la conferencia que Felipe González tenía previsto pronunciar en la Universidad Autónoma de Madrid, probablemente ignora que en democracia son los medios los que deben justificar el fin.

            En los últimos años, la sociedad española ha sufrido un notable repliegue hacia la intransigencia. Estamos asistiendo al ascenso y entronización de los fanáticos y los intolerantes, individuos persuadidos de estar en posesión de la verdad absoluta y del derecho de imponerla urbi et orbi.

            El fanático grita su verdad y no atiende a más razones porque encarna la rectitud y la integridad con mayúsculas y los que le discuten sólo pueden hacerlo movidos por intereses bastardos.

             Su visión del mundo es totalitaria y ve en el adversario político un enemigo, un no ser, que, como tal, debe ser anulado, suprimido, silenciado.

             Los demócratas tenemos que defendernos de la intolerancia militante. Y tenemos que hacerlo de una manera activa. Sin complejos. No podemos capitular ante los bárbaros ni perder este combate por incomparecencia.

            Hoy ha sido Felipe, pero antes fueron Rubalcaba, Rosa Díez o Fernando Savater. Y mañana serán otros, porque el Querido Líder ha instado a las hordas moradas a tomar la calle y socializar el dolor.

               Tiemblo cada vez que oigo hablar de política de división, como si la política no fuera en esencia división. Para eso nos hemos dado la democracia, para gestionar la discordia y la discrepancia, que son inherentes a las sociedades plurales.

               Tenemos, ahora más que nunca, el derecho (y el deber) de discutir, de confrontar ideas, de estimular la reflexión y promover el debate político. El derecho a hablar y la obligación moral de escuchar: la generación de la Transición no se dejó la piel en la lucha por la libertad para que, cuarenta años después, sus nietos vuelvan a amordazar a los que piensan distinto.

           Emitido el 24 de octubre de 2016 en COPE ("El lanzador de cuchillos")

martes, 18 de octubre de 2016

Ya es otoño en Los Italianos


            Los granadinos sabemos que la vida es eso que nos ocurre mientras abren y cierran Los Italianos.

            La heladería que fundó Paolo de Rocco pocos días antes del estallido de la Guerra Civil señala el inicio oficioso de la primavera al abrir sus puertas por San José y despide definitivamente el verano el doce de octubre, cuando echa el pestillo y coloca en un rincón del pequeño vestíbulo una entrañable castañera de trapo.

            Ya es, pues, otoño en Los Italianos.

            Mientras el tic-tac de los relojes roe las horas como un ratón hambriento, los granadinos cruzan estos días la Gran Vía, camino de Plaza Nueva, dirigiendo una mirada fugaz a la puerta de cristal para constatar que no se han equivocado de abrigo.

            Antes de que alcancen a darse cuenta volverá la primavera y volverán las horchatas y las tartas de chocolate y, al poco, otra vez la castañera con su lucecita prendida, porque el tiempo, como la marea, ni se para ni espera.

            Octubre dejará apenas su estela y en dos días estará aquí el invierno, dejando su aliento de hielo en los puentes del Darro y en los balcones de la calle Reyes.

            Los granadinos, ensimismados, ajenos al tiempo que pasa, irán de su corazón a sus asuntos y un día igual que otros muchos, se sorprenderán de encontrar abierta la vieja puerta de cristal y de que el sol penetre de nuevo en el pasillo estrecho y se refleje en el pulcro mostrador metálico.  

            Ese hecho inesperado les alegrará la mañana y servirá para romper el hielo de algún encuentro casual.

            Y una noche de marzo inaugurarán sentimentalmente la primavera, en un rito mil veces repetido, que les llevará, Zacatín arriba, a revalidar la fidelidad a la tradición de unos sabores reconocibles.

            Y se acordarán de Cecilia, sesenta años detrás del mostrador, que prometía la gloria en vales de colores.

            Pedirán una cassata, la reina incontestable, esa pequeña parcela del paraíso, rellena de nata, fruta confitada y crocanti de almendra, que se tomarán en la calle, entre muchachas de ojos avellana y piel de vainilla.

            Serán, seremos, entonces, un poco más viejos.

            Pero ahora estoy aquí, en la esquina de Cortefiel, con las manos en los bolsillos, esperando que el semáforo me permita cruzar la Gran Vía, y Paolo Conte me susurra al oído con su voz ronca: “Gelato al limon, gelato al limon, sumérgete a fondo en la ciudad; gelato al limon, gelato al limon, mientras otro verano se nos va”.  
          
            ¡Qué cabrón el piamontés! Es verdad, se nos fue otro verano. Y están empezando a ser demasiados.
            Publicado en IDEAL

lunes, 17 de octubre de 2016

El espíritu Spiriman


   50.000 personas, nada menos. Aproximadamente una quinta parte de la población de la capital se echó ayer a la calle para gritar alto y claro que Granada necesita dos hospitales completos, con todas sus especialidades, y que la fusión hospitalaria ejecutada por la Junta de Andalucía supone un recorte sin precedentes de la sanidad pública, que afecta a la calidad y la seguridad asistenciales.

    La ciudad fue un clamor en una mañana emocionante en la que los granadinos hicimos, como en la canción de Mecano, “por una vez, algo a la vez”.

    El artífice del milagro, el culpable de que una ciudadanía que pocas veces ejerce como tal, tomara conciencia de su fuerza es Jesús Candel, un médico de Urgencias que un buen día, harto ya de estar harto, empezó a colgar en la Red vídeos de protesta, que rápidamente se convirtieron en virales, protagonizados por su alter ego, un superhéroe local de bata blanca, barba, gorra y gafas negras que responde al nombre de Spiriman.

    Al principio, los políticos y sus voceros mediáticos lo tomaron a chufla, pero cuando se dieron cuenta de que su mensaje empezaba a calar optaron por pegársele a rueda, los de un lado, e intentar cubrirlo de mierda, los del otro.

    Al enésimo intento de la política de reclamar para sí el protagonismo de la calle, el doctor Candel respondió con una convocatoria cívica exclusivamente ciudadana, consiguiendo movilizar a un extraordinario número de personas con un discurso cercano, vehemente y sincero.

    La manifestación de ayer ha sido una de las más multitudinarias que se recuerdan, pero Candel tiene un mérito aún mayor: haber conseguido aglutinar en torno a Spiriman al granadino de a pie, tradicionalmente acomodaticio, y espolearlo para que salga a la calle a enseñar los dientes y pelear por lo suyo.

    Debe haber un antes y un después del 16 de octubre porque Granada tiene muchos frentes abiertos. Así pues, confiemos en que el “espíritu Spiriman” no sea flor de un día y que esta ciudad deje definitivamente de excusarse en la manifiesta incompetencia de sus políticos y empiece a luchar con uñas y dientes por su futuro. 

    YEAH!!!   

    Emitido el 17 de octubre de 2016 en La mañana de COPE ("El lanzador de cuchillos") 
 
        


domingo, 9 de octubre de 2016

Martínmorales y la malafollá


          Se puede ver estos días en Granada la exposición “Martínmorales, el dibujo inagotable” que, comisariada por el periodista Alejandro Víctor, tiene, entre otros méritos, el de ser la primera retrospectiva dedicada al genial viñetista.

            La muestra hace un repaso riguroso a los cincuenta años de carrera de un dibujante extraordinariamente fértil, que forma parte por derecho propio, junto a los Mingote, Forges, Perich o Chumy Chúmez, del olimpo sagrado del humor gráfico español.

            La ingente obra de Martínmorales, de una singular radicalidad conceptual, desenmascara la hipocresía, los intereses desnudos y la violencia que hay detrás de todo poder.

            Para ello, ni siquiera precisa del humor.

            Sus dibujos, mudos o no, pueden ser caústicos o metafóricos, pero no buscan provocar la sonrisa, sino zarandear las conciencias. Es un púgil de pegada dura, no un cuentachistes floreado.

            Como un Montaigne alpujarreño, se ha pasado media vida encerrado en su torre de Almegíjar, con un lápiz y un papel, para meditar sobre la condición humana.
             
            Almeriense de cuna, el genio creador de Martínmorales es, sin embargo, profundamente granaíno. Sus personajes son ásperos, secos, directos. Como la contestación de un camarero del Suizo.

          Aunque ha sido siempre un hombre extraordinariamente afable y educado, sus viñetas son la sublimación artística de la malafollá.

      No hay individuo en la tierra con más malafollá que un mono de Martínmorales, con su calva, sus enormes ojeras y su cara descolgá

            Pondré dos ejemplos.

         En una viñeta publicada en IDEAL, unos jóvenes excursionistas, sudorosos y agotados, se dirigen a un campesino que lleva a la espalda una pesada carga: “¿y usted cómo se cura las agujetas?” Y el hombre, labrador de Cádiar o de Murtas, con su boina calada, los mira fijamente y contesta desabrido: “¿las agu…qué?”.

          En otra, que se publicó en ABC cuando se discutía la controvertida Ley de Memoria Histórica, un anciano escribe una carta a su hijo: “Querido hijo: el mismo empeño que pones en saber dónde está tu abuelo enterrado, podías ponerlo para recordar en qué residencia has dejado a tu padre, y venir a visitarlo”.

          Humor made in Graná, o lo que es lo mismo, la malafollá al servicio de la crítica social y la sátira política.  

                Emitido el 10 de octubre de 2016 en COPE ("El lanzador de cuchillos")

domingo, 2 de octubre de 2016

A millón el punto


            Hay entrenadores de fútbol a los que les fabrica el prestigio la prensa amiga.

            El Granada CF ya sufrió a uno de ellos, el inefable Joaquín Caparrós, campeón del pelotazo a ningún sitio, un hombre al que alguien debería preguntarle porqué se dedica a un deporte que no le gusta.

            El consorcio chino-catalán que gobierna el club en la actualidad, con un éxito que González Ruano habría definido como “descriptible”, acaba de empaquetar a uno de los productos más redondos salidos de esa factoría de ficción que es la prensa deportiva madrileña: el espídico y sobreexcitado Paco Jémez.

            El cordobés, como Juan Eduardo Esnáider, al que también han echado del Getafe, gastó melena salvaje de futbolista y es ahora un entrenador alopécico, “con más culo que cabeza”, como dijo el gran Ignacio Copani del que fuera delantero de Boca Martín Palermo.

            La prensa tikitakista, que ve un guardiola detrás de cada entrenador simplemente suicida, lo convirtió hace tiempo en un símbolo y le calentó las orejas con el caramelo de la Roja, pasando por alto su currículum exiguo y su irregular trayectoria.

            El periplo granadino de Jémez se resume en seis partidos, dos puntos y dos millones de €uros. A millón el punto.

            Desde que llegó no ha hecho más que quejarse en público y en privado. Es verdad que el equipo construido por la dirección deportiva es una calamidad, pero Mendilíbar, sin tanta literatura, hizo grande a un Eibar mediocre.
           
        En mes y medio de competición ha agotado el catálogo de excentricidades y salidas de tono: desde sustituir a jugadores que acababan de salir a pedir al club, ya en la segunda jornada, que lo cesara porque él no era entrenador para la plantilla que le habían preparado.

            Tras el hundimiento de UPyD, Rosa Díez declaró que su fallo había sido crear en España un partido apropiado para Dinamarca. Eso es lo que piensa Jémez: que propone fútbol del Barça a jugadores del Palamós.

            A él lo que le gustaría es ser seleccionador nacional para ver jugar bien al fútbol a Andrés Iniesta, que es como querer ser fotógrafo del Vogue para sacar guapa a la niña de Herrera.

            Ya han echado a Jémez, un verdadero bluff, un invento del Marca. Pero no es el único ni el principal culpable de la situación deportiva del Granada.

            Mientras viene el Lucas de turno -¡Señor, qué cruz!- ha cogido el equipo Lluis Planagumá. Me parece una decisión correcta: como mister del filial, debe estar acostumbrado a lidiar con jugadores de Segunda B. 

              Emitido el 3 de octubre de 2016 en La mañana de COPE+Granada ("El lanzador de cuchillos")