lunes, 14 de noviembre de 2016

Gracias, sr. Cohen


            “Majestad, altezas reales, miembros del jurado, distinguidos señores, damas y caballeros:
            
             Es un gran honor estar aquí esta noche ante ustedes.
           
         No estoy acostumbrado a enfrentarme a una audiencia sin una orquesta que me respalde, pero esta noche intentaré dar lo mejor de mí como artista solista.
          
         Obviamente, estoy profundamente emocionado por este reconocimiento de la Fundación, pero hoy he venido a expresar otra clase de agradecimiento.
        
        Mientras hacía las maletas en Los Angeles, me sentía un poco inquieto porque los premios de poesía siempre me han resultado algo equívocos.
    
        La poesía viene de un lugar que nadie comanda, que nadie conquista. Por eso me siento casi un charlatán, al aceptar un premio por una actividad que no domino.
  
          En otras palabras, si yo supiera de dónde vienen las buenas canciones, iría a ese lugar más a menudo.

         En medio de esa tarea de hacer las maletas, sentí la necesidad de ir a ver mi guitarra.

        Tengo una guitarra hecha en España, un hermoso instrumento que conseguí hace más de cuarenta años.

            La saqué de la funda, la sostuve en mis manos, acerqué mi rostro a su boca de hermoso diseño y respiré la fragancia de la madera viva, el perfume del cedro, tan fresco como el primer día, y una voz pareció decirme: “eres ya un hombre viejo y no has llevado tu agradecimiento al suelo que nutrió esta fragancia”.

           Así que aquí estoy esta noche para dar las gracias a la tierra y el alma de esta gente que tanto me ha dado.

          Ustedes saben de mi profunda asociación y confraternidad con el poeta Federico García Lorca. Cuando yo era un adolescente leí, traducidos, los poemas de Lorca y comprendí que en ellos había una voz, y él me dio permiso para encontrar la mía.

      Con el paso de los años, comprendí que esta voz incluía algunas instrucciones: nunca plañir con displicencia y que si alguien va a expresar la gran e inevitable caída que nos espera a todos, debe hacerlo dentro de los estrictos límites de la dignidad y la belleza. 

            Con Lorca encontré una voz, pero aún no tenía un instrumento. No tenía la canción.

            Yo era un guitarrista mediocre, pero un día, a principios de los sesenta, un chico joven que tocaba flamenco en un parque de Montreal aceptó darme unas clases y enseñarme algunos acordes. Esos seis acordes, esa progresión de guitarra, han sido la base de todas mis canciones y de toda mi música.

         Ahora ustedes pueden empezar a comprender la dimensión del agradecimiento que siento por este país.

            Todo lo que ustedes juzgan digno en mi trabajo proviene de este lugar. Todo lo que juzgan digno en mis canciones o en mi poesía está inspirado en esta tierra.

            Por eso les agradezco tanto la cálida hospitalidad que han mostrado por mi trabajo. Porque él, en realidad, les pertenece y ustedes me han permitido estampar mi firma al pie de la página.
            
              Muchas gracias, señoras y caballeros”.
            
            Acabo de transcribir un fragmento del emotivo discurso de Leonard Cohen en la Gala de los Premios Príncipe de Asturias de 2011.
            
            Cuando habla el príncipe de la elegancia, y lo hace, además, con esa voz recóndita y misteriosa que cosquillea el alma, no hay nada que pueda decir este humilde opinador que realmente no sobre.

            Como español, como aficionado al flamenco y como devoto de Lorca sólo me atrevo a devolverle el cumplido: gracias, sr. Cohen, siempre será uno de los nuestros.

             Emitido el 14 de noviembre de 2016 en COPE